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Roger Senserrich

Opinión

Gasto público y paradojas de gobernanza en España

Tenemos un montón de leyes que todo el mundo sabe que son un maldito desastre (y a la vista están los resultados), pero que nuestra clase política parece incapaz de ni siquiera plantearse una reforma

Foto del metro de Londres, cuya ampliación corre a cargo de Ferrovial
Foto del metro de Londres, cuya ampliación corre a cargo de Ferrovial Europa Press

Alon Levy es un académico de NYU que se dedica a analizar algo que parece obvio, pero del que no tenemos demasiada información: ¿por qué algunos países son mucho mejores que otros construyendo infraestructuras?

Cojamos una línea de metro, el arquetipo de obra pública cara y compleja que cualquier país con ciudades grandes debe construir tarde o temprano. Aunque es una infraestructura que requiere muchos recursos y materiales, no es la clase de proyecto que está en los límites del conocimiento humano. Los países industrializados llevan más de un siglo construyendo líneas de tren electrificadas subterráneas en sus ciudades, así que es algo que todo el mundo a estas alturas debería saber cómo se construye. Quizás la mano de obra es más cara en algunos sitios que en otros, pero dado que son inversiones muy intensivas en capital y la maquinaria cuesta lo mismo en todas partes, la variabilidad de costes a largo plazo debería ser relativamente limitada.

El problema es que esto no es así. Cojamos cuatro países europeos con niveles de renta más o menos comparables, Reino Unido, Alemania, Francia e Italia. Los cuatro tienen ciudades grandes con amplias redes de transporte público, y los cuatro han construido múltiples líneas de Metro en los últimos 20 años. Si hacemos caso al tópico, los italianos son unos corruptos y los franceses tienen burócratas por doquier, así seguramente sus proyectos cuestan más dinero. Los alemanes son todo eficiencia y los británicos han reducido costes en su sector público más que nadie, así que construirán más barato.

Las cifras, sin embargo, van en dirección opuesta. De los cuatro grandes europeos, Italia construye el Metro más barato que nadie, a $160 millones por kilómetro. Francia construye un poco más caro, a $183 millones. Los alemanes son considerablemente más ineficientes que sus colegas latinos del sur, a $252 millones/Km, y los británicos son un auténtico desastre, a $582 millones.

La enorme chapuza de Barcelona

¿España, os preguntaréis? Somos, de muy, muy lejos, el país desarrollado que construye líneas de metro a mejor precio, a $97 millones por kilómetro. Y sí, esta media incluye la chapuza indecible que es la L9/L10 del metro de Barcelona, que a pesar de la horrenda gestión de la obra que ha hecho la Generalitat, sólo ha costado $161 millones/Km, un coste de construcción que sería visto como una ganga al norte de los Pirineos. Sólo Turquía ha construido una cantidad de metro similar a menor precio; nuestros costes son una fracción que la media china ($358 millones/Km).

Las líneas de alta velocidad han tenido un coste por kilómetro mucho más bajo que en cualquier lugar de Europa excepto Francia, incluso con nuestra orografía montañosa

Esta cifra puede parecer sorprendente, pero la administración pública española repite de forma consistente esta clase resultados en muchas áreas. Las líneas de alta velocidad han tenido un coste por kilómetro mucho más bajo que en cualquier lugar de Europa excepto Francia, incluso con nuestra orografía montañosa. La sanidad pública española, incluso con los achaques de la pandemia, está entre las más efectivas del mundo a un coste por cápita mucho menor que el resto de los países desarrollados. En materia de seguridad pública, España tiene unos niveles de crimen bajísimos sin gastar significativamente más que el resto de país de nuestro entorno.

La administración pública española, nuestro sistema de gobierno, es muy, muy, muy efectiva gastando dinero. Si un proyecto, programa, medida de gasto, u obra pública consiste en recaudar dinero y utilizarlo para ofrecer un servicio o construir algo concreto, nuestros ministerios, consejerías y funcionarios seguramente lo ejecutarán rápido, gastando lo justo, y dando los resultados que se les pidió. Si Pedro Sánchez mañana, en un ataque de locura, le da un carro de millones al Ministerio de Fomento y les pide que pongan a un murciano en la luna, es muy probable que de aquí cinco o diez años nuestros sufridos burócratas tuvieran a un tipo fundando el Cantón de Cartagena en la superficie lunar. Sería un uso estúpido de recursos públicos, sin duda, pero lo harían, porque esta es la clase de proyectos que a Fomento se le dan bien.

Lo que se le da mal a España y a nuestro sistema de Gobierno, por el contrario, es la clase de medidas que no cuestan dinero, el lado legislativo de dirigir un país. Nuestros políticos y ministerios pueden ofrecer servicios y construir autovías mejor que nadie, pero son mucho más torpes en cosas como decidir qué criterios debemos seguir para saber dónde construir autovías, qué marco legal va a regular el sector servicios de nuestra economía o en establecer políticas remotamente racionales en nuestro mercado laboral.

Esto produce una paradoja curiosa. La parte ejecutiva de llevar un país, la de construir una burocracia que gaste de forma efectiva y eficiente, es algo que España hace excepcionalmente bien. La parte legislativa y regulatoria, las decisiones que se toman antes de gastar un duro, la llevamos muy mal.

Estado de bienestar

En infraestructuras, esto nos ha llevado a construir una cantidad descomunal de líneas de metro con un coste total similar al del Reino Unido para construir dos líneas de metro en Londres. El problema, obviamente, es que muchas de nuestras líneas de metro no eran del todo necesarias, por mucho que nuestros irrisorios costes de construcción las hagan casi rentables. En materias como mercado laboral, la configuración de nuestro estado de bienestar, regulación de mercados, promoción económica, sistema fiscal u organización del sistema autonómico tenemos un montón de leyes que todo el mundo sabe que son un maldito desastre (y a la vista están los resultados) pero que nuestra clase política parece incapaz de ni siquiera plantearse una reforma.

Muchos diagnósticos sobre el origen de los problemas de la economía española, entonces, son completamente incorrectos. Nuestro problema no es el despilfarro, o un sector público gigantesco, o las burocracias ineficientes. Tampoco es la falta de gasto, o el descuido de nuestros servicios públicos, o falta de inversiones. Nuestra administración funciona muy bien. Nuestro problema es de leyes, de marcos normativos, de regular bien mercados, quitar barreras legislativas inútiles, incentivar la competencia en los mercados, eliminar privilegios a las empresas en posiciones dominantes, reformar cómo decidimos dónde gastar dinero.

El origen de nuestros males no es fiscal, es político y legislativo. Es de la gobernanza sutil, de normas, regulación y leyes, no la de movilizar recursos. Si queremos salir del agujero donde volvemos a estar metidos, aquí es donde debemos empezar.

PD: Una nota final, volviendo a la pregunta inicial de Alon Levy: aún no tienen del todo claro todavía qué formula mágica permite a Madrid hacer líneas de metro a $65-80 millones el kilómetro. Mi intuición (salida de comparar con los excepcionalmente torpes Estados Unidos, que tienen costes que rompen la escala) es que el secreto consiste en la cantidad de trabajo previo que se hace dentro de consejerías y ministerios antes de adjudicar cualquier proyecto. Múltiples estudios informativos, cada vez más detallados, que aseguran que la administración tiene una idea muy clara sobre cómo va a ser la obra, y tiene ingenieros en plantilla para vigilar bien a los adjudicatarios del proyecto. Es decir, la calidad de nuestros funcionarios, por encima de todo.

Pero eso es mi impresión. Veremos a qué conclusiones llegan con el estudio.

Fuente: The Transit Costs Project

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