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Andrea Mármol

Opinión

Del golpe antidemocrático al esperpento bochornoso

Turull no será nombrado por Torrent por su popularidad ni por sus cualidades de buen gestor, sino porque en un momento dado proporcionará la dosis de melodrama que demandará el ‘procés’

Jordi Turull.
Jordi Turull.

Hoy se cumplen tres meses de la celebración de las elecciones catalanas, la jornada electoral que movilizó a un mayor porcentaje de ciudadanos en la historia de la democracia española. Desde entonces hasta hoy, la incapacidad y la falta de honestidad de los dirigentes independentistas les ha llevado del golpe antidemocrático al esperpento bochornoso, sin que este nuevo episodio revista el más mínimo viso de ajuste al marco legal. Ayer, sin ir más lejos, un candidato a presidente de la Generalitat que jamás se presentó para el cargo se prestaba a dejar de ser candidato. Con titulares así sigue transcurriendo la vida política catalana, cuyos protagonistas son capaces de infundir a la vez incertidumbre y sonrojo.

Jordi Sánchez se autodescartó ayer como sucesor de Puigdemont igual que antes se descartó el hoy huido a Bélgica. Ambas decisiones han obligado a los independentistas a fingir disgustos ante sus acólitos, pues conocían de buena mano que las dos candidaturas acabarían frustradas y a pesar de ello prefirieron mantenerlas. Durante tres meses bajo el anunciado como insufrible 155, los dirigentes de JxCAT, ERC y la CUP han preferido el teatro y se han dedicado a construir a conciencia obstáculos a sus propios planes con la única intención de culpar al Estado de torpedearlos. Sólo la confrontación y la vocación lastimera pueden ofrecerles una salida digna de cara a los suyos después de todas las mentiras que han perpetrado.

Ese es el único motivo por el que Jordi Turull aparece en las quinielas como próximo nombre: el convergente tiene causas judiciales abiertas y cuenta con un posible desenlace penal que facilitaría una catarsis independentista antes de finalizar la legislatura, cuando reparen en que su mayor activo electoral ya no son proclamaciones de secesión ahuyentadoras de empresas, sino el cuento según el cual España dejaría de ser una democracia para parecerse más a Turquía, como tanto le gusta repetir a Gabriel Rufián desde la tribuna del Congreso mientras las señorías de Podemos hacen de palmeros. Turull no será nombrado por Torrent –siempre con el beneplácito de Puigdemont- por sus popularidad ni por sus cualidades de buen gestor, sino porque en un momento dado proporcionará la dosis de melodrama que demandará el ‘procés’.

Durante meses los dirigentes de JxCAT, ERC y la CUP se han dedicado a construir a conciencia obstáculos a sus propios planes con la única intención de culpar al Estado de torpedearlos

Mientras tanto, sin que se haya producido renuncio alguno respecto a la voladura del marco constitucional que llevaron a cabo, hay quienes han visto en los postulados de ERC un nuevo punto de partida cuando estos hablan de otro de los sintagmas para la historia: “ensanchar la base social” para seguir yendo más lejos, claro. No sólo es reprochable que con esa afirmación reconozcan que todo lo que hicieron fue contra más de la mitad de los catalanes, sino porque esquivan toda posibilidad de enmienda y refuerzan su convencimiento de que el choque institucional que tienen como plan era la senda correcta y sólo les faltaron unos pocos votos. Ese plan, por cierto, ya lo plasmó Artur Mas en 2012, en un ‘Salvados’ con Jordi Évole: “Elegiremos la fecha [del 9N] cuando más nos convenga […] Antes hay que intentar construir en Cataluña la máxima mayoría posible para que una vez convocado el referéndum salga el mayor voto posible a favor del sí”. Ya saben, todo iba de democracia.

El problema que el nacionalismo catalán no quiere afrontar es que lo que tiene gestionar hoy es el resultado de haber trabajado durante años para ensanchar la base social de los partidarios de la independencia. Esa intención ha constituido el núcleo de buena parte de las políticas de la Generalitat durante 35 años. Tenían un mecanismo más o menos servible para aglutinar a muchos catalanes que, sin compartir una idea nacionalista ni monolítica de Cataluña, saludaban ese catalanismo de consenso institucional. Ahora eso ha saltado por los aires y, con ello, la paciencia de muchos catalanes que ya no quieren comulgar con una idea que les ha acabado llevando al precipicio. De ahí el aumento de simpatías por el denostado ‘status quo’ autonomista entre catalanes que reflejan las propias encuestas de la Generalitat.

Que ese era el camino emprendido y no otro lo prueban las numerosas informaciones que se derivan de los informes de la policía judicial y que apuntan al espionaje ilegal de adversarios políticos, periodistas y entidades contrarias a la secesión, o que recogen los planes de suprimir la dependencia judicial de los Mossos, para convertirlos en un cuerpo al margen de la ley y dejarlo a los designios de la arbitrariedad. Para construir la idea del rechazo a España usaron mecanismos propios de quien rechaza la democracia, una curiosa forma de ganar adhesiones entre la ciudadanía. Para esa tarea, que según parece va a acabar capitaneando Turull, no hacía falta volar el artefacto convergente ni la convivencia de una sociedad entera.



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