La primera condición para ganar unas elecciones es que al candidato se le note que las quiere ganar. Digamos que esta es la primera y casi única condición, porque las demás de obvias son simples y meramente coyunturales. Si quien te pide el voto lo hace por puro trámite. Si quien te pretende seducir te aburre. Si aquel que está llamado a encabezar una lista vive estos días de campaña con el anuncio de la derrota en su frente. Y si ha llegado a un punto en el que la mayoría le reconoce sus modales y buena crianza; su formalidad y su vocación didáctica en un mundo, este de la política, en el que la mayoría nace soberbia y enseñada, entonces no han de extrañar los pronósticos de las encuestas: el PSOE se hunde.  

Decía Adolfo Suárez, y repetía Julio Anguita: menos quererme y vótenme más. Recuerda a La 2 de TVE: a todo el mundo le gusta, pero no tiene audiencia. Ángel Gabilondo es ese señor mayor del que todo el mundo habla bien, pero al que cuesta votar. Ese señor que hace tautologías en un mitin para decir que él es él y Sánchez, Sánchez. Por momentos, recuerda los aires señoriales del indolente Enrique Tierno Galván, pero se queda corto, porque al viejo profesor le sobraban facundia, cinismo y memoria para la venganza, mientras el candidato vive encerrado en las palabras y las soflamas que le escriben otros. Y cuando lo hace, asoma en su cara la afrenta de estar diciendo lo que su familia y verdaderos amigos no pueden creer que esté diciendo. Tierno era un señor de modales, como Gabilondo. Los dos, si el que fuera alcalde viviera, podrían ir a comprar un traje al Corte Ingles y ser confundidos con un vendedor. 

-No, mire señora, es que yo no me dedico a esto, lo mío es la política, no sé si sabe que yo encabezo la lista del PSOE, y si no tiene usted inconveniente me gustaría contarle que… 

Como Picasso tiene dicho que todo aquello que podemos imaginar existe, me dejará el lector que lo imagine así, en el Corte Inglés, el de Goya para más señas, confundido con un vendedor en la planta de caballeros. 

La metafísica no cabe en la política 

Tierno y Gabilondo. Catedráticos los dos, el primero de Derecho Político, el segundo de Filosofía, y experto además en Metafísica y Hermenéutica. Con tanto currículo, normal que fracasaran en un mundo en el que triunfan rapaces y depredadores sin más oficio ni beneficio que pedir el voto a los incautos ciudadanos. Demasiados libros leídos, y mucho esfuerzo para llegar allí donde nadie les regaló nada. A Tierno le sobró cinismo, y lo supo sobrellevar con una verdadera devoción por la soberbia bien disimulada y una cierta facilidad por la mentira. Así lo cuenta quien lo conoció bien, César Alonso de los Ríos en La verdad sobre Tierno Galván, Anaya & Mario Muchnik,1997.  

A Gabilondo se le nota su autenticidad y vocación por la verdad, que es justo lo que no cabe en estos tiempos. Lo que no renta, que dicen ahora. El viejo profesor era a ratos agnóstico y ateo, según conviniera; Gabilondo no puede negar que fue fraile corazonista hasta 1979. Incluso cuando mitinea parece estar en el sermón de una misa de doce en domingo. Es lo que tiene el carisma, que dura toda la vida.  

El desplome que anuncian las encuestas 

En otros países y con otros ciudadanos mejor dispuestos e informados, el candidato socialista sería un lujo a preservar. Aquí es lo que las encuestas decían el domingo: un político que se desploma con la misma velocidad con que Moncloa, o sea Pedro Sánchez y los ivanes, meten la cuchara en su campaña.  Así es, si así os parece, que dice Pirandello. Pero que así sea, no quita que el fracaso corresponda a toda una sociedad, incapaz de reconocer y valorar la educación y la templanza cuando viene escrita en una papeleta electoral.  Siempre que veo a Gabilondo dando un mitin creo estar seguro de que se está preguntando cómo ha llegado allí. Qué hace allí. Y cuánto falta para que termine. 

