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Miquel Giménez

Opinión

Gatos de Cheshire que son diputados

Los diputados presos en el Congreso
Los diputados presos en el Congreso

Junqueras, Sánchez, Turull, Rull y Romeva han recogido sus actas. Sonrientes, felices y con aire de triunfo, añadimos. ¿Esto significa que nuestra democracia es fuerte o que es débil?

Un malévolo me ha dicho al ver a Junqueras por los pasillos del Congreso, con una sonrisita de circunstancias que no se le ha descolgado ni un segundo, que parecía el Gato de Cheshire. Como es público, el Gato de Cheshire, conocido por “Alicia en el País de las Maravillas”, es un minino con propiedades sorprendentes: sonríe eternamente y puede aparecer o desaparecer a voluntad, amén de mantener conversaciones filosóficas, aunque inútiles. Es una definición muy buena para Puigdemont: siempre sonríe, sabiendo aparecer y desaparecer vía maletero. De lo plúmbeo de sus asertos les ahorro el comentario. Son pesadísimos, ya saben.

Sea como fuere, si las sonrisas eran numerosas entre el séquito de la corte separata en Madrid, no lo es menos que muchos diputados que por allí pululaban mostraban un aspecto serio, de enfado. La ocasión no era para menos. ¿Qué habría dicho la opinión pública sí, estando en la cárcel, Antonio Tejero Molina se hubiese presentado a unos comicios, hubiese obtenido un escaño y le viera en el mismo congreso que asaltó tan pancho? ¿Qué editorial no haría El País, que no diría PRISA, que opinaría la izquierda cañí? Y que nadie se rasgue las vestiduras, que si el guardia civil entró pistola en mano interrumpiendo la sesión de investidura de Calvo Sotelo, no es menos cierto que los golpistas de la estelada intentaron también pasar por encima de la democracia y la Constitución. Las formas podrán divergir – o no, recuerden los incidentes ante la Consellería de Economía – pero el fondo es el mismo: romper el orden constitucional.

La cuestión radica en saber si el hecho de que esas personas puedan ser diputados de un Estado que pretendieron romper es bueno o malo

La cuestión radica en saber si el hecho de que esas personas puedan ser diputados de un Estado que pretendieron romper es bueno o malo. ¿Que aparezcan en los medios de comunicación sonriendo y emitiendo comunicados como si tal cosa está bien? ¿Es señal de la buena salud que goza nuestro sistema, capaz de asimilar a quienes han querido derribarlo? ¿O no, y es síntoma de la debilidad de nuestro sistema, que cede ante aquellos de quienes debería prevenirse y aún blindarse?

Es un debate profundo, porque encierra la esencia de nuestra manera de relacionarnos los unos con los otros. El eterno dilema de si acoger o no acoger al hijo pródigo es justo respecto con tus otros hijos. Máxime teniendo en cuenta que estos hijos pródigos no renuncian a su objetivo, a saber, desgajar una parte de España. Como sea.

No quisiera pecar de pesimista, pero cada vez tengo más claro que, si bien el golpe el 1-O fracasó, el golpismo está triunfando a medida que pasan los meses. Y si no lo hace en mayor medida es gracias a jueces como Marchena, lo que dice bien poco de la capacidad que tiene nuestra clase política la hora de defender la convivencia. Junqueras, con sonrisa de Gato de Cheshire, aparece junto a los de Bildu, sus compañeros de coalición en estas elecciones europeas, y esa sonrisa nos hiela el alma a quienes sabemos perfectamente quien es ese hombre de paz llamado Otegi.

Los Gatos de Cheshire son la metáfora acerca de lo que es bueno o es malo para España; también lo son la reina de corazones que solo sabe vociferar “¡Que les corten la cabeza!”, o el Conejo Blanco que siempre, siempre, siempre tiene una prisa endiablada lo que le imposibilita hacer nada positivo o la propia Alicia, que atravesó imprudentemente el espejo, sin ponderar lo que podía encontrarse al otro lado.

Los espejos lo dicen todo al revés. Por eso tendremos diputados golpistas. Es el anverso de la moneda que un Dios juguetón lanza y vuelve a lanzar al aire sobre esta desdichada tierra, que aprecia más las falsas sonrisas que las duras advertencias. Las lágrimas, luego, son para todos. Pero eso es otro cantar.

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