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Jesús Cacho

Opinión

Felipe VI, un rey en peligro

Tendría su aquel que después de una tan larga como atribulada relación con los Borbones, los españoles fueran a destronar al único Borbón limpio del que han dispuesto en siglos

El Rey Felipe VI.
El Rey Felipe VI. EFE

Corría el otoño de 1999 y un día recibí una llamada de Federico Jiménez Losantos. Quería entrevistarme en su programa nocturno La linterna, de la cadena COPE. Yo acababa de publicar El negocio de la libertad con la editorial Foca, propiedad de Ramón Akal, un editor más allá de lo intrépido hasta bordear lo temerario, porque la editorial Plaza y Janés (grupo Berstelsmann), con la que había firmado un contrato al efecto, se negó a publicar el libro una vez terminado so pena de que me aviniera a censurar cerca del 50% del texto original que había remitido a Barcelona. “No queremos problemas”. Tan asustados debían estar con lo que allí se contaba que accedieron de buena gana a perder el sustancioso anticipo que me habían adelantado y a regalarme el manuscrito, del que tan buen uso haría luego el valiente Akal.

Federico me dedicó 45 minutos de generosa entrevista, pero yo abandoné la sede de la calle Alfonso XI cariacontecido: habíamos recorrido de punta a cabo los aspectos más descollantes del texto sin una sola mención para el capítulo 9 ('Los amigos de la desmesura'), la madre del cordero, donde se relataba, con lujo de detalles desconocidos hasta entonces, el serial de corrupciones dinerarias en que desde hacía tiempo andaba embarcado Juan Carlos I, el rey apandador de esta pobre España nuestra. Ni mentarlo. Todo lo que hemos sabido en fecha reciente, más de 20 años después, ya estaba en ese libro. Naturalmente no operaciones tan recientes como la comisión del AVE entre La Meca y Medina (Arabia Saudí), construido por empresas españolas. En El negocio de la libertad estaba la sustancia de un régimen cuyas élites habían decidido hacer de la libertad un negocio, desde Felipe González a Juan Carlos de Borbón, pasando por el gran tycoon del sistema, Jesús Polanco.         

Nuestras élites habían decidido celebrar la epifanía de la reconciliación entre vencedores y vencidos entregándose a una frenética orgía de corrupción, a robar, a robar, que el mundo se va a acabar, empezando por el Jefe del Estado en la cúspide misma del sistema y siguiendo por los jefes de tribu, Felipe en el PSOE, Aznar en el PP, Pujol en Cataluña y la cofradía conventual y carlista del PNV en el País Vasco. Todos supieron desde el principio a qué dedicaba su tiempo libre el ahora Emérito. Todos sabían que cobraba comisiones casi hasta por dar la mano. Se lo lanzó con desprecio Felipe al honesto Sabino Fernández Campo (Página 381 de El negocio de la libertad), entonces jefe de la Casa Real, un día que el Monarca le sometió a una antesala prolongada antes de recibirlo en Zarzuela.

-¡Y dile a Manolo Prado que se conforme con el 2%, porque eso de cobrar el 20% es una barbaridad…!

-Oye, oye, presidente, ni le puedo decir nada a Prado ni sé de qué me estás hablando.

Roba el Rey, robemos todos. Todo el que lo tenía que saber lo sabía y todos consintieron, ante el ruidoso silencio de los medios de comunicación. Ningún presidente del Gobierno fue capaz de llamarle al orden, seguramente porque aquella era información demasiado valiosa como para malgastarla en prédicas de tinte moralizante. Aquello podía ser, y efectivamente fue (caso de Felipe en su día con el escándalo de los GAL) un escudo con el que protegerse de las cornadas de mayor cuantía que el ruedo de la política suele reservar a los primeros espadas. Todos consintieron y todos le protegieron con un tupido manto de silencio que le permitió situarse (“La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”) por encima del bien y del mal. Quien más protegió fue el CESID, más tarde CNI, que durante décadas dedicó sus mejores esfuerzos y nuestro dinero a ocultar del conocimiento público las dos grandes aficiones del Monarca: el dinero del prójimo y las mujeres ajenas.

España progresaba entre la incuria y el desistimiento general. Progresaba como lo hacen todas las sociedades libres, con independencia del destripaterrones que les gobierne. Ha progresado tanto que estos han sido seguramente los mejores 40 años de paz y prosperidad registrados en la atormentada historia de un país resignado, hasta el desarrollismo franquista, a comerse los mocos. Siempre imaginé que el escándalo de las corrupciones de Juan Carlos I y su camarilla terminaría por explotar, y que la deflagración sería lo bastante estruendosa como para hacer temblar las columnas del templo constitucional y replantear, de paso, la vieja disyuntiva Monarquía-República. Republicano por convicción, siempre acaricié la idea, entre el sueño y la esperanza, de que serían mis nietos, dentro de 20 o 40 años, quienes pasarían a cobro esa ominosa letra de cambio y despejarían la incógnita en el marco de una España menos cainita, más culta y más libre. De mayor calidad democrática.

