Del mar, Ángel Gabilondo prefiere la orilla. Lo escribió en Máximas y mínimas, el libro de un hombre exhausto al que todos pedían librar batallas ajenas. Entonces Gabilondo había completado legislatura como ministro de Educación de José Luis Rodríguez Zapatero y el PSOE insistía en presentarlo como candidato a la Comunidad de Madrid en 2015 para blasonar el humanismo que alguna vez los distinguió.

Aunque el exrector de la Universidad Autónoma prefería la tierra firme de las bibliotecas a la épica de los galeones, acabó como cabeza de lista y acudió a unas elecciones en las que fue derrotado por Cristina Cifuentes. Repitió en 2019, con un resultado aún peor (fue el más votado, pero la coalición de derechas lo descabalgó), y ahora regresa para contrarrestar a una Isabel Díaz Ayuso convertida por Moncloa en oponente de Pedro Sánchez. 

Gabilondo no ha sido ni será un hombre de desfachateces. Es alguien que piensa y escribe, un ciudadano que cree en la importancia de estar a la altura de sus propias palabras. Sabe, porque así lo escribió en sus ensayos sobre Deleuze, Foucault y Bataille publicados por Alianza, que las palabras encierran los avatares del pensamiento y que cuando se pronuncian en público las anima el espíritu del demos

El catedrático de Filosofía, hasta entonces la voz de la mesura en la Asamblea de Madrid, comenzó esta carrera electoral con la soga al cuello, como si arrastrara un peso mayor que él. Fue entonces cuando se describió como hombre soso, serio y formal, que es como hablan de sí mismos quienes desentonan en cualquier comparsa. Después de dos derrotas electorales, y mermado de entusiasmo y fuerzas, Gabilondo aceptó una vez más optar a gobernar Madrid. Más le hubiese valido negarse.

De tanto acceder a las batallas de otros, Ángel Gabilondo acabó convertido en náufrago de sus propias convicciones

A diferencia de sus campañas anteriores, en esta no fue dueño de sus palabras. Acaso con el cargo de Defensor del Pueblo en prenda, aceptó la amarga empresa dando por hecho que sería breve. El asunto es que, por insistencia o compromiso, acabó subido para su desgracia en la nave de Sánchez e Iván Redondo. Fue ahí cuando comenzaron los tropiezos. Gabilondo pasó del acercamiento a Ciudadanos y la distancia con Pablo Iglesias a la trinchera de la propaganda y las balas metidas en sobres. Lo hizo con la torpeza de quien no sabe representar el papel que le ha sido asignado.

Para quien elige con cuidado aquello que dice y la forma en que se dice, subirse a un podio vociferando expresiones que no son suyas -¡ultraderecha!, ¡fascismo!- será siempre desastroso. Ya sea en los debates en los que se le traspapelan los parlamentos o junto a un Jorge Javier Vázquez convertido en nuevo Álvaro Retana, Ángel Gabilondo tiene más de hombre atado a un mástil que de candidato subido al podio.

Hay tragedia en el desenlace del profesor Ángel Gabilondo. Intenta completar la campaña a las elecciones del 4 del mayo atrapado en la escaleta que un mal guionista ha escrito para él. Y ahí sigue, dando bandazos de una travesía que ni siquiera es suya. De tanto acceder a las batallas de otros, Gabilondo acabó convertido en náufrago de sus propias convicciones. Abrazado a la balsa de su nombre, o lo que queda de él, Gabilondo bracea hacia una orilla de la que nunca debió salir.