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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

Guerra cultural y enemigos internos

Seguimos creando nuevas leyendas negras, empeñados en elegir la versión de nuestra Historia que más daño nos hace y más nos divide

Lluís Companys.
Lluís Companys.

Últimamente se habla mucho de guerra cultural, pero sin concretar su contenido y objeto. Todas las sociedades (y los individuos) se asientan sobre un conjunto de creencias, valores, costumbres y sobreentendidos que determinan su forma de actuar, y si van a tener éxito o no. Por supuesto esa “cultura” no es fija y debe adaptarse a nuevas circunstancias pero si entra en un círculo autodestructivo de contradicciones permanentes, el sistema corre el peligro de caer y fracasar: Game over. Mientras asistimos a un reforzamiento cultural de los antiguos imperios euroasiáticos, Occidente se desmenuza en nuevas divisiones y conflictos internos, destacando el caso de España. Pero en esta guerra cultural nuestro mayor adversario no son los competidores externos sino el enemigo interno, el más peligroso porque solemos minusvalorarlo. A lo largo del libro La Guerra cultural identifico los principales enemigos internos de Occidente y a España.

Los enemigos internos de Occidente

1. El proceso de deconstrucción del individuo y de la verdad. Vivimos la edad de la ansiedad, la depresión y el aturdimiento, donde el progreso material (que ahora también corre peligro) ha derivado en un deterioro psicológico que lleva a que el mayor número de suicidios se dé en países occidentales. El virus posmoderno es la nueva religión del pensamiento débil y de una sociedad líquida y gaseosa que cae fácilmente en el exceso, olvidando que no hay ética sin límites: Nulla ethica sine finibus”. De la utopía hemos pasado a la distopía.

2. Una creciente fragmentación política y social que pone en peligro a la propia democracia. Triunfa la mediocridad y la oclocracia, el populismo y la simplificación del discurso, la demagogia y la exaltación del marketing político. Vendedores de eslóganes en lugar de líderes sensatos y buenos gestores. Se olvida el valor esencial de los valores comunes, sustituyendo la ética sustantiva por la procedimental. Una sociedad acomodada cada vez más incómoda que entroniza los derechos de los verdugos mientras olvida los de las víctimas, así como los deberes de todos y el necesario ejercicio de la auto-crítica y la responsabilidad. Mientras el sueño multicultural trae una inmigración (ilegal) sin límites, asistimos a una crisis demográfica que se debate entre sobrepoblación, pérdida de identidad o desierto.

3. El lado oscuro de la tecnología. Nada en contra de la innovación, pero ¿para qué y hacia dónde? Lo nuevo no es bueno por ser nuevo sino porque supera a lo viene funcionando. Caemos en la trampa del pensamiento positivo y el optimismo irracional. De una tecnología “humanodependiente”, hemos pasado a unos seres humanos “tecnodependientes”. Vivimos bajo una nueva forma de gobierno: la “tecnolocracia”. Los tecnolócratas deciden qué avances tecnológicos deben producirse y cómo nos afectan, pero nadie los elige en las urnas ni se sabe quiénes son. Necesitamos un nuevo código ético que sujete el desarrollo tecnológico a límites.

4. Una crisis económica que pueda convertirse en permanente. Hemos pasado del fracaso comunista al exceso consumista. El capitalismo se ha convertido en posmoderno y tecno-financiero. Una economía que no da valor a los valores, que ha incrementado la desigualdad al interior de los países occidentales (no tanto a nivel global), que ha convertido al consumismo masivo-compulsivo en una suerte de religión, que legitima una deuda insoportable e ignora el deterioro medioambiental, aunque el mercado no sea el único responsable. Y sin embargo, paradójicamente el Estado y el mercado se necesitan para sobrevivir. De hecho el mayor peligro para el Estado de bienestar no es la austeridad sino la bancarrota.

