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Jorge Vilches

Opinión

El giro autoritario de Sánchez

Sánchez ha basado su carrera política en la confrontación y el ajuste de cuentas. Es el prototipo del autoritario del siglo XXI

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Emilio Naranjo

¿Quién es Pedro Sánchez para decidir la voladura del régimen de la Constitución de 1978? ¿Es posible que por ganar unas elecciones por la mínima se tenga la legitimidad para romper el sistema? ¿Pueden los enemigos del orden constitucional, auténticos grupúsculos en el total nacional, decidir el futuro de ese régimen? A estas alturas da igual el debate sobre si hay división o confusión de poderes, si la representación está viciada por una ley electoral que distorsiona la soberanía nacional, o si el Senado sirve o no. Esta discusión no importó en la Venezuela en la que ascendió el chavismo, mientras el centro-izquierda y el centro-derecha hacían llamamientos contra el alarmismo. Dio lo mismo en laBolivia en la que el Movimiento Al Socialismo de Evo Morales se empeñaba en “construir patria”.

En los procesos políticos hay un punto de inflexión que debe servir para que salten todas las alarmas democráticas. Ese punto es cuando se atisba el autoritarismo. La figura de Sánchez es el prototipo de autoritario del siglo XXI. No hablo solo de sus características personales, de su ego y soberbia, de la falta de escrúpulos, de su amor a la contradicción y a la mentira, ni del fraude constante, o el culto a la personalidad. Ha basado su carrera política en el ajuste de cuentas y en la confrontación. Su proyecto se basa en identificar enemigos, y eso se nota hasta en su semblante.

Su desprecio a las instituciones no será contrapesado por sus socios, sino todo lo contrario. Los aliados que ha querido Sánchez son aquellos que odian la ley y el espíritu de 1978

Sánchez se cree por encima de las instituciones y de sus formas. De ahí el choque constante con el Rey, hasta el punto de que su investidura va a ensombrecer la Pascua Militar sin que le quepa una mínima duda sobre la responsabilidad o el tacto. Su desprecio a las instituciones no será contrapesado por sus socios, sino todo lo contrario. Los aliados que ha querido Sánchez son aquellos que odian la ley y el espíritu de 1978.

El giro autoritario de Sánchez empezó en 2018. Lo vimos con su política de gobernar con decretos-ley, lo que vulneraba su naturaleza, la prescrita “extraordinaria y urgente necesidad”. El Gobierno salido de la moción de censura quería mostrarse como poder, usar las instituciones en su beneficio electoral aun a costa de la gobernabilidad justamente en el peor momento de la crisis política.

En su deseo de arrollar los contrapesos democráticos, Sánchez intentó anular al Senado con una modificación por decreto-ley de la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Contó entonces con Podemos, como hoy. Iglesias calificó a la mayoría del PP en el Senado como “espuria” y “último reducto del poder” de la derecha. Entonces solo se trataba de saltarse el techo de gasto, y pareció que no importaba.

Hasta ahora no ha entendido que la economía es política y que así lo entiende a la perfección su adversario, la izquierda. Por eso siempre el centro-derecha va por detrás

El centro-derecha español no le dio la importancia debida. Creyó que era únicamente una cuestión económica, quizá porque su liberalismo se ha limitado al economicismo dejando de lado la política. Hasta ahora no ha entendido que la economía es política y que así lo entiende su adversario, la izquierda. Por eso siempre el centro-derecha va por detrás, fijándose en las cuentas no en los cuentos, en el sobado “relato”.

Sánchez ha prometido dos traiciones políticas determinantes que aumentarán el desastre económico. Ha pactado con el PNV emprender las “reformas necesarias para adecuar las estructuras del Estado al reconocimiento de la identidad territorial”. Es una petición en presente continuo porque esa “identidad” no se detiene hasta final: el Estado propio. Y Sánchez lo ha concedido.

No se trata de una cuestión de dinero, sino de guerra de posiciones, de ir aumentando el autogobierno y cambiando la conciencia para que la independencia sea la lógica consecuencia. Lo mismo ocurre con la otra traición política de Sánchez: la convocatoria de un referéndum en Cataluña sobre el acuerdo entre el Gobierno de España y el catalán.

Esas traiciones no son solo para una investidura. Se trata de una reforma del Estado a beneficio de su persona. Eso es un giro autoritario. La democracia liberal consiste en la seguridad de que las instituciones protegen al individuo de la arbitrariedad del poder. Merece la pena recordar, y no hace falta citar a un ningún clásico, que la arbitrariedad consiste en saltarse tres elementos: la ley, su espíritu y el procedimiento judicial para lograr un resultado político. Sánchez ya ha enfilado los tres.

Si todavía el socialista reuniera las características weberianas del liderazgo carismático aún podríamos aventurar estabilidad. Pero no es así; es un líder que quiere ser autoritario sin la capacidad de controlar el Estado. Me sumo, por tanto, a la definición de Theodor Adorno que entendía la personalidad autoritaria como la tendencia a la sumisión de los otros por inseguridad, que atribuida a los dirigentes políticos es la deriva a concentrar poder, aunque sea de forma ilegítima, retorciendo leyes e instituciones, con el único ánimo de sobrevivir. Ese es el verdadero “Manual de resistencia”, y no el que escribió Irene Lozano para Sánchez.

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