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Luis Algorri

Carretero y yo

El genocidio y el bachillerato

Si Colón fue un genocida, como defienden esos dos asnos californianos que trabajan de concejales en Los Ángeles, lo ha sido todo el mundo desde la aparición del hacha de sílex

La carta de Colón está valorada en 21 millones de euros.
La carta de Colón está valorada en 21 millones de euros.

Carretero, mi padre, me pregunta con cierta inquietud si sé quién es un señor que se llama Mitch O’Farrell. Le digo que no sé quién es Mitch O’Farrell. Él insiste y me pregunta por Hilda Solís. Le contesto que tampoco tengo el gusto y, algo mosca, le pido que me explique en qué anda enredando, que no consigo imaginarlo.

Ahí Carretero me explica que doña Hilda y don Mitch son dos concejales del Ayuntamiento de Los Ángeles, California, autores de una moción recientemente aprobada por la que se ha retirado de un parque de la ciudad una estatua de Cristóbal Colón. La estatua llevaba allí 45 años. Don Mitch, que ha resultado pertenecer a la tribu o nación de los wyandot (para entendernos: los indios hurones) asegura que Colón “fue responsable de genocidios y sus actos contribuyeron al mayor genocidio jamás registrado. Su imagen no se tiene que celebrar en ninguna parte”. Por su parte, doña Hilda asegura que quitar la estatua “es un acto de justicia restauradora que honra y abraza el espíritu resistente de los habitantes originales de nuestro condado. Con su remoción, comenzamos un nuevo capítulo de nuestra historia en el que aprendemos de errores pasados para que ya no estemos condenados a repetirlos”.

Le digo a mi padre que lo que sí deberían repetir estos dos ilustres munícipes es el bachillerato, y desde luego bajo condena judicial. Eso en el caso de que lo hayan cursado alguna vez, algo que está dentro de lo posible pero no de lo probable. No son los únicos que hacen o dicen este tipo de burradas que, en mi tiempo, les habrían proporcionado un cate como una catedral con obligación irredimible de repetir curso. Este género de asnos es particularmente frecuente entre cierta izquierda española que parece disfrutar no ya con la autoflagelación de todo lo que signifique España, sino con la exhibición casi pornográfica de su indigencia educacional.

Artola, Tuñón de Lara, Ramón Carande o Marichal nos enseñaron que no se puede juzgar la Historia con los criterios éticos, morales o políticos de hoy

Quienes, en este país, tuvimos la inmensa fortuna de estudiar Historia en la universidad cuando ya no estaba Franco y todavía no había llegado Jordi Bilbeny (un payaso que sostiene que Colón era catalán y además hijo de Erasmo de Rotterdam, también catalán, como se nota inmediatamente por su apellido), nos educamos con maestros como David Ruiz, Miguel Artola, Tuñón de Lara, Josep Fontana, Ramón Carande o Juan Marichal. Todos estos y muchos más nos metieron en la cabeza una idea fundamental: No se puede juzgar la historia con los criterios éticos, morales o políticos del momento actual.

Eso es el delito más grave que puede cometer no ya un historiador, sino un estudiante de bachillerato. Eso es manipular la historia. Eso es reescribir la historia a conveniencia del cliente. La historia está para estudiarla y analizar sus hechos, como decía Bertrand Russell: no es un tribunal que decide quiénes fueron los buenos y quiénes los malos. Eso es lo que hacía Franco, eso es lo que hacían Hitler y Stalin, eso es lo que hacen ahora mismo los “bien pagaos” del independentismo catalán, eso es lo que han hecho durante 1.700 años las muchas iglesias, eso es lo que hacen y han hecho todos los sinvergüenzas que, siglo tras siglo, han intentado apropiarse del pasado en su propio beneficio. Ahora mismo lo hacen don Mitch y doña Hilda, cuyos currículos académicos me gustaría ver, caramba. Eso es, además de una canallada, algo ridículo, porque los criterios éticos, morales y políticos evolucionan constantemente, y no podemos estar reemplazando la etiqueta de buenos o malos a César, a Carlos V, a Danton o a Franklin D. Roosevelt cada vez que cambia el viento.

Cristóbal Colón no fue un genocida, como no lo fueron Gengis Jan en el siglo XIII,ni el presidente Grover Cleveland cuando casi extermina a los apaches a finales del XIX, ni el obispo Arnaud Amalric cuando mandó pasar a cuchillo a 8.000 personas en Béziers (1209), ni el rey Jorge III de Inglaterra cuando impulsó las matanzas de nativos norteamericanos y comenzó la conquista de la India. Ni tantos ejemplos más, que se cuentan por cientos. No podían ser genocidas porque en sus respectivas épocas no existían ni el término ni el concepto, que aparecen a principios del siglo XX. Hasta ese momento, y desde la aparición del Homo habilis en Kenia hace millón y medio de años, las diferentes civilizaciones humanas se encontraban, se hacían la guerra, ganaba el más fuerte, este se quedaba con lo conquistado y, en un altísimo número de casos, el vencedor reducía a los vencidos a la esclavitud. Así han funcionado las cosas siempre. Si Colón fue un genocida, lo ha sido todo el mundo desde la aparición del hacha de sílex.

Tampoco se puede repintar o reescribir la historia cuando se le antoja a cada generación. Quien no entienda esto, pues ya sabe: al bachillerato de cabeza y maniatado

En el último tramo del siglo XIX, los políticos, los directores de periódicos y los misioneros protestantes o católicos de Francia, Reino Unido, Alemania, Holanda, Bélgica, Estados Unidos y muchos países más declararon que la “raza anglosajona” tenía el deber de llevar los beneficios de la civilización occidental a los pueblos de Asia, África y América Latina. Eso fue la colonización. La hizo todo el que pudo. Sembró el planeta de cadáveres. Pero nadie lo llama “genocidio”, por el mismo motivo por el que nadie llama “fascista” al griego Pericles, cuya democracia se basaba en la existencia de la esclavitud, ni “racista” al hombre de Cromañón, que acabó exterminando a los neandertales, ni “machista heteropatriarcal” a Tomás de Aquino, que sostenía que la mujer era un varón imperfecto, ni “vegano” a Leonardo da Vinci, que nunca comía animales. Esos conceptos son de hoy. No de cuando esos personajes vivieron. No se puede repintar o reescribir la historia cuando se le antoja a cada generación. Quien no entienda esto, pues ya sabe: al bachillerato de cabeza y maniatado. Y quien no lo quiera entender, pues lo mismo: al Ayuntamiento de Los Ángeles o a la izquierda voceona y autoflagelatoria.

–¿Y la estupidez? –me pregunta Carretero.

–¿Qué le pasa a la estupidez?

–Que esa sí que es universal. Acuérdate de lo que dice Carlo Maria Cipolla en el libro que te regalé hace años, Allegro ma non troppo: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”. Se da un porcentaje de gilipollas muy semejante en cualquier grupo humano, tengan la edad que tengan, la educación, el tipo de trabajo, el sexo, el origen o cualquier otra circunstancia. Incluida la época histórica.

–¿De los concejales de Los Ángeles no dice nada el ilustre Cipolla?

–Ahora mismo no caigo.

Habrá que mirarlo, porque don Mitch O’Farrell quizá no recuerde que en 1656, ciento cincuenta años después de la muerte del genocida Cristóbal Colón, los indios iroqueses de América del Norte exterminaron por completo a los indios hurones de la nación Erie, antepasados de don Mitch. No quedó ni uno.

Bueno, o no lo recuerda don Mitch o quizá ese día tampoco atendió en clase.

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