Opinión

El fantasma de la islamofobia

Mohamed Houli Chemlal, presunto yihadista herido en la explosión de Alcanar
Mohamed Houli Chemlal, presunto yihadista herido en la explosión de Alcanar EFE

La construcción de falsos enemigos es un arte de la política que se ha ido perfeccionando con el tiempo gracias al avance tecnológico. Su éxito no tiene misterios, sino eficaces técnicas propagandísticas aplicadas a una sociedad infantil y sentimental, que se cree la mejor preparada de la Historia.

El fantasma

Tras el atentado del 17 de agosto en Barcelona faltó tiempo para que los políticos izquierdistas y sus terminales mediáticas salieran avisando del supuesto rebrote de la islamofobia. Las noticias sobre los muertos y desaparecidos, las investigaciones mal llevadas y sus avances, el debate sobre los bolardos, y las inquietantes sonrisas de Ada Colau en el duelo, se cruzaban con las alertas sobre los islamofóbicos, el racismo y el fascismo.

El ardid es evidente: airear el fantasma de la islamofobia permite salvar de la crítica al fracasado multiculturalismo y, al tiempo, ahondar en el sentimiento de culpa de Occidente y continuar con la demolición de las tradiciones para crear la Sociedad Nueva.

Sin embargo, el islamismo es un fenómeno muy complejo y variado que no se puede despreciar ni apreciar con una sola frase. Su funcionamiento responde a una mentalidad diferente a la occidental. No se articula sobre las ideas de izquierda o de derecha, ni siquiera con las nacionalistas. Tampoco tiene una visión territorial equiparable a la del mundo cristiano, que evolucionó con los Estados nacionales, racionales y burocratizados, sino de clanes y comunidades religiosas.

Tampoco es cierto el “choque de civilizaciones”: quienes más combaten a los musulmanes son los mismos musulmanes. La mayor parte del terrorismo yihadista es contra el kafir, el impío, el que no profesa el verdadero islamismo; es más, la muerte entre unos y otros ha sido una constante desde el año 622. Pondré algunos ejemplos recientes.

El islam contra sí mismo

Palestina vivió una guerra civil desde 2007 a 2009 entre Fatah y Hamás que se saldó con miles de muertos, que aquí los medios obviaron. La Autoridad Nacional Palestina no es reconocida por Fatah, que gobierna la mitad del territorio del país, al tiempo que Mahmud Abás, líder de Hamás, se niega a celebrar elecciones desde 2005.

Los Hermanos Musulmanes, vinculados con Hamas y Qatar, ganaron las elecciones en Egipto tras la Primavera Árabe; sí, ese movimiento que algunos podemitas saludaron como “la revolución de los pueblos para una democracia social”. En fin. Dicha organización egipcia es el origen en buena medida de la yihad contra Occidente y en especial contra EEUU, no por su capitalismo y democracia, sino por ser el “Gran Satán”; es decir, por la difusión de costumbres “liberales” que “contaminan” a la Umma, a la comunidad islámica.

Pero, y he aquí lo que no se señala habitualmente, los Hermanos Musulmanes son salafistas, y consideran que primero hay que “limpiar” el islam en Oriente Medio. Cuidado, porque lo mismo pensaba el Frente Islámico de Salvación, en Argelia, que ya en la década de 1980 aseguraba que su objetivo final era instaurar el califato, el gobierno teocrático, en todo el planeta.

Por último, por no alargarme: El Estado Islámico (EI), o Daesh, ha declarado tener ese mismo propósito, para lo cual debe depurar la comunidad de infieles de todas las religiones, incluido el islam. Ese califato no es solo territorio, sino comunidad, y necesita la guerra. La mayor parte de las muertes generadas por el EI son musulmanes que no profesan la “verdadera fe”.

Occidente es para ellos un enemigo más, y en su concepto de guerra –tan distinto del que barajamos nosotros, anclado en el siglo XX-, el terrorismo es otra vía. En Oriente Medio el terror sirve al EI para la liquidación social, aquí para manejar a la opinión pública y que se culpe a nuestros gobiernos, que, dependientes de las elecciones, cambian la política exterior. El mejor ejemplo es lo sucedido tras los atentados del 11-M en España.

Los yihadistas conocen las debilidades de nuestras sociedades, y usan el combate político que aquí se produce. Saben que después de un atentado habrá quien alerte sobre la islamofobia, convirtiéndose el alarmista en una pieza más, a veces títere, de la guerra psicológica que se está librando.

La doble moral

La doble moral de los que alertan sobre el fantasma de la islamofobia es fácilmente comprobable verificando sus incoherencias cuando hablan de derechos humanos. Repasemos.

Algunas de las asociaciones, políticos y periodistas que denuncian la incitación al odio y la apología de la violencia, callan cuando se producen ataques similares al cristianismo y al judaísmo. Es más; son furibundos críticos del Estado de Israel, sobre el que vierten insultos y denuncias, lo equiparan al nacionalsocialismo, le acusan de Holocausto, y piden su disolución, al tiempo que apoyan a grupos palestinos.

Son los mismos que aplaudieron o justificaron, por ejemplo, el asalto a la capilla de la Complutense, donde se gritó “¡Arderéis como en el 36!”, diciendo que es libertad de expresión. ¿Qué dirían esos mismos críticos si un grupo hubiera asaltado una mezquita con gritos amenazantes, y luego hubieran sido elegidos como cargos públicos? ¿Y si un partido, como la CUP, en lugar de proponer convertir la Sagrada Familia en un centro cívico lo hubiera dicho de una gran mezquita?

Muchos de los que alertan sobre la islamofobia en nombre de los derechos humanos amparan la simbología comunista, que ha sido la ideología más criminal del siglo XX. Así, al tiempo que denuncian la incitación al odio y la apología de la violencia cuando se refiere, a su juicio laxo, al islam, callan cuando la víctima es el cristianismo, el judaísmo, o la democracia liberal. Por ejemplo: no dicen nada cuando la dictadura del narcogobierno de Venezuela asesina o pisotea los derechos más esenciales, o aplauden entusiasmado el régimen castrista.

Falta autoridad moral. Sin embargo, les resulta útil. Las ideologías totalitarias, sobre todo cuando están trufadas de estilo populista, necesitan pergeñar un enemigo. Cuanto más grande, poderoso y omnipresente se muestre, mejor, porque más justificada estará la movilización y la radicalización de la acción y del discurso.

La islamofobia existe, claro, como las fobias a toda religión, pensamiento político, orientación sexual, nacionalidad o profesión, aquí y en el resto del mundo, ahora y siempre, así como el conflicto y el crimen dentro del propio islamismo. Aun así, el propagandista magnificará al enemigo porque lo necesita. “Nos conviene que haya tensión y dramatizar un poco”, que diría Zapatero.



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