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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

Francia, la piedra angular de la Unión

Las concesiones de Macron a los ‘chalecos amarillos’ suponen una nueva grieta que puede debilitar el edificio europeo

Angela Merkel y Emmanuel Macron
Angela Merkel y Emmanuel Macron EFE

Dos grandes eventos azotaron a Europa hace poco más de una semana. El primero de ellos, el retraso en la votación del documento de acuerdo sobre Brexit en el parlamento británico. La prevista falta de votos a favor obligó a la Primera Ministra, Theresa May, a dejar para mejor momento su trámite en Westminster. La segunda, la revuelta de los chalecos amarillos en Francia, y que después de varias semanas de inusitada violencia y presión, han arrancado del presidente Macron concesiones inesperadas, así como también su propia estima.

Ambos eventos pudieran parecer de trascendencia similar. Sin embargo, para el conjunto de los ciudadanos europeos, el segundo tiene una relevancia particularmente crítica. Mientras este supone una nueva grieta que puede debilitar el edificio europeo, el Brexit no deja de ser una escena más de una película desagradable que todo el mundo desea que acabe.

Los arcos clásicos, románicos o góticos disponen de una piedra que, por su localización justo en la parte central de los mismos, sirve para mantener al resto de las piezas que conforman dicho arco en equilibrio y en pie. Como muy bien saben los segovianos, si las piedras de un arco se disponen convenientemente, estas pueden mantenerse tal como se las deja por siglos o milenios, incluso sin mezcla que las una. Sin embargo, si se quiere derrumbar todo el conjunto, lo único que hay que hacer es eliminar esa piedra. Una vez fuera la piedra angular, el resto del arco colapsará y todo se vendrá abajo.

Macron no ha cumplido con las expectativas y, una vez amortizado, puede que no haya nada entre el euro y Europa a un lado y el caos al otro

En la destreza de los arquitectos de las catedrales góticas, la esbeltez de los arcos apuntados exigía, a su vez, y junto con la piedra angular, el aporte de los contrafuertes y arbotantes, refuerzos exteriores que aseguraban que la presión ejercida por la estructura soportada por el arco se distribuyera de forma más armoniosa asegurando la estabilidad de la estructura. Esos contrafuertes y arbotantes, tan característicos en la arquitectura gótica, soportan junto a la piedra angular unos edificios que más bien parecen levitar desafiando a la gravedad.

Tenemos que entender a Europa como un edificio gótico, con sus arcos apuntados, sus contrafuertes y sus arbotantes. Sus bases son sólidas, pero para darle esbeltez se necesita una arquitectura armoniosa donde nada sobre: ni las piedras angulares ni sus contrafuertes ni sus arbotantes. Sin embargo, si alguna de estas piezas cede, ya sea la piedra angular o el resto de los elementos que aseguran la verticalidad del edificio, todo se vendrá abajo.

La piedra angular del edificio europeo es el euro. Sin el euro, todo colapsará. El problema, y esta es la cuestión, y tal y como han comentado no pocos economistas desde Europa hasta California, es que quizás hemos construido arcos armoniosos a la vista, pero intrínsecamente inestables, es decir, sin sus arbotantes ni contrafuertes. Sin estos, el equilibrio del arco y del edificio es precario, por lo que la probabilidad de que todo se venga abajo es elevada.

Francia es crítica en esta construcción. Sin ella sería como quitar la piedra angular del arco. Todo cedería por su parte más importante. Los hechos de estas semanas ponen de manifiesto que el actual presidente de Francia no ha cumplido con las expectativas asumidas y que, una vez amortizado, puede que no haya nada entre el euro y Europa a un lado y el caos al otro. La alternativa a Macron, ahora mismo, son partidos anti-europeístas que abogan no solo por no construir esos contrafuertes y arbotantes necesarios, sino en alguno de los casos, por eliminar la misma piedra angular que todo lo sostiene.

La piedra angular del edificio europeo es el euro, y el papel de Francia es crítico para mantener en pie lo hasta ahora construido

Por ello, hoy quizás más que nunca, debemos terminar la construcción europea. Los movimientos anti-europeistas en Francia, Italia, Países Bajos, Austria o ahora en España tratan de canalizar muchos de los descontentos que de forma torticera se dirigen hacia esta piedra angular. Aunque no se puede negar la existencia de “perdedores” del euro y que en parte sus demandas puedan ser legítimas, las opciones para el futuro de Europa no es menos euro, sino más.

Como muy bien nos explicó esta semana pasada en Sevilla mi querido Federico Steinberg, la solución es más Europa. Es construir los contrafuertes y arbotantes para reducir esta tensión que genera costes asimétricos entre países y entre ciudadanos. Estos contrafuertes son las necesarias reformas en el sur para eliminar recelos en el norte. Los arbotantes son la unión bancaria, la unión de los mercados de capitales, la unión de los países en torno a un euro más fuerte y, en definitiva, la unión política y fiscal. Porque una moneda única necesita un gobierno único, y esto, amigos míos, es una decisión política.

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