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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

La guerra de los mundos: ¿quién manda aquí?

En este planeta, nosotros solo somos la especie jerárquicamente dominante pero no la más numerosa, y por tanto, en términos estrictamente democráticos, no tenemos más derecho que otros a ejercer el poder

Dos mujeres con mascarillas caminan por Barcelona.
Dos mujeres con mascarillas caminan por Barcelona. David Zorrakino / Europa Press

Algunos recordarán la novela de H.G Wells (1890) donde una invasión de marcianos fracasa porque sucumben a causa de una infección bacteriana para la que ellos no estaban inmunizados y nosotros sí. En ese relato, el mundo microscópico y el humano se aliaron frente a un enemigo común. Pocos años después, el poeta Paul Éluard exclamaba aquello de “hay otros mundos pero están en éste”. La pandemia está poniendo muchas cosas en cuestión, algunas que todavía ni sospechamos, pero una no menor es la de ¿quién manda aquí?. No nos referimos a las luchas de clases o los conflictos de género (hombre-mujer), por cierto que si el término antropocracia molesta puede sustituirse por antropo/ginecocracia. La cuestión primordial ahora es la de si el ser humano sigue siendo la especie dominante en la Tierra.

Muchos andan rasgándose las vestiduras ante las tesis “conspiranoicas” de que el virus pueda tener un origen, consciente o accidental, de tipo artificial o humano. Se equivocan. Para nosotros, como especie, sería mucho mejor poder echar la culpa del virus a un gobierno malvado o a unos científicos descuidados. Esto nos puede preocupar por sus consecuencias, pero no cambiaría nada esencial de lo que viene siendo nuestra tradición política e intelectual. Bastaría hacer lo mismo que se ha hecho con el desarrollo armamentístico nuclear o químico, sujetarlo a normas internacionales de control ya que, sorprendentemente, las armas biológicas siguen hoy ayunas de un acuerdo vinculante suscrito por las grandes potencias. Por cierto que si algo ha quedado claro en esta crisis es que las razones que se aducen para no asumir límites en este aspecto (poder defenderse de los ataques biológicos de los otros) se han revelado banales pues si no, al día siguiente habría aparecido un remedio.

La peste negra o la gripe de 1918 fueron muy mortíferas, pero entonces la especie humana no sabía muy bien a lo que se enfrentaba, por lo que se limitaba a resistir y esperar que pasara la marea

Sin embargo, si este virus tan extraño tiene un origen natural, entonces todo el marco conceptual que sostiene nuestra civilización podría saltar por los aires. ¿Por qué? ¿No han existido otras pandemias mortíferas antes y las hemos sobrevivido? Sí y no. Ciertamente la peste negra o la gripe de 1918 fueron muy mortíferas, pero entonces la especie humana no sabía muy bien a lo que se enfrentaba, por lo que se limitaba a resistir y esperar que pasara la marea. Ahora es distinto. Tenemos cientos de miles de científicos investigando, laboratorios dedicados a prevenir enfermedades, hemos podido estudiar antes el SARS, el MERS, el ebola… Y a pesar de todo, este virus nos ha sorprendido, ha roto todas nuestras defensas.

Proliferación de vacunas

No sólo eso, pasan los meses, y seguimos sin saber muy bien cómo actúa, cómo hacerle frente y ni siquiera nos ponemos de acuerdo cómo ha surgido. Sería como si hubiéramos montado una tupida red de satélites a modo de escudo antimisiles, y de repente nos llovieran por todos lados y no supiéramos quién los lanzaba y la única medida de nuestros gobernantes fuera: “¡Métanse en los refugios antiaéreos y no salgan!” ¿Quién nos está atacando? ¡No lo sabemos! Estamos trabajando en otro escudo antimisiles, pero se tardará al menos un año y medio. ¿Y después? ¿Alguien nos garantiza que no nos tiren nuevos misiles (virus) para los que el nuevo escudo (vacuna) tampoco sirva? Hace poco la revista Naturedecía que se están investigando ¡¡¡80 vacunas!!! ¿Sana competencia o falta de coordinación y desperdicio de recursos? ¿Y si el próximo virus es más contagioso y letal? El Rey va desnudo, pero nadie se atreve a decirlo. Jaque mate.

