El 18 de mayo de 2010 el programador Laszlo Hanyecz, que había minado unos bitcoins, publicó en un foro (que aún está activo, se puede leer aquí: https://bitcointalk.org/index.php?topic=137.0) que daría 10.000 bitcoins a cualquiera que le llevase dos pizzas familiares, y la oferta despertó tan poco interés (en el foro se puede leer al propio Laszlo decir el día 21 “So nobody wants to buy me pizza?  Is the bitcoin amount I'm offering too low?”) que la operación no se realizó hasta el día 22 de mayo de 2010. Esta fue la primera transacción “en el mundo real” en la que se utilizaron bitcoins. Alguien del Reino Unido se encargó de realizar el pedido en el Papa John´s del barrio del comprador (en Florida), pagó 25 dólares por ellas y a cambio Hanyecz le transfirió lo prometido. Por entonces el valor de esta moneda virtual no llegaba ni al centavo de dólar, se calcula que los 10.000 bitcoins equivalían a unos 30 o 40 dólares. De hecho, hay un bot (https://twitter.com/TheBitcoinPizza) en Twitter que actualiza el valor de las que sin lugar a dudas se pueden considerar las pizzas más caras (y puede que más famosas) del mundo.

¿Cuándo estalla la burbuja?

No hace ni once años de aquello y el porcentaje de revalorización que supone es tan alto que a nadie creo que le queden dudas del éxito de esta criptomoneda como activo especulativo o de inversión. Es cierto que desde hace mucho hay quien cree que es una burbuja por la rapidez y fuerza de la subida (el año pasado estuvo en 4.000 dólares, acabó 2020 rondando los 30.000 y esta semana ha superado los 64.000), pero que algo suba mucho (y últimamente tenemos muchos ejemplos) no significa que no pueda subir más y desde luego eso no es suficiente para calificarlo de “burbuja”. Una burbuja sólo se sabe que existió cuando ya ha estallado, y si estudiamos otras que conocemos, todas tienen una característica: justo antes de empezar su declive los inversores institucionales se salen del activo y la mayoría de compradores son minoritarios.

Dudas sobre su utilidad real

Yo no digo que el bitcoin no pueda desplomarse, lo que digo es que esto último no está ocurriendo ya que cada vez son más los grandes inversores que están incorporando criptomonedas a sus carteras, y me atrevería a afirmar que son los máximos responsables de su gran comportamiento en 2021. Justo esta semana ha salido a bolsa una plataforma que vive de las enormes ganancias que obtiene intermediando en criptomonedas, Coinbase, y que tuvo un notable desempeño en su primer día de negociación en el Nasdaq. Así pues, creo que hasta los más escépticos se han convencido ya de la importancia del bitcoin como activo. Sin embargo, aún hay muchas dudas sobre su utilidad real, lo que despierta, más allá de discusiones –muy emocionales- en redes sociales y foros, debates entre economistas de prestigio.

Por ejemplo, el profesor de la Columbia University, Willen H. Buiter, cree que es tan sólo un activo especulativo con una volatilidad altísima (más de diez veces superior a la de las divisas más habituales) y que por eso no sirve de reserva de valor. Para entender este aspecto hay que pensar en, por ejemplo, un venezolano que no confía en la moneda de su propio país y para protegerse de su depreciación, compra bitcoin. Si no existiera –aún lo hace la mayoría- compraría dólares. La diferencia, más allá de su comportamiento pasado (que no garantiza revalorizaciones futuras) es que sus ahorros pueden moverse –también a la baja- diez veces más invertido en la criptodivisa, que invertido en dólares. Y a veces estos movimientos ocurren en horas… Otra crítica que hace es que defiende que las transacciones en bitcoin son notoriamente ineficientes: “Como su tamaño de bloque tiene un tope de un megabyte y el proceso de descubrimiento de bloques toma aproximadamente diez minutos, sólo se pueden realizar siete transacciones por segundo".

Un activo refugio

"Por el contrario, Visa ejecuta un promedio de 1.700 transacciones por segundo, y tranquilamente podría manejar más de 65.000 mensajes de transacciones por segundo”. Estoy de acuerdo con él, como medio de pago no tiene mucho sentido. Por eso es más un activo refugio que algo con lo que pagar un café, aunque sí que puede tener utilidad, si el comprador tiene sus ahorros en bitcoins, adquirir con ellos una casa o un coche de lujo (caso de Tesla por ejemplo). Por último, critica el gasto energético que suponen las criptodivisas. La mayoría no se da cuenta pero cada vez que, por ejemplo, buscamos algo en Google, dejamos una huella climática. ¿Por qué aumentarla con activos virtuales que “no son necesarios” cuando en Francia están prohibiendo determinadas rutas en avión para reducir la contaminación? Ha quedado claro que la tecnología blockchain es útil para hacer más seguras las transacciones pero la utilidad del más famoso de sus hijos, el bitcoin, nunca ha quedado clara. 