Los enemigos internos de España

1. El virus de la ingenuidad y de la división permanente. Nuestros verdaderos hechos diferenciales no son los que arteramente alegan los separatistas, sino el sectarismo cainita, la ingenuidad galopante y un localismo extremo y auto-destructivo. Seguimos creando nuevas leyendas negras, empeñados en elegir la versión de nuestra historia que más daño nos hace y más nos divide. Sufrimos el complejo síndrome del español acomplejado. Todos somos hijos de Caín, pero puestos a ser cainitas los españoles nos llevamos la palma.

2. Una sociedad pendular que baila entre excesos. Presumimos del “modo de vida español”, en el que paradójicamente existen pocas diferencias territoriales, pero esto es cada vez más fachada que realidad. Del (excesivo) sentido de culpa hemos pasado a la huida de la responsabilidad. Hemos entronizado al jetismo, guaysmo y amiguismo como instrumentos de promoción social. Las noches (y los días) se han convertido en reino de fiestas, alcohol y ruido. Del derecho a la siesta hemos pasado al derecho a la fiesta, consolidando el grito como elemento cultural español. Se discute mucho, pero se debate poco. Incluso la violencia de género es cada vez más violencia degenerada.

3. El fracaso de nuestro modelo educativo. Una sociedad es lo que es su educación. De la Institución Libre de Enseñanza o los jesuitas, hemos pasado al clan de los pedagogos. El/la “Sr/a. Maestro/a” ahora es el “profe-colega”. Los padres exigentes se han convertido en mánagers de futuras estrellas y consentidores en todo lo demás, cuando no directamente maltratados por sus hijos. No estamos ante la generación mejor preparada de la Historia sino ante la más engañada. Otro modelo es posible: basta dar valor a los héroes en la educación, combinar nuevos y viejos incentivos (“ponga un tigre en su vida y verá el salto que pega”), y no olvidar la forja del carácter para hacer frente a la presión, único antídoto real a la “de-presión” que sufren cada vez más jóvenes a los que se engaña diciéndoles que la vida es fácil.

4. Una ciclo-génesis explosiva para acabar con el régimen del 78. En la política todo se tambalea: el Parlamento (¿urnas o democracia popular?), la Monarquía (¿es peor la nuestra que otras?) o el Estado de derecho, donde parece que algunos pueden incumplir la ley sin consecuencias. La clase política se percibe (CIS) como un problema mientras los partidos políticos olvidan que entre sus funciones se encuentra seleccionar a los mejores para gobernarnos. Vivimos una crisis económica estructural, cada vez más condicionada por decisiones políticas. Hemos perdido el sentido del equilibrio y la mesura. El capitalismo «a la española» está lleno excesos y carencias, mientras el debate público se mueve entre la austeridad y el derroche.

5. Una operación para romper la nación que nos ha unido desde hace siglos. El triunfo del separatismo no es algo ajeno al virus cultural del que venimos hablando. Como otro tipo de secta más ofrece a sus adeptos una nueva identidad salvadora mientras anula o expulsa (de su territorio) al hereje o discrepante. Ignora que no solo existen dos Españas, sino también dos Cataluñas (¿Prim o Companys?) o dos Países vascos (¿Arana o Unamuno?), y que el separatismo coqueteó con el nazismo y el fascismo tanto o más que el franquismo. Conviene tener claros (todos) los costes de la ruptura, que no existe diálogo ni autogobierno sin límites, y que si España se rompe, se rompe Europa… y luego el resto

Cómo vencer a nuestros enemigos

No basta identificar a nuestros enemigos internos sino que debemos diseñar estrategias y propuestas para superarlos. Frente a las contradicciones permanentes, el camino del medio que ya sugerían los griegos y Buda. Necesitamos un nuevo equilibrio y un proceso de renacimiento cultural que sepa combinar lo mejor de la tradición y de la modernidad-innovación (“modernición”). Como dicen los franceses: “Reculer pour mieux sauter”. Y cuando logremos mirar hacia atrás sin ira, quién sabe, tal vez hasta seamos capaces de recuperar un modelo (olvidado) de éxito: el de la América virreinal.

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