Hay un proceso que observé en mis padres, aprecio en algunos de mis hermanos y creo ver también en mi a medida que pasan los años. Se traduce en una curiosa mezcla de tolerancia hacia casi todo con profunda impaciencia con los sufridores militantes.

Es posible que sea un asunto generacional. Aunque la sociedad en la que nací era más cómoda y rica que la de mis padres y muchos de mis hermanos, la mejoría económica no creció a la misma velocidad que la familia. Tal vez por eso, su forma de encarar la vida también definió mi concepción del mundo.

Sufrir es inherente a vivir. Tanto es así que, en nuestro esfuerzo evolutivo por adaptarnos, no pocas veces convertimos el sufrimiento en una vía de purificación, una forma de acceder a un nivel superior de existencia. En cierto sentido, creemos que una vida que elige sufrir es una vida con un propósito mayor.

Ofrecimiento de consuelo

No es mala estratagema. Funciona para evitar la desesperación en aquellos casos en los que resulta muy difícil aceptar lo inevitable. En todas las religiones encontramos un ofrecimiento de consuelo similar sobre todo en las interpretaciones más antiguas de la doctrina.

Pero lo que resultaba útil en tiempos en los que no disponíamos de antibióticos y podíamos ver morir a la mitad de nuestros hijos antes de la pubertad, se ha convertido en algo extraño y retorcido en las sociedades ricas actuales.

Una parte del proceso que señalaba antes ha consistido en librarnos de la culpa de ser afortunados. Cuando vienes de ahí, traes aprendidas al menos dos cosas. La primera es que la mayor parte de nuestra vida la empleamos en superar dificultades tratando de ser felices. La segunda es que se nos da bastante bien.

Hoy nos encontramos con quienes se empeñan en negar que los problemas existen y quienes se empeñan en negar que podemos solucionarlos. Ambas actitudes frente al miedo tienen en común una suerte de pensamiento mágico. Los primeros hacen aquello de si no lo miro, no me ve. Los segundos ven el origen de todo mal en aquel que se niega a sufrir adecuadamente.

Tenemos un complejísimo problema técnico y también miles de buenas cabezas aplicándose a él. Un salto cualitativo para una generación entera

Leí buena parte del informe de la Agencia Internacional de la Energía: Net Zero 2050. También el libro de Bill Gates sobre cambio climático. En ambos casos finalicé con una sensación de anticipación y esperanza. Tenemos un complejísimo problema técnico y también miles de buenas cabezas aplicándose a él. Un salto cualitativo para una generación entera. Nuevos aprendizajes, nuevas aplicaciones, profesiones y disciplinas enteras con tecnología alucinante -la que ya existe y otra que surgirá- y la confianza de que el ser humano lo ha hecho antes. Lo hizo en los años de la carrera espacial. Un salto que marcó a una generación entera. Lo hemos hecho, también, en esta pandemia.

La velocidad de los avances

El enorme esfuerzo científico, productivo y logístico impulsado por la urgencia dio sus frutos: logramos vacunas de ARNm. Ya nada volverá a ser lo mismo en el tratamiento de muchas enfermedades. Otro cambio cualitativo.

La historia de la humanidad está cuajada de estos ejemplos. Si en algo varía el patrón, es en que cada vez los avances se producen a mayor velocidad.

Deberíamos haber aprendido algo de ello. Sin embargo, como antaño, creemos que las plagas se abaten sobre nosotros por no respetar adecuadamente el karma. Todo progreso ha de ser revisado porque fue llevado a cabo sobre el sufrimiento de las víctimas: nadie fue ni hizo nunca nada suficientemente bien hecho. Volvemos al sufrimiento purificador.

Hay literatura, nos dicen, que muestra que puede ser una buena vida llena de propósito y sentido. ¡Ya lo creo que la hay! Bibliotecas enteras.

Los que nunca apostamos nuestra felicidad a mantener inamovible el menú durante 30 años o a no utilizar un tren que viaja a 400 km por hora en lugar de un autovía de peaje, tal vez querríamos que nos hablaran de redes inteligentes de distribución y de energía nuclear de IV generación. Si unos comerán carne sintética -y les gustará- otros habrán de aceptar reactores seguros que garanticen el suministro.

Me niego a decirle a un niño que salva vidas si aguanta mascarillas en clase si no son imprescindibles. No acepto sustituir la fe que me consuela por ideología dogmática. Y, sobre todo, no quiero que se le llame ciencia. Convertir en admirable lo indeseable es una perversión del alma.