Una mesa camilla

Los tiempos, sin embargo, se han acelerado hasta el vértigo. El régimen del 78 llegó arrastrándose hasta la ribera de la gran crisis de 2008 víctima de la corrupción y sus metástasis de odio, división social y crisis territorial, fruto amargo de los nuevos liderazgos socialistas empeñados en reescribir la historia a garrotazos de las dos Españas. Juan Carlos I abdicó en junio de 2014 víctima de su propia corrupción, después del escándalo de la cacería de elefantes de Botswana. Desde entonces el país está al pairo, nave al garete sacudida por el temporal de un separatismo montaraz. Lo viejo ha muerto y lo nuevo no acaba de nacer. “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”, recitó el Monarca un 18 de abril de 2012 a la salida del USP San José, asumiendo la contundencia de su derrota. Sobre el bastón en que se apoyaba figuraba damasquinada la carátula de una mujer convertida en amante, Corinna, entonces zu Zayn-Wittgenstein, ahora simplemente Larsen, una supuesta princesa llegada al calor del dinero del declinante Borbón, un putón desorejado con ventanas a la bahía de Montecarlo que durante ocho años había vivido amancebada en La Angorilla, dentro del propio recinto de Zarzuela, a escasos metros de donde la legítima entretenía sus horas ojeando revistas junto a su hermana Irene en torno a una mesa camilla.

Viviendo juntos, viajando juntos, desplazándose juntos los fines de semana en helicóptero oficial a las fincas que nuestros ricos castizos poseen en los Montes de Toledo, intermediando juntos y cobrando comisiones juntos. Es la clave de la ruptura. Porque también tenían cuenta bancaria conjunta, con firma reconocida de ambos, en la que los saudíes ingresaron la cuantiosa comisión, en torno a los 130 millones, lograda después de que la UTE de empresas españolas, comandadas por ese viejo lince ahora en problemas llamado Juan Miguel Villar Mir, rebajara la cifra a cobrar por la construcción del AVE a La Meca gracias a los buenos oficios del Monarca. Ocurrió que de madrugada, y mientras Juan Carlos I era operado en el USP San José, dos agentes del CNI pusieron a Corinna y a su hijo de patitas en Barajas con orden de no volver a pisar suelo español. Y la agreste princesa, profundamente ofendida, procedió a retirar la mitad de aquella suma de la cuenta conjunta. Nada de “regalos”. Un dinero que creía le pertenecía. Desde entonces ambas partes están en guerra.

Porque el rey Emérito no se ha resignado a perder esa suma e insiste por todos los medios en que su “princesa” devuelva lo que se ha llevado, habiendo llegado incluso a utilizar al CNI, con su generalito valiente a la cabeza, Sanz Roldán, dispuesto a viajar a Londres para amenazar a “Marnie la ladrona”. El dinero como motor de la historia. El caso es que Corinna Larsen está dispuesta a defenderse. Ya lo ha hecho. Ha puesto una denuncia en Londres; ha contactado con Villalonga, Villarejo y otras nobles almas acostumbradas a las obras de caridad; ha hecho declaraciones (que han provocado una investigación de la Fiscalía suiza); y ha abierto la espita de un escándalo en el que las partes pueden salir malparadas (“Guerra civil, encendida,/ aflige el pecho importuna:/ quiere vencer cada una,/ y entre fortunas tan varias,/ morirán ambas contrarias/ pero vencerá ninguna”, que cantó la célebre monja mexicana), entre ellas muchos millonarios españoles, con los Albertos a la cabeza, que comparten secreto en la cuenta 'Soleado'. Lo explicaba aquí ayer Álex Requeijo (Los escándalos de corrupción que salpican a la Corona y que han llevado al Rey a romper con Juan Carlos I) en un magnífico resumen de esta atormentada historia.

El único Borbón limpio

El estallido final de la trama ha tenido lugar en dos medios de comunicación extranjeros, circunstancia que abona la sospecha de que se trata de una operación orquestada para debilitar la posición de Felipe VI y descabalgarlo del trono. Estaríamos, en definitiva, ante el último episodio de ese viaje al final de la noche que España inicio en la mañana del 11 de marzo de 2004, con la explosión de varios trenes y sus 200 pobres muertos en Cercanías de Madrid. Una singladura hacia lo desconocido. Tendría su aquel que después de una tan larga como atribulada relación con los Borbones, los españoles fueran a destronar al único Borbón limpio del que han dispuesto en siglos. Desvinculándose de la suerte y la fortuna, en el doble sentido, de su padre, el joven Rey ha gastado la que quizá sea última flecha de su carcaj. Sensación de que a partir de ahora está más desprotegido. Felipe VI, un rey en peligro, obligado, además, a enviar al exilio a su padre, mantenerlo lejos de España, y a retirarle todos los honores que le hubieran podido corresponder en el pasado.

Entiendo que a muchos demócratas españoles el estallido final de esta traca les provoque no pocos conflictos de orden ético. El escándalo es tan devastador que obliga a echar mano de los 'fundamentales', esos elementos de análisis que configuran la situación de un país hoy mismo al borde del abismo en tantas cosas, desde la salud a la unidad pasando por la ruina económica, y a obrar en consecuencia. Obliga a elegir. Volviendo a Sor Juana Inés de la Cruz, “En dos partes dividida/ tengo el alma en confusión:/ una, esclava a la pasión,/y otra, a la razón medida”. Se trata de salvar nuestra democracia, y alejar los clarines del miedo y la división, las trompetas de la discordia civil. Y asegurar hoy nuestra democracia obliga a apostar por Felipe VI, un apoyo vigilante y condicionado, dejando que sean nuestros nietos quienes en el futuro deshojen la margarita de lo que quieran ser. Apuntalar el futuro. Me parece de sentido común.

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