Resulta inevitable recordar en estos días el profético título del libro de Rafa Latorre, “Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido”. El título hace referencia también a lo increíble que nos resultaba creer que en verdad sucedieron aquellos episodios terribles del procés en 2017, incluso aunque se diera la circunstancia de que muchos fuimos testigos directo y presenciales. “¿Cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí?”, era la pregunta que tantos se hacían en ese tiempo, especialmente todos aquellos que habían mirado hacia otro lado durante cuarenta años. Los que practicaron la política del “apaciguamiento” son los que nunca entendieron nada, junto a quienes compartieron siempre los postulados del nacionalismo.

Aún es difícil creer aquellos hechos, pero más escarpada se vuelve la realidad si atendemos a lo que ha sucedido en estos tres años, que tiene un claro reflejo en los resultados electorales de este domingo. Ahora quien en verdad se pregunta “¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí?” es el constitucionalismo que ganó unas elecciones históricas. Entonces hubo manifestaciones de un millón de personas de la Cataluña no nacionalista y se frenó la parte más dura y frontal de un golpe de Estado.

¿Hubo o no hubo golpe?

Lo que explica la realidad actual de lo que entonces fue el constitucionalismo -hay que hablar en pasado- es que unos han negado que se diese un golpe de Estado y así poder sumarse a él, y otros han vivido en la ficción de que el golpe fue derrotado, y así poder abandonar.

Después de la asonada de 2017, hubo muchas cosas que no se asumieron y por la reacción de los perdedores de estas elecciones, no parece que lo vayan a hacer ahora. Inés Arrimadas llegó afirmar que “en política no todos los días son de fiesta”. Lo primero que ha de hacer la España no nacionalista para poder revertir la situación de derrota es asumir el escenario que ella misma ha provocado, antes de elaborar una estrategia para abordar las posibilidades de una futura victoria.

Uno de los primeros factores que se han de tener bien claros es que el golpe de Estado se ha trasladado al ámbito nacional. En 2017, únicamente se detuvo la embestida del nacionalismo contra el Poder Judicial, uno de los pilares de carga del edificio constitucional. El resto de las ramificaciones del ataque a las instituciones democráticas permaneció intacto, especialmente el flujo de la financiación desde el Presupuesto estatal así como la ausencia de Política (en mayúsculas) por parte de los demócratas frente al relato falso y victimista de los totalitarios sublevados. Esta situación provocó que el independentismo cambiase su estrategia, puesto que mudó de escenario. Se trasladó a La Moncloa en la moción de censura del 2018 que llevó a Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno de España con el apoyo desde prisión del principal dirigente del golpe de Estado, Oriol Junqueras.

Los antecedentes de las relaciones del socialismo con el nacionalismo en nuestro país son inequívocos. Su colaboración ha ido estrechándose con los años por ese sectarismo compartido, el rechazo a la nación española

Desde ese día, y no desde la llegada de Podemos al Gobierno un año después en las elecciones del 2019, se debe situar al PSOE en el bloque del nacionalismo. Todos los calificativos que ha recibido después, independentismo y ahora republicanismo, son mejores nombres para definir lo mismo.

Hay quien sitúa el enloquecimiento del PSOE en aquel momento, pero si su posicionamiento se debe a una pérdida de la razón, ésta hay que buscarla muchos años antes. Los antecedentes del socialismo con el nacionalismo en nuestro país son inequívocos. Su colaboración ha ido estrechándose con los años por ese sectarismo compartido, el rechazo a la nación española.

Las negociaciones de Illa

Es algo innegable. El PSC gana unas elecciones e implora a ERC entrar a formar Gobierno y no al revés. La justificación es formar un gobierno de izquierdas, palabra mágica en este país para justificar cualquier cosa en política, dentro o fuera de la ética o la legalidad, abandonando lo que un día significó. Hay que recordar que ERC es el único partido que ha tenido autodeclarados supremacistas blancos como dirigentes. Salvador Illa se sienta a hablar con la CUP pero no con Vox. El eje de poder del PSOE transita por los nacionalismos regionales a los que no disputa el poder, sino que se mimetiza con ellos en una unión indisoluble.

Asumir que el bloque constitucional del 2017 ha mutado a un bloque no nacionalista en el que no se encuentra el PSOE, que está liderando un proceso constituyente para que el nacionalismo pueda llevar a cabo sus pretensiones, es el primer paso para poder detener el proceso de degradación democrática.

Ejercer de delincuente contra la democracia española es una circunstancia que cotiza al alza en algunas partes del mapa político nacional. Véase los casos de Otegi y Junqueras

Otra cuestión a asumir antes de que sea tarde es el triunfo de la ETA en las elecciones catalanas. En el competitivo campo del esperpento nacionalista, uno de los más reseñados actos de la campaña de ERC tuvo a Otegi de protagonista, junto a Oriol Junqueras, mano a mano. El condenado por dirigir un golpe de Estado había obtenido un permiso penitenciario para participar en mítines en los que arengaba a sus fieles en el “lo volveremos a hacer”. La presencia de Otegi era la plasmación del camino a seguir, tal y como declaró Marta Rovira. Otegi acudió a Cataluña a ensayar su futura campaña como lehendakari, junto con los presos etarras a quienes envió cartas para su implicación con Bildu. Ser un delincuente contra la democracia resulta rentable electoralmente en algunas zonas de España. ERC ha ganado a Junts porque ha movilizado a más votantes con la bandera de los presos a pesar de la buena campaña de Borrás. Esta situación está normalizada en los medios de comunicación nacionales. No es la TV3 o la EiTB, son TVE o La Sexta las que entrevistan a Junqueras en la cárcel como el que acude a su despacho del Parlamento.

El nacionalismo, junto con lo que se ha venido a llamar el proyecto de mutación constitucional, está organizado actualmente en el triángulo Cataluña, País Vasco y La Moncloa. Es necesaria una agrupación de la alternativa demócrata no separatista. No necesariamente bajo unas mismas siglas en un primer momento, sino bajo un proyecto. Una estrategia conjunta incluso de distintos partidos e ideologías, que represente la alternativa y la resistencia de un movimiento cívico. Para empezar a ganar las siguientes elecciones hay que empezar a asumir que se han perdido estas, así como el escenario real en el que se van a producir las siguientes. La estrategia es crear el marco favorable para ganarlas, no establecer estrategias dentro del marco que Iván Redondo despliegue. La España demócrata y no nacionalista está cansada de perder, hay que empezar a planificar la victoria.