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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (DÍA 11)

Por fin conocemos a nuestros vecinos

Antes del estado de alarma sólo frecuentábamos a los compañeros de edificio en las siempre tensas juntas de vecinos y a los de enfrente no les poníamos cara, pero ahora conocemos hasta sus gustos

Imagen de un balcón.
Imagen de un balcón. Europa Press

Cuando Federico García Lorca visitó Nueva York le horrorizó, y así lo plasmó en sus versos, la deshumanización de una ciudad repleta de rascacielos donde imperaban el capitalismo más salvaje y el consiguiente individualismo. Nadie conocía a nadie. En nuestras ciudades de hoy tampoco conocíamos a los vecinos. Sí, es imposible conocerlos a todos, tampoco es necesario y no estamos obligados a que nos caigan bien, pero vivíamos paradójicamente aislados de los demás pese a que vivieran a solo unos metros. Ahora, gracias a esta reclusión que se nos está haciendo eterna ya conocemos a nuestros vecinos, aunque sea por la ventana.

El aislamiento domiciliario está acabando con el aislamiento urbano. Hemos transitado de un aislamiento a otro, pero lo diferente es que antes nos aislábamos solos y ahora nos aíslan los que mandan. Con ese trabalenguas solo quiero decir, en suma, que hemos perdido nuestra libertad de aislarnos de quien nos saliera de las narices. Son demasiadas libertades extraviadas en poco tiempo. Por eso nos cuesta asumirlo. 

Ocurre que nuestra necesidad de socializar, aliada con tener lejos por fuerza a los que más queremos, nos está obligando a hacer amistades repentinas y que seguramente serán temporales, porque cuando todo esto acabe -quién sabe cuándo- estos nuevos conocidos pasarán a ser otra vez desconocidos. Amistades confinadas que se perderán como lágrimas en la lluvia cuando termine esta ficción. Por decirlo así, los vecinos están suplantando a nuestros seres queridos.  

De alguna manera, los moradores de cada vivienda están empezando a ocupar un rol social en cada barrio, o al menos así los veo yo en mi vecindario cuando mi hijo me da un respiro

Antes del estado de alarma sólo frecuentábamos a los compañeros de edificio en las siempre tensas juntas de vecinos. A los de enfrente no los queríamos ni ver. No les poníamos cara. Eran absolutos desconocidos. No sabíamos nada de ellos ni nos interesaba saberlo. Repito que lo más probable es que en el futuro tampoco nos interese y cuando nos topemos en la calle ni siquiera nos miremos. Pero ahora, como observamos tanto por la ventana, ya conocemos hasta los gustos de esas personas que están a solo unos metros, vivan en nuestro propio edificio o en otro cercano. 

De alguna manera, los moradores de cada vivienda están empezando a ocupar un rol social en cada barrio, o al menos así los veo yo en mi vecindario cuando mi hijo me da un respiro. Supongo que en cada vecindario de las ciudades pasa lo mismo. Quizás es que sentimos una necesidad de asignar funciones a los otros, de jerarquizar el vecindario y de aferrarnos a nuevas rutinas porque buscamos el orden perdido. O quizás solo estoy delirando porque once días de confinamiento empiezan a ser demasiados.  

Sea como sea, nosotros tenemos a un acordeonista que cada tarde, a las siete en punto, toca tres canciones, y cada día distintas, para animar el cotarro. También hay justo enfrente una pareja que se quiere mucho, más que nada porque a todas horas están abrazados; son los "amigos" a los que mi pequeño saluda siempre que puede y que, justo es decirlo, siempre devuelven un saludo efusivo al pequeño. Luego está la señora que se da largos paseos en su balcón de cuatro metros. Y, cómo no, tenemos a un par de paseadores de perros que están más tiempo en la calle que en casa. Siempre los veo a todos. ¿Cómo me clasificarán ellos a mí? ¿El pesado que siempre saluda? ¿El padre de un niño simpático? 

Cuando Lorca visitó Nueva York, en pleno crack del 29, vio a personas que se lanzaban al vacío desde las ventanas. Nosotros, noventa años después, en este otro crack económico, salimos a las ventanas para apoyarnos

El momento de total comunión entre estos amigos temporales que son los vecinos llega a las ocho de la tarde. Es el aplauso compartido. El rito que nos une como tribu que comparte su miedo. Ahí cada familia también ha asumido un papel. Nosotros somos de los más ruidosos porque nuestro hijo toca un tambor y un servidor le acompaña con una trompeta de juguete. Un señor toca el acordeón durante el aplauso -ojo, es un tipo distinto al otro acordeonista-. Hay dos aplaudidores furiosos que siempre quieren más. Y así un largo etcétera. 

Esa ovación a los sanitarios, cada vez más ruidosa, me parece un bello acto de humanidad. Cuando Lorca visitó Nueva York, en pleno crack del 29, vio a personas que se lanzaban al vacío desde las ventanas. Nosotros, noventa años después, en este otro crack económico que es la crisis del coronavirus, salimos a las ventanas para apoyarnos, para juntarnos aunque no podamos tocarnos, para olvidarnos de las diferencias y aplaudir a nuestros héroes. Por eso creo que una de las consecuencias positivas del confinamiento es que las ciudades se están humanizando. O tal vez es solo un espejismo coyuntural al que aferrarse para no caer en la desesperanza. 

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