Mientras el periodista Martín Prieto esperaba a que Luis del Olmo le diera paso a su comentario diario, -El Picotazo de MP se llamaba-, el periodista, que vivía su mejor etapa profesional, me dijo: "Mira, hasta que los hombres que tienen el poder no digan lo mismo en público que en privado hablar de democracia es cosa de gilipollas". La cita la tengo anotada, por eso puedo decir que es textual. MP, que era tan ingenuo como furibundo con su pluma, y tan voluble en los aprecios como cáustico en el trato con los poderosos, se hacía el tonto, pero sabía que la gilipollez me la estaba diciendo él.  

Si, puede que sea condición necesaria para la salud democrática que los que mandan digan las mismas cosas cuando hablan para muchos que cuando lo hacen para pocos. Incluso sería conveniente que no verbalizaran lo que no piensan y expresaran lo que piensan. Un sueño, vamos. La política, al menos la que por aquí se practica, se basa en la exageración, el disimulo y, sobre todo, en la mentira. Hay verdaderos expertos que pasan un rato con el periodista diciéndoles las verdades del barquero y luego, cuando ese mismo periodista le pide unas palabras grabadas, el interesado, con una naturalidad que asusta dice lo contrario. Y lo dice de tal forma que parece aún más creíble que la verdad que oculta. Profesionales de la cosa pública, oigan.  

No es un periodista

Pero eso sucede con los políticos más profesionales, que saben que es imposible llamar periodista a quien no respeta lo que le cuentan para no ser dicho. Y mucho menos si grabas una conversación sin que el que habla lo sepa y lo haya autorizado. Este es el juego. Y, por lo tanto es un error llamar a eso periodismo y periodista al que utiliza esas artes, a ver si por ese camino vamos a darle el carnet de la profesión al mismo comisario Villarejo.  

Pero claro, siempre hay un pero. Con los audios de Florentino se ha roto eso de que conviene decir de vez en cuando la verdad para que te crean cuando mientes. Después de lo escuchado, quién va a creer al presidente del Real Madrid cuando hable bien de uno de los suyos, si es que ese milagro se da, claro. Florentino, al que algunos que tiene a su alrededor llaman su majestad,  ha tenido fama de ir por la vida siendo él, y sólo él, su propio jefe de prensa. La única vez que comí con el ser superior -Butragueño dixit- vino solo y, la verdad, ni me pareció superior ni majestuoso; más bien ordinario, aunque no tanto como los audios que hemos conocido ahora. Aquella comida la celebrábamos un reducido grupo de periodistas con las ideas claras de dónde están los límites que marca este oficio. Y no hubo filtraciones. Y sirvió para saber y confirmar lo que uno suponía, que el poder casa mal con la calidad humana.  

Un método mezquino

Lo que ahora se demuestra es que es el propio presidente el que no tiene claro dónde se sienta y adónde va. Y hasta puede que suceda que se parezca demasiado a los periodistas que hoy detesta porque han mostrado a la opinión pública la pasta con la que está hecho uno de los hombres más poderosos de España. Y la pasta, digámoslo por lo directo, es simplemente despreciable.  El método es mezquino, pero el fin lo desnuda, y muestra a un hombre soberbio, borracho de poder que desprecia a todo aquel que le soba el lomo; y con estos, a las criaturas que él mismo ha fichado y a los que puso como ejemplo de futbolistas ante la afición y los socios que como yo somos madridistas casi desde el día de nacer.  

A partir de ahora, y siguiendo con la ingenuidad de MP, ¿a qué Florentino hemos de creer? Cuando esté en una radio, ¿estará diciendo la verdad? Cuando felicita a los socios por nuestro cumpleaños, ¿estará pensando que somos unos pringados que pagamos los abonos por pertenecer a un club que tiene al frente a un ser superior que no nos merecemos? ¿A qué Florentino hemos de creer? Probablemente a ninguno.  

Dimisión o elecciones

En condiciones de normalidad, y si la palabra democracia casara con este Real Madrid, este presidente debería dimitir o poner fecha en el calendario para convocar elecciones. Aunque ya sabemos, todo está preparado y concebido para que las elecciones las gane siempre él, o bien porque un candidato resulta insuficiente o simplemente porque no se puede presentar nadie con las condiciones que ha puesto para blindarse. Eso sí, siempre con la estrecha colaboración de estrafalarias juntas de socios que maneja con diabólica facilidad.  

Con el Madrid de Pérez sucede lo mismo que con las llamadas dictaduras desarrollistas, China por ejemplo: aguantan mientras los resultados acompañen y sienten a la afición en un nuevo estadio con paredes de oro.     

Si lo que le ha pasado a Florentino le llega a suceder a, pongamos, Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno no podría continuar en Moncloa un día después de que se dieran a conocer los audios.  

"¿Pero qué escribe usted, oiga!?", me dirán algunos lectores, menudo ejemplo ha ido a poner, el de uno que se apellida Sánchez y ha acabado de una atacada con el sanchismo. Bien. Al menos admitan que en el caso de Sánchez la diferencia es que no se ha ido a las periferias y a los chiringuitos para explicarse, ha utilizado el BOE, una herramienta que Pérez no tiene, y que habla con un trazo más fino que sus desafortunadas declaraciones. 

Del Bosque, bandera blanca

Eso es lo que dice el himno, y que con naturalidad encaja en la biografía del que fuera “6” del Madrid: bandera limpia y blanca que no empaña. La única vez que escribí al club en mi calidad de socio fue cuando cesó a Vicente del Bosque. Escribí un billete al club y otro al entrenador. Siendo un niño, y de pie desde el Fondo Sur, gocé viéndolo jugar, y mucho tiempo después al frente del Madrid ganando copas de Europa y, finalmente, un mundial para la selección española. Da lo mismo. Para Pérez, Del Bosque no es entrenador, aunque los hechos digan que cuenta con una Copa del Mundo, una Eurocopa y dos Ligas de Campeones, entre otros logros.  

Negar los hechos, eso es lo que creen que pueden hacer gentes de la naturaleza de este hombre. Y sin embargo, donde hay hechos no valen las razones. Éste es el verdadero Florentino, el que desprecia todo aquello que la afición reconoce como madridismo puro. A mí me sigue pareciendo que Del Bosque fue un gran entrenador para el Real Madrid, y lo que puede parecerme hoy Pérez se lo pueden imaginar.  

Y sin embargo, lo verdaderamente inquietante es parar un momento y pensar en manos de quien estamos. Para mí tengo que, en el mundo del poder que se dirime en las grandes empresas, Florentino es sólo la punta del iceberg. Miedo da mirar un poco más abajo. Y más aún si los que te ayudan a hacerlo parecen lo que no son o son lo que parecen.