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Jesús Cacho

Opinión

Una gran depresión, sin contemplaciones

Calviño y Montero calculan una caída del PIB del 9,2% y un paro del 19% en 2020.
Calviño y Montero calculan una caída del PIB del 9,2% y un paro del 19% en 2020.

Las ministras Nadia Calviño y María Jesús Montero reconocieron urbi et orbi este viernes lo que era un secreto a voces: que, como Thelma & Louise en la escena final de la película de Ridley Scott, España se encamina directamente hacia el abismo de una gran depresión económica, la mayor de su historia reciente, comparable, según algunos, a la provocada en 1898 por la pérdida de los últimos restos del imperio colonial, o a la ocasionada por la tragedia de la Guerra Civil. Hasta aquí llegó el famoso Gobierno de coalición social comunista que pretendía cambiar España del revés y que ha ido a tropezar, casi recién iniciada su aventura, con el imprevisto de una pandemia llamada a situarlos, más pronto que tarde, en un renglón a pie de página en la historia de la democracia española. Por boca de las ministras, el Gobierno reconoció que el PIB caerá este año un 9,2%, que el déficit público llegará al 10,34% (un agujero presupuestario de 115.600 millones), que la deuda pública se situará en el 115% y que la tasa de paro cerrará el año en el 19% desde el 13,8% en que acabó 2019. La depresión ya es oficial.

El cuadro macroeconómico (ver la brillante crónica de Alejandra Olcese) contenido en el Programa de Estabilidad remitido a Bruselas en la tarde del jueves no puede ser calificado sino de terrorífico, a pesar de que las estimaciones, de una inconsistencia manifiesta en alguno de sus puntos, son francamente conservadoras y chocan con la opinión de no pocos analistas convencidos de que las cosas -la tasa de paro prevista, por ejemplo- irán bastante peor de lo anunciado. Fueron muchas las voces que avisaron. Muchos los consejos de quienes argumentaron que con una economía en desaceleración y un entorno mundial inestable, la tarea prioritaria de un Gobierno responsable consistía en garantizar la sostenibilidad de las cuentas públicas mediante un plan de contención del déficit y de recorte de la deuda de las administraciones. Muy al contrario, el Gobierno de Pedro & Pablo se embarcó en una política de gasto público y de presión impositiva sobre particulares y empresas que no solo no corrigió los desequilibrios existentes sino que aumentó la vulnerabilidad de nuestra economía ante la aparición de cualquier perturbación grave. La pandemia ha llegado para poner de manifiesto la ausencia de margen de maniobra del Tesoro para asumir mayor endeudamiento, contando además con la presión adicional de ese Ingreso Mínimo Vital que el país tendrá que asumir por razón de justicia para no dejar en la cuneta a los más desfavorecidos.

La peor tormenta con el peor Gobierno imaginable. Para intentar poner coto a la pandemia, Pedro & Pablo han tenido que parar el país y no han sabido ni salvar vidas ni evitar la debacle económica. Las consecuencias de una crisis de extraordinaria gravedad se han visto agravadas por las obsesiones ideológicas de una pareja muy alejada de los valores de cualquier socialdemocracia de curso legal. En realidad, todo en Pedro & Pablo desborda lo ideológico para entrar de lleno en el terreno de la incompetencia. Lo suyo es un problema de desconocimiento de la materia. Ahora no tienen salida, salvo la tentación suicida de hundirse con la nave. Porque sus intereses ideológicos les impiden adoptar las decisiones necesarias para evitar la bancarrota. Es cuestión de tiempo que ambos tengan que saltar por la borda para ponerse a salvo del terrible juicio de la historia y, quizá también, de la cárcel. 

Es la ideología la que frena la obligación inexcusable de levantar cuanto antes el confinamiento para poner en marcha la economía, asunto de vital importancia para mitigar en lo posible la profundidad de esta recesión. Nos han vendido una ininteligible desescalada en fases (“hemos puesto en marcha un plan para poner en marcha el país”, dijo nuestro Groucho Marx), objeto de las risas de medio país, obligados por la toma de decisiones de los países vecinos y porque Sánchez está cómodo con un estado de alarma que le permite poner su culo a recaudo de un rebrote de la pandemia y porque, además, gobernar por Real Decreto con poderes extraordinarios mantiene viva la esperanza, la suya y la de su socio, que tanto monta, de esa agenda izquierdista con la que pretendían hacer tabla rasa del régimen del 78. Enfermizas fijaciones que han quedado reducidas al sueño de una noche de verano ante la brutalidad de un hundimiento que, ahora sí de verdad, nos sitúa en el escenario de una economía de guerra.

