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Miquel Giménez

Opinión

El general Custer era prudente al lado de Puigdemont

Carles Puigdemont, en rueda de prensa en Bruselas.
Carles Puigdemont, en rueda de prensa en Bruselas. EFE

Nada parece indicar que el ex President cambie de opinión. A pesar de que son muchos los que, desde sus propias filas, opinan que debería apartarse para desbloquear la actual situación en Cataluña, el fugado se empecina en decir que o es él el President o no vale. Se le acerca un terrible Little Big Horn.

En Bruselas hace muy mal tiempo

De esta manera sibilina saludaba a Carles Puigdemont un dirigente de convergencia de los de toda la vida. Efectivamente, respondió el cesado President, pero me dicen que hace peor tiempo en una celda. Pam. El interpelante se quedó mudo. Ese es Puigdemont, un tipo al que su propio miedo, sumado a la brutal egomanía que posee, le hace ser áspero incluso con los suyos. “Es un caso perdido y lo malo es que detrás de este, nos vamos todos al garete”, confesaba con un cabreo notable el veterano convergente a este periodista. “Vaya regalito nos dejó Artur Mas, creímos que nos habíamos librado de un guillat – un pirado -, y este nos sale mucho peor”. Es que Murphy, el de la famosa ley que dice que, si algo puede ir mal, irá mal, era catalán, le he dicho.

A pesar de guardar la necesaria confidencialidad acerca de mis fuentes, es preciso decir a los lectores que la persona que así se expresaba ha sido uno de los puntales del pujolismo, desempeñando cargos de no poca importancia en distintos gobiernos de Pujol, así como en otras instancias, pero que jamás pensó acabar teniendo que defender una vaporosa república catalana junto a Esquerra y las CUP. “Es acojonante – decía – hablar con Carles es como hacerlo con una pared o, peor aún, con uno de las CUP. ¿De dónde ha sacado la radicalidad este hombre, si era de los que esperaba lápiz en mano a ver qué collons decía Pujol?”. Al responderle servidor que, como decía García Lorca, hay barcos que buscan ser mirados antes de hundirse, el viejo político se ha llevado las manos a la cabeza, espetándome un seco “¡No fotem, home, que la cosa es muy grave!”. Claro - terciaba otro de los presentes en la conversación, también convergente, solo que este se apeó del tren de la bruja procesista hace ya tiempo – ahora es muy fácil decir que la cosa está muy mal, pero habéis sido incapaces de pararle los pies y vuestra cobardía ya ves a donde nos ha llevado”.

Nada le afecta, nada le llega, nada atraviesa la coraza de Puigdemont"

Es verdad. El nacionalismo catalán llevaba en su germen el origen de todo lo que vemos actualmente en Cataluña: solo podía ir creciendo sin pausa, exigiendo más y más cosas al Estado, y fomentar la inestabilidad social. De lo contrario, hubiera acabado por extinguirse. Han sido necesarios todos los gobiernos convergentes hasta la fecha, otros tantos gobiernos en España mirando hacia otro lado, y mantener una meta que, para el nacionalista catalán o para cualquier otro, no puede ser más que la independencia.

Se comentaba entre los comensales – esta conversación tenía lugar alrededor de una mesa en un restaurante discreto y bastante mediocre de Barcelona – lo inútil que había sido que el propio Mas se hubiese desplazado hasta Bruselas para convencer al autoproclamado exiliado en el sentido de que lo dejase. Inútiles también fueron los ruegos que, vía telefónica, le había hecho el propio Jordi Pujol, que llegó a decirle el sobado “Ara no toca”, ahora no toca; Nada le afecta, nada le llega, nada atraviesa la coraza de Puigdemont. Recuerda al general George Armstrong Custer, encaminándose a la hecatombe en Little Big Horn, con una sonrisa rayana en la locura y arengando al Séptimo de Caballería de los Estados Unidos acerca de la enorme victoria que iban a cosechar contra un puñado de pieles rojas, harapientos y desorganizados. La historia nos enseña hasta qué punto se engañaba aquel insensato, de la misma manera que enseñará a las generaciones venideras lo suicida que es Puigdemont.