Hasta ahora hemos vivido cómodamente instalados en la ficción intelectual de que los únicos responsables reales (y morales) de todos los males posibles éramos nosotros mismos. Sabernos culpables del mal nos tranquilizaba porque conocíamos a nuestro enemigo, y no era más poderoso o diverso que nosotros. Aunque fueran terribles asesinos en serie o tiranos genocidas, si les ponemos cara es cuestión de tiempo que caigan o mueran. Sin embargo, hablar de mal “natural” nos molesta e incomoda.

El planteamiento dominante es que nada que venga de la naturaleza (aunque sean terremotos, tsunamis, agujeros negros supermasivos o estrellas de neutrones) u ocurra dentro de ella (animales depredadores o venenosos) puede considerarse “malo” ya que los fenómenos naturales, incluidos los animales, no tienen inteligencia o capacidad de elección, por lo que serían meros accidentes. En realidad es “el bien”, y su compañera la compasión o la preocupación por los débiles, lo que aparece en términos evolutivos unido a la aparición del ser humano contra el principio «biológicamente despiadado» de la ley del más fuerte, donde el menos adaptado era simplemente eliminado sin miramientos en beneficio del único fin relevante: la perpetuación de cada especie cueste lo que cueste. De hecho, el mal precede (y acompaña) a la aparición del homo sapiens: “Al principio era el caos…”. El propio Stefan Zweig decía que lo demoníaco era “como si la Naturaleza hubiese dejado una pequeña porción de aquel caos primitivo dentro de cada alma y esa parte quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió”.

No proponemos hacer caso a los animalistas que sugieren la extinción del toro bravo o quieren equiparar a las mascotas con seres humanos

En realidad, esa tesis, aparentemente bondadosa con la naturaleza, es un precio que estamos dispuestos a pagar para legitimar que sólo podamos mandar nosotros. Pero esto podría estar cambiando. Por de pronto, en términos estrictamente democráticos parece claro que no somos mayoría. Resulta difícil definir el “demos terráqueo” (¿sólo animales, también vegetales?), pero en términos numéricos, este planeta pertenece a los insectos, bacterias y virus. No proponemos hacer caso a los animalistas que proponen la extinción del toro salvaje o quieren equiparar a las mascotas con seres humanos, entre otras cosas porque no necesariamente están más legitimados para hablar en nombre de los animales los que gustan de domesticarlos para su entretenimiento. Tampoco se trata de traer a colación la hipótesis Gaia de James Lovelock (1979) según la cual los organismos vivos y las materias inorgánicas forman parte de un sistema y el planeta es un organismo con funciones autorregulatorias.

Simplemente constatamos una ecuación: en este planeta nosotros solo somos la especie, hasta ahora, jerárquicamente dominante pero no la más numerosa, y por tanto en términos estrictamente democráticos, no tenemos más derecho que otros a ejercer el poder. Con algunas otras especies podremos llegar a acuerdos de coexistencia, pero con las bacterias y con los virus no se puede pactar, sólo cabe protegernos para que no nos puedan atacar o… pasar al ataque y eliminarlos.

Resulta curioso que mientras los seres humanos nos entreteníamos en pelearnos entre nosotros, creando cada día un conflicto nuevo, nuestra mayor amenaza convivía con nosotros pasando desapercibida. Nos encontraríamos ante un nuevo tipo de guerra híbrida, una guerra entre códigos de información genética mutuamente excluyentes. Tal vez sólo si adoptamos este enfoque podamos vencerlos pues está en juego el trono del planeta. De la parte del virus, está clara su estrategia y que su único enemigo es la especie humana pues con el resto de animales ya ha pactado: sólo les pide transporte y cobijo pero no les mata.

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