Toda la presión sobre un Pablo Casado que deberá pensar muy seriamente si concederle una nueva prórroga del estado de alarma, y más después del chantaje deslizado ayer en el 'Aló presidente'

Calviño y Montero rasgaron el viernes el velo de opacidad que envolvía la política de este Gobierno de ocultar la realidad de lo que se avecina a la ciudadanía, para mantenerla en la ficción de que todo estaba bajo control, se trataba de una experiencia dura, desde luego, pero que estará superada en dos o tres meses. Todos de vacaciones en agosto y aquí no ha pasado nada porque, además, el BCE corre con la cuenta del monumental estropicio. Ahora ya sabe todo el mundo lo que tenemos por delante. Unos pocos meses para hacer de su capa un sayo con los socios europeos ocupados en sus propios problemas, que no son pocos, y la obligación más pronto que tarde de recurrir al MEDE, poco dinero, y seguir financiando el gasto gracias a las compras masivas de deuda del BCE (un mecanismo que estallará algún día, Dios nos coja confesados, porque no es posible que la masa monetaria siga creciendo a galope tendido sin que la inflación se dé por enterada), pero que en algún momento colapsará, seguramente cuando a finales de año el norte de Europa empiece a remontar el vuelo, momento en que nuestros socios no tendrán más remedio que poner orden en nuestras finanzas.  

Todo depende de Europa

Llámenlo rescate. Porque ese Plan de Reconstrucción (Calviño lo denomina de “Recuperación”) a que aspira Sánchez (“un Plan Marshall comunitario”), que estaría dotado con hasta 1,6 billones y que nuestro brillante gañán entiende como un maná en forma de subvenciones directas (“nada de préstamos”), es decir, gratis total, llevará obviamente aparejada en caso de concretarse una fuerte condicionalidad materializada en un plan de ajuste que impondrá fuertes sacrificios a la sociedad española y le obligará a aceptar un notable descenso de su nivel de vida. Ayer, en otro mitin político en el que exhibió hipocresía y cinismo en sus dosis habituales, ello al día siguiente de haber superado la barrera de los 25.000 muertos, que se dice pronto, el personaje presumió de “recuperar riqueza y empleo en dos años”, de modo que le van a sobrar la mitad de los “cuatro años de legislatura que tenemos por delante para reconstruir este país”. Naturalmente, siempre que la UE, con Mark Rutte al frente, aparezca inopinadamente por el Paseo de la Castellana con la manguera de los euros en ristre.

En realidad, el reconocimiento público de la quiebra financiera del Estado realizado el viernes por Calviño y Montero es quizá la última oportunidad de que va a disponer Sánchez para cambiar de socio

No hay plan alternativo que valga. Si la crisis de 2008 necesitó de cuatro años de duro ajuste para volver al PIB previo, la que ahora se viene encima no requerirá de menos de seis, y desde luego no serás tú, Pedro, quien encabece esa travesía del desierto, porque lo contrario sería desafiar no ya las reglas de la política sino incluso las de la física. Como se dijo aquí el jueves, será Iglesias quien primero se apee de la chalupa a punto de hundirse cuando el ajuste obligue a recortar gasto en todos los renglones del Presupuesto, y ese será el momento en que el caballero habrá llegado al final de su aventura política. Este diario contó en la tarde del viernes, con la firma de Gabriel Sanz, que “Felipe González impulsa un Gobierno monocolor del PSOE con apoyo del PP”. Felipe y Aznar, cada uno desde su orilla, tratan de impulsar ese acuerdo PSOE-PP que resultaría imprescindible para aminorar la dureza del socavón que nos aguarda. Ninguna solución parece posible, sin embargo, con Sánchez al frente del Ejecutivo.

En realidad, el reconocimiento público de la quiebra financiera del Estado realizado el viernes por Calviño y Montero es quizá la última oportunidad de que va a disponer Sánchez para cambiar de socio e intentar una rectificación de última hora. No lo va a hacer por miedo (“vienen a por mí”), por ideología y porque él siempre ha sido un hombre de facción, un tipo que funciona bien a la contra (contra Susana, contra Rajoy o contra el lucero del alba), pero que está en las antípodas del hombre de Estado capaz de pensar en el bien común y en gobernar para la mayoría. “Podemos hundirnos, pero nos llevaremos un mundo con nosotros”. Toda la presión sobre un Pablo Casado que deberá pensar muy seriamente si concederle una nueva prórroga del estado de alarma, y más después del chantaje deslizado ayer en el Aló presidente. Es vital acabar con el confinamiento para poner la economía en marcha cuanto antes. Portugal acabó ayer con el estado de alarma. Y así estamos, cuatro años ya uncidos al yugo de un personaje menor cuya soberbia y ambición sobrepasa lo imaginable en política. A los barones del PSOE tenemos que agradecerles que no enterraran su cadáver político después de haberlo ajusticiado en el otoño de 2016. A Rajoy y sus sorayos tenemos que darles las gracias por haberle servido el poder en bandeja. Esta es la España que hemos heredado y aquí están las consecuencias.

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