“Pablo va a ser presidente del Gobierno, pero…”. No hay sobremesa o conversación más o menos ilustrada y discreta en la que no aparezca el dichoso pero. Con frecuencia, empresarios, altos funcionarios y políticos de la zona templada, incluso de la otra, coinciden en el diagnóstico: “Pablo va a ser presidente del Gobierno, pero tiene que serlo demostrando que puede serlo, no solo por los errores de los demás”. El entrecomillado no es textual, pero resume lo escuchado durante semanas. Casado sigue sin convencer. Quizá porque parece obsesionado con convencer. Da igual con quién se reúna: banqueros, empresarios, intelectuales, periodistas, universitarios…

Una y otra vez se empeña en demostrar que se sabe la lección, que está preparadísimo, que es el primero de la clase sin necesidad de atajos ni de ayudas, como si aquel episodio ya olvidado del máster de la Rey Juan Carlos siguiera ahí, en el fondo de esa mochila vitalicia que es el subconsciente, como un incontrolable automatismo que lo que en realidad transmite es lo contrario de lo que se busca, esto es, inseguridad, blandura, insuficiencia del carácter que se precisa para asumir responsabilidades mayores.

Da igual con quien se reúna, banqueros, empresarios, universitarios, pero Casado sigue sin convencer del todo, quizá porque parece obsesionado con convencer

Como en los viejos noviazgos, se diría que Pablo Casado sigue instalado en una suerte de período de afianzamiento cuyo fin le provoca vértigo, y que lo que en realidad espera es que sea la novia la que fije la fecha de la boda; que sean otros los que le saquen las castañas del fuego mientras él se mantiene en el cómodo papel de brillante opositor a presidente del Gobierno, dejándose arrastrar por la corriente, intentando contentar a todo el que se le acerca, y esperando a que sean los errores del adversario los que le aprueben la oposición.

Los resultados del 4-M en Madrid han redoblado la tentación. El dolce far niente como estrategia de éxito. La construcción de una alternativa apalancada en los disparates de Pedro Sánchez y los fracasos de Albert Rivera e Inés Arrimadas. A Moncloa, por descarte. Epidemia de euforia en Génova. Puro tacticismo. Aspirinas para combatir la metástasis. La cada día más palpable impaciencia por sacar a Sánchez del poder puede ganar unas elecciones, pero no cimenta los liderazgos sólidos que necesita el país.

La alternativa al Gobierno actual no puede construirse únicamente sobre los disparates de Pedro Sánchez y los fracasos de Albert Rivera e Inés Arrimadas

Un líder es aquel que se rodea de los mejores para tomar decisiones que le trascienden, que van más allá de su proyecto personal. Un líder es alguien que toma riesgos, que dice no a la mayoría, que despeja cualquier duda anteponiendo siempre el interés general. Un líder es quien practica lo que predica, y ni acomoda sus opiniones al entorno ni milita por sistema en el mal menor. Un líder sería aquel que ante la legítima manifestación del domingo 13 de junio contra los indultos habría zanjado la polémica en el primer minuto, sin complejos, manifestando su pleno apoyo a la iniciativa, confirmando su intención de oponerse al injustificado perdón por todos los medios a su alcance, sin improcedentes mesas petitorias, y dejando todo el protagonismo a la sociedad civil.

El 22 de octubre de 2020, moción de censura de Vox, asomó el Casado con carácter, brillante, autor de un discurso con sólida vocación de gobierno: “Son muchas nuestras diferencias -le espetó a Santiago Abascal-. Tantas como la distancia que media entre el liberalismo reformista y el populismo antiliberal. Entre el patriotismo integrador y el anti pluralismo. Entre la economía abierta y el proteccionismo autárquico. Entre la vocación europea y atlantista y el aislacionismo. Entre el interés general y el oportunismo demagógico”. ¿Qué queda de ese Casado?

La palpable impaciencia por sacar a Sánchez del poder puede ganar unas elecciones, pero no cimenta los liderazgos sólidos que necesita el país

Pablo Casado tiene un problema: a menudo da la impresión de que lo que construye los días pares lo deconstruye los impares. Desde la magnífica intervención de aquel 22 de octubre, el vaivén, la duda, han sido en demasiadas ocasiones las principales señas de identidad del presidente del PP. Pablo Casado tiene un problema, y es que no acaba de ver que lo que este país necesita como el comer no son mayorías, que también, sino líderes de verdad, no jefecillos de partido, porque uno de los males de nuestra historia reciente es precisamente ese, que desde que se aprobó la Constitución del 78 ha habido demasiados tramos en los que los líderes no han estado a la altura de las mayorías que respaldaron sus mandatos.

El pero, Pablo, el pero. España necesita un gobierno que mire más allá de sus urgencias electorales y líderes dispuestos a abrasarse en el intento. Y la duda que todavía hoy no consigues despejar, es si uno de esos líderes puedes ser tú o vas a ser tú porque no había otro mejor.

La postdata: a Susana le hacen un Madina

Me cuentan mis contactos andaluces que Susana Díaz va a perder las primarias. ¿Por?, pregunto. Primero, contestan, porque el candidato de Sánchez está utilizando con habilidad las promesas de inversión de las diputaciones a los alcaldes. “Todo por la Visa”, dicen más en serio que en broma. Segundo, porque le han organizado la misma operación que ella le montó a Eduardo Madina: un tercer candidato que elimine el riesgo, pequeño pero existente, de que la lideresa andaluza alcance en la primera vuelta el 50% de los apoyos. En la segunda vuelta, Espadas y Luis Ángel Hierro (más sanchista aún que Espadas) sumarán. “Así que dadla por amortizada”.

Amén.