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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (16)

Hablemos del tiempo

Estos días en los hogares de los confinados se ha abierto un debate intenso, aunque irresoluble como cualquier cuestión de índole subjetiva, sobre qué clima nos conviene más para estos momentos

Ver la nieve en tiempos de coronavirus es extraño.
Ver la nieve en tiempos de coronavirus es extraño. A. L.

La principal paradoja de este confinamiento es que está siendo positivo para el medio ambiente. Durante la reclusión se está reduciendo un 60% la contaminación en las principales ciudades del mundo. Así que un virus que roba el oxígeno a quienes tienen la mala suerte de contraerlo ha provocado una situación que, de rebote, oxigena al planeta. Mueren miles de personas, se hunde la economía y vivimos encerrados, pero el mundo respira mejor. Todo en lo que creíamos se desmorona pero nuestro aislamiento frena el cambio climático.

Viene esto a cuenta de que en la ciudad donde vivo, Vitoria, nos desayunamos este lunes con una nevada. Nevaba copiosamente a las ocho de la mañana y volvió a caer de forma intermitente a lo largo del día. Sí, nieve abundante un 30 de marzo. Una cosa es no quitarse el sayo hasta el 40 de mayo y otra cosa ya exagerada es ver nevar a estas alturas cuando apenas habíamos avizorado copos en todo el invierno. Esto tiene que ser cosa del efecto invernadero, lo que nos lleva a reflexionar sobre cuánto y por qué contaminamos, si bien no es este el lugar para tan honda polémica.  

Hablemos del tiempo, por tanto. Habitualmente se habla del tiempo cuando no sabes de qué hablar, y quizás eso es lo que pasa en el decimosexto día encierro junto a mi pareja y mi hijo, con los que cada vez queda menos de lo que charlar. Hablemos del tiempo, decía, pero no así, en genérico, sino concretamente del que cada uno necesita para sobrellevar esta situación. Porque estos días en los hogares de los confinados se ha abierto un debate intenso, aunque irresoluble como cualquier cuestión de índole subjetiva, sobre qué clima nos conviene más para estos momentos.

En mi casa, acaso porque todos tenemos carácter, hay batalla al respecto. Ella defiende que tiene que hacer buen tiempo, como hacía hasta ahora, porque los rayos de sol le aportan vitalidad y los ratos de abrir las ventanas son más agradables para el rostro y más propicios para la evasión. O sea, los días más bonitos le ayudan a soportarme con facilidad. En cambio, yo, que obviamente soy el cenizo de la pareja, sostengo que prefiero los días grises e incluso lluviosos porque cuando miro por la ventana se me quitan todas esas ganas de salir a la calle y, por ello, es menor mi frustración por no poder hacerlo.

Recibir los besos de sol en la cara mientras cotilleas desde la ventana es una sensación placentera y además te aporta vitamina D sin salir de tu salón, eso es innegable, pero también procura gozo, aunque sea más melancólico, observar la lluvia y el frío que azotan las calles desiertas de la ciudad. No obstante, es eso, el desierto sobrevenido de ahí abajo, lo que mejor define estos días tragicómicos. Acaso en el fondo los dos tengamos razón en alguna medida, si bien ninguno vaya a admitirlo, como mandan los cánones de las discusiones por pequeñeces. O quizás este debate, en contraste con el del cambio climático, es solo una forma más de distraernos durante el enclaustre. 

Lo único seguro, volviendo a la nevada, es que nuestro hijo tuvo nieve pero no tuvo muñecos ni trineos ni katiuskas en este lunes tan extraño como son todos los días últimamente. Esas carencias son soportables mientras haya salud. Al mocoso le encantó ver los copos tanto que gritó de alegría. No podía apartarse de la ventana -como pueden ver en la imagen- y, sea o no casualidad, un rato después pidió con la insistencia que acostumbra ir a "la calle". "Otro día", le contestamos pensando que será un día sin nieve, porque la primavera acaba de empezar, aunque ya no es descartable que se ponga a nevar cuando esto acabe, que en todo caso será dentro de demasiado tiempo

Se conoce que la nieve también me ha afectado. Porque pensar y escribir sobre esto me lleva inevitablemente a recordar palabras de Neruda. Este virus podrá cortar todas las flores, pero no podrá detener la primavera.

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