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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

¿Por qué ha ganado AMLO?

López Obrador supo leer la angustia de un país atemorizado y harto de unos políticos que o están robando o entendiéndose con criminales, ajenos al drama diario del mexicano de a pie

Cientos de simpatizantes del candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador, lo aclaman durante su arribo a la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México.
Cientos de simpatizantes del candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador, lo aclaman durante su arribo a la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México. EFE

La victoria este domingo de Andrés Manuel López Obrador en México es un hito histórico. Desde hace casi un siglo México es, al menos políticamente, el país más estable y previsible de toda Hispanoamérica. En todo este tiempo sólo han gobernado dos partidos: el PRI, que fue hegemónico hasta el año 2000, y el PAN, que desde que comenzó el siglo ha llevado dos presidentes a Los Pinos, residencia oficial de todos los presidentes desde que Lázaro Cárdenas decidiese en los años 30 abandonar el castillo de Chapultepec para instalarse con su familia en un chalet cercano. En México decir Los Pinos es como en España decir Moncloa o en Francia hablar de El Elíseo, un sinónimo del poder total.

Pues bien, el próximo inquilino de Los Pinos no será ni del PRI ni del PAN, sino de MORENA, un partido fundado hace sólo cuatro años y que nació como movimiento cívico para servir a López Obrador de plataforma electoral en las elecciones de 2012. Pero si MORENA es nueva su candidato no lo es en absoluto. Es posiblemente el político más famoso de México, tanto que cuenta con un acrónimo propio perfectamente reconocible por cualquier mexicano: AMLO, formado por las iniciales de sus dos nombres de pila y sus dos apellidos.

AMLO tiene 64 años (65 cumplirá en noviembre) y lleva toda su vida metido en política. Se afilió al PRI con 17 años y allí pasó casi dos décadas ocupando diversos cargos, muchos de ellos a la sombra en el alambicado engranaje de poder que caracterizaba al PRI en los buenos tiempos. En 1989 se sumó a una escisión llamada Frente Democrático Nacional que más tarde se constituiría como partido, el PRD (Partido Revolucionario Democrático).

Tras los mandatos fallidos de Calderón y Peña Nieto el descontento en México es gigantesco, mucho más de lo que los estrategas de los dos principales partidos sospechaban

Con el PRD trató primero de conquistar el Gobierno de Tabasco, su Estado natal, pero se estrelló en las urnas contra el todopoderoso PRI local. En el año 2000 lo intentó en el Distrito Federal y ganó. A partir de ahí se empezó a cimentar su mito de político intratable y justiciero. Fue jefe de Gobierno del DF durante cinco años y desde ahí preparó su salto a la presidencia, que se saldó con dos sonoras derrotas en 2006 y 2012. Pero el que resiste gana y AMLO, lejos de amilanarse, se puso por su cuenta y lo intentó, tal vez por última vez, este año.

En 2006 le ganó el candidato del PAN, Felipe Calderón, en 2012 el del PRI, Enrique Peña Nieto. Ambos se quemaron en sus respectivas presidencias. Los años de Calderón fueron los de la guerra del narco; los de Peña Nieto los de la gran corrupción. Tras estos dos mandatos fallidos el descontento en México es gigantesco, mucho más de lo que los estrategas de los dos principales partidos sospechaban.

El desbarajuste general, con una clase política corrompida hasta extremos indecibles y cuyos vínculos con el crimen organizado están más que acreditados, era todo lo que necesitaba AMLO para postularse como la solución. Pero los amos del poder en México no se lo tomaban en serio. Si había fracasado en 2006 en la cima de su popularidad, sólo un año después de salir del Gobierno de Ciudad de México, ¿cómo iba a ganar ahora al borde de la edad de jubilación y con los partidos de izquierda retrocediendo en toda América?

Ese era, más o menos, el cálculo de priístas y panistas. AMLO se volvería a presentar y se estamparía de nuevo contra la realidad. Pero no, AMLO, un tipo obstinado como pocos, se lo había tomado como algo personal. Detectó cuáles son las dos heridas que supuran hoy en México y se agarró a ellas restregando bien el dedo sobre su superficie. Recorrió el país durante los últimos cuatro años, estrechó miles de manos y abrió los oídos para escuchar siempre la misma cantinela: corrupción e inseguridad, robo generalizado y violencia.

Corrupción e inseguridad, robo generalizado y violencia. Ese es el clamor en un país que ha enterrado a 200.000 personas desde 2006 a causa de la guerra contra el narcotráfico

Ese es el clamor de México hoy. Y no es para menos en un país que ha enterrado a 200.000 personas desde 2006 a causa de la guerra contra el narcotráfico, y que en el Índice de Percepción de la Corrupción que elabora cada año Transparencia Internacional se sitúa en el fondo de la tabla junto a países como Liberia, Mauritania o Uganda. Esta es la razón por la que ha ganado y no hay mucho más. Un país atemorizado y harto de unos políticos que, cuando no están robando o entendiéndose con criminales, están a lo suyo, circulando en sus carros blindados completamente ajenos al drama diario del mexicano de a pie.

Queda ahora saber qué versión de AMLO tendremos: la del AMLO habilidoso operador político del PRI y el PRD, la del AMLO gobernador del DF o la del AMLO candidato presidencial. Es una incógnita. Edad tiene para haber limado ciertos excesos que le caracterizaron en el pasado, pero en lo esencial conserva intactos los fantasmas ideológicos que le han acompañado desde que se afiliase al PRI hace ya casi medio siglo.

Su querencia populista sigue ahí. Recela de la libre empresa y de los mercados abiertos, aborrece de los Estados Unidos y su idea de la democracia perfecta está muy lejos de la democracia liberal. Es, en cierto modo, la personificación del "perfecto idiota latinoamericano" que Vargas Llosa, Montaner y Mendoza inmortalizaron en el libro homónimo.

Todo esto los inversores ya lo han descontado y se preparan para años movidos en México. El país a corto plazo puede crecer si dispara el gasto público, pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Los mexicanos lo terminarán pagando con altas tasas de inflación y desempleo. Respecto a la corrupción, por muy honrado que sea, a AMLO le va a tocar vivir en una ciénaga. Una gota de agua limpia no convierte en potable el agua de una charca.

Pero la mayor incógnita de todas es su relación con Estados Unidos. Desde el próximo mes de diciembre, que es cuando tomará posesión, tendremos populismo en ambas orillas del río Grande. Si Trump busca pleitos los encontrará. Hoy por hoy la frontera externa de EEUU es México. Con que su presidente tenga voluntad de dejar de serlo los problemas están servidos. Problemas de verdad, de esos que hacen que se estremezca el mundo. Todo indica que se van a servir mutuamente una buena ración de ellos.



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