Teóricamente el bitcoin tiene la ventaja, respecto al dinero emitido por los bancos centrales, de no poder expandirse más: sólo puede llegar a haber 21 millones de bitcoin y se calcula que el 99% estará disponible para la próxima década de los 30 y el 1% restante podría tardar un siglo más: 2140. Es como una vuelta al patrón oro y encaja como explicación que se revalorice tanto a la par que las políticas de los bancos centrales se vuelven más y más agresivas. Esto, unido a que no está emitido por ningún estado y que es teóricamente “inconfiscable”, ha atraído también a muchas personas afines a la escuela austriaca de la economía, si bien creo que el riesgo regulatorio (y por tanto intervencionista) sigue existiendo. Eso sin tener en cuenta los dramáticos casos de plataformas fraudulentas o de olvido de contraseñas. 

Un activo elitista

El 80% del bitcoin se intercambia en dólares, por lo que no es la moneda refugio contra la falta de confianza en las divisas de los países emergentes que algunos creen, lo es –para muchos- contra el propio sistema actual de dinero fiduciario global. Pero la realidad, en mi opinión, difiere de esas intenciones tan 'nobles' de sus comienzos y las posteriores connotaciones políticas, ideológicas y emocionales. Según cálculos del Bank of América, aproximadamente el 95% de los bitcoins están controlados por sólo el 2,4% de las cuentas. En comparación, los últimos datos de la FED sugieren que el 1% más rico de los estadounidenses controla alrededor del 30,4% de toda la riqueza de los hogares en los EE.UU. Esto significa que es un activo totalmente elitista (mucho más que la bolsa o las propiedades inmobiliarias), un refugio para grandes fortunas que quizás entraron en él por temas fiscales y se han encontrado con unos beneficios extraordinarios. Ya con este dato uno se plantea dudas pero hay otro que desbarata aún más el gran objetivo inicial del bitcoin. Y es que, ¿de qué sirve que el número de bitcoin sea limitado si hay muchas más criptomonedas? Al final si el riesgo de tener dólares es que un banco central puede emitir más, el riesgo de las criptos es que siempre pueden nacer nuevas.

Aparte de las más famosas, otras como dogecoin, bittorrent, terra, solaris, binance… suben más de un 1000% este año y no paran de incrementar la capitalización de este sector. Y ya están en marcha también las monedas digitales emitidas por los propios bancos centrales. ¿Dónde está entonces la necesidad de su existencia? Al contrario que el oro y la plata que tienen algunos usos reales, el bitcoin o el ethereum son virtuales, sólo sirven porque han conseguido despertar una confianza en su valor que a mí se me asemeja a la confianza que tenemos en el euro o el dólar. Tener un sistema basado en la fe no es ninguna novedad: si mañana dejamos de confiar en la FED, el dólar se hundirá y si dejamos de confiar en que el bitcoin vale algo, el bitcoin se hundirá… Y desde luego, contra un acontecimiento “apocalíptico” como el que tiene que suceder en el mundo para que se pierda la confianza en el dólar, dudo mucho que se mantuviera la fe en algo virtual. En resumen, están de moda los activos intangibles (otro día comentaremos de los NFT) y todo apunta a que las criptomonedas continuarán su tendencia alcista (aunque si en algún momento los bancos centrales reducen la enorme cantidad de liquidez que hay en los mercados porque aumente el crecimiento, me atrevería a pronosticar que caerán de precio, incluso en mayor medida que las bolsas que sí pueden “agarrarse” a una mejor situación económica).

Pero más allá de ese aspecto especulativo, no creo que sean la panacea de nada y si dejaran de existir mañana, aparte del quebranto en los mercados y que seguramente el precio del oro (porque muchos han salido de él para entrar en este nuevo “valor refugio”) estaría mucho más alto, su incidencia en la economía real sería escasa porque, aunque su planteamiento inicial fuera atractivo, en la actualidad no resuelven ningún problema. Hasta ahora lo único que han conseguido es que haya decenas de activos especulativos nuevos (con sus correspondientes derivados asociados) nacidos de un más que notable gasto energético extra.