Si se cumplen los sondeos, Díaz Ayuso le doblará en votos, y si así fuera, ya puede ir improvisando un discurso el 4 de mayo por la noche, porque el que tendrá que dimitir será él, no esperará que lo haga Sánchez. Le pagarán los servicios prestados sentándolo en el sillón del Defensor del Pueblo. Y allí seguro que recordará lo que tiene escrito el señor de la Montaña, al que seguro que ha leído y lee: Hasta en el trono más elevado estamos sentados sobre nuestro propio culo.  

Pensar el voto, una actividad peligrosa 

Decía que es condición necesaria, pero no única, que al candidato se le note que quiere ganar las elecciones. Sucede que si el que le puede votar no lo ve, recelará, se lo pensará, y ya se sabe que pensar el voto es actividad peligrosa, porque la reflexión modifica las intenciones, y lo que es peor, las percepciones. Gabilondo no busca el voto emocional, porque siente vergüenza intelectual de apelar al guerracivilismo, a Franco, Valle de los Caídos, a la República del 31. No está para jalear lo peor que llevamos dentro. Y eso le conduce a la desesperación, un terreno casi siempre límite con el fracaso. En fin, demasiado educado como para renunciar a la razón, la tolerancia y las buenas formas. Quiere que le voten con frases como que La ciencia es el rostro ilustrado de la humanidad. Hombre, hombre, don Ángel.  

Hemos llegado a un punto en el que no reconocemos a los políticos si no están cerca del insulto y la exageración. Cerca también del menosprecio que usan con aquellos que les votan, a los que tratan como criaturas capaces de aplaudir en los mítines con una sola mano. No, este no es el mundo de Gabilondo, y por eso uno se pregunta qué hace ahí y cómo consiente que sea Moncloa la que le esté haciendo una campaña en la que no cree, ni él, ni muchos compañeros de su partido de Madrid.  

La mano que meció a Monago

Cuesta creerlo, aunque es fácil entenderlo, pero resulta que su campaña, como antes la de Salvador Illa, la ha pensado un señor, Iván Redondo, que hizo las de los populares Basagoiti, exlíder del PP vasco, Monago, primer presidente del PP de Extremadura y la de Albiol, que fue, y sigue siendo el popular alcalde de Badalona. Redondo es ahora jefe de Gabinete de Sánchez y está, así lo dice él, para ampliar el ancho de banda del Gobierno. En realidad, es más, bastante más que muchos ministros, y, seguramente más que lo que él mismo imagina ser.   

Pudiera ser que ante la evidencia de que a Gabilondo no se le noten sus ganas de ganar, Moncloa le buscará acompañamiento más en la línea de Díaz Ayuso o Mónica García, políticas sin complejos y siempre adelantadas al titular y a lo que los suyos quieren escuchar. Pues ya ven que no. O Redondo falla y ha perdido facultades, o Sánchez aprovecha para quitarse lastre en un Gobierno que pesa demasiado. Eso de que Reyes Maroto va a ser vicepresidenta de Gabilondo si este consigue formar Gobierno suena a broma. Zumba pura. Es difícil creer a Gabilondo, y no porque mienta, pero lo es aún más tomar políticamente en serio a la ministra Maroto, tan irrelevante y liviana en el Gobierno y a la altura de los ministros de Universidades, Ciencia o Consumo. Maroto no le da un sólo voto. Ni uno más.

Y sin embargo todo puede suceder. El carácter de elecciones generales que tienen los comicios madrileños los hacen imprevisibles, determinantes.  ¿Y si Ciudadanos no entra en la Asamblea? ¿Y si Vox se queda en puertas o no suma con Ayuso? ¿Y si el bloque de izquierdas consigue la mayoría suficiente para gobernar? Entonces veremos a Gabilondo gobernando con Pablo Iglesias. En realidad, no tendrá opción de gobernar si no carga con el de Podemos.  Y entonces será verdad, por fin, que alguien en el PSOE no podrá conciliar el sueño. Pero ese es un mal sueño que siempre termina con ese mantra que el mismo Gabilondo proclamó hace unos días: Con este Iglesias, no. Con este Iglesias, no. Ya. Y también tres huevos duros, y que uno sea de oca, que decía Groucho Marx.