El Trío Lalalá en Bruselas

Elsa Artadi, Quim Torra y Albert Batet, todos de Junts per Catalunya, of course, han ido a la capital belga para entrevistarse con esa moderna versión de Bernadette Soubirous en la que pretende convertirse Puigdemont. ¿Motivo y alcance de la visita? Pues nada, analizar cómo van las conversaciones de su formación con Esquerra y las CUP – traduzcan en el sentido de saber si tragan o no tragan -, ver quienes estarían en un Govern presidido por el del flequillo – sigan traduciendo, saber cómo se reparten el pastel, ya saben, el archiconocido “¿Qué hay de lo mío, Manolo?” – para, finalmente, y ahí radica lo milagroso, preparar un programa de gobierno. ¡Un programa de gobierno, señoras y señores! ¡Albricias y alboroques, que repiquen las campanas, el niño santo de Bruselas va a parir un programa de gobierno en un hálito celestial! Parece tonto, pero a eso han ido esas personas. Digo yo que, siendo tan amante de la telemática, Puigdemont podía haber celebrado la reunión por Skype y todo eso que se ahorraban. ¿O no? ¿O estamos nosotros pagando el gasto? ¿O no han ido a Bruselas en visita ad limina?

Porque, volviendo en la comida a la que me he referido, algunos opinaban que, aunque con toda la timidez y sutileza del mundo – otros lo calificarían como miedo – alguno de los visitantes bruselenses podría haber intentado deslizar la propuesta de una alternativa a Puigdemont, dorándole la píldora todo lo dorable, se entiende. Son esos famosos planes B, C, y sigan contando. Aunque el ex Conseller Josep Rull se haya desgañitado este sábado en Cambrils diciendo que no se proponen investir a ningún otro candidato, que al President de Cataluña no lo ponen Rajoy ni Soraya, y blablablá, hay indicios más que suficientes como para afirmar que ya nadie da un duro por los de Bruselas, con Puigdemont al frente. “Algún día habrá que gobernar, digo yo”, ha estallado uno de los convergentes de toda la vida en el momento del postre, ese dulce instante presto a la confidencia denominado por los franceses como entre la poire et le fromage, que es donde se sueltan más las lenguas y se sinceran los pensamientos.

¿Qué tándem, qué bisagra, que puente podría buscarse para, sin tener que defenestrar u ofender a Puigdemont, desatascar el asunto sin perder la faz, que dicen en Japón, contentando a los separatistas y dando la impresión de que se ha ganado frente a los constitucionalistas?"

Así pues, ¿quién de los tres habrá sido el encargado de sondear, acaso por última ocasión, al fugado? A Artadi la conozco poco y a Batet solo de referencias; a Torra sí lo he tratado bastante, puesto que fue mi editor en tres ocasiones, pero no lo veo yo llevando recaditos arriba y abajo. Entonces, es evidente la respuesta. ¿De quién se ha hablado mucho acerca de su papel como persona de confianza del ex President? ¿Qué nombre ha sonado en muchas quinielas como la persona que podría ocupar la Presidencia aquí, mientras Puigdemont mantiene la farsa del gobierno Enel exilio? ¿Qué tándem, qué bisagra, que puente podría buscarse para, sin tener que defenestrar u ofender a Puigdemont, desatascar el asunto sin perder la faz, que dicen en Japón, contentando a los separatistas y dando la impresión de que se ha ganado frente a los constitucionalistas? Ustedes lo han adivinado: Elsa Artadi. Et tu, Brute.

Reúne todas las condiciones para cumplir el papel a las mil maravillas. Al fugadísimo no podría contrariarle la elección. Es su mano derecha, su jefa de campaña, la persona que le ha aconsejado en los últimos meses. Que fuese elegida presidenta no sería un desdoro para él, máxime si tenemos en cuenta que Artadi ya se ocuparía de dejar muy claro que el President es Puigdemont, que está exiliado porque España es muy mala, que si patatín, que si patatán. Pero ella ocuparía el despacho de la Casa dels Canonges y el otro se quedaría comiendo mejillones en esa confortable habitación de hotel que el ínclito Joan Gaspar le ha facilitado últimamente.

O sea, que es un caramelito envenenado para alguien que ha dejado constancia de su miopía política. Si aceptará o no, esos son otros cantares, pero tampoco sería una mala solución. El quedaría como un San Dios, ella mandaría – me temo que es lo que ha deseado siempre -, los separatistas, más o menos, quedarían contentos y engañados y los convergentes de toda la vida tendrían una legislatura de tiempo para organizarse mejor e intentar volver por sus fueros.

Ya sé que muchos de ustedes me dirán, bueno, ¿pero que tiene todo esto que ver con el desempleo, la inmigración ilegal, la falta de respeto por la ley, la corrupción o el terrorismo? Ah, nada, pero es que a este personal les importamos un higo. Eso hay que traerlo sabido de casa, mis queridos lectores. No me sean ingenuos como Custer.

Miquel Giménez

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