Cuando aún estudiaba física, allá por segundo de BUP, antes de decidirme por las “letras mixtas” de una futura magistrada, mi profesora, una adusta y seca mujer de formas británicas, pese a ser de Burgos, me explicó qué era la saturación. “Saturar” consiste en incrementar la cantidad de soluto en una solución hasta que ya no sea posible aumentar la concentración de ésta. En términos más de andar por casa, sería echar sal en un vaso de agua hasta que ya no sea posible disolverla y las partículas blancas y pesadas empiecen a caer al fondo.

El “sistema” judicial, la forma en la que se conducen los poderes políticos y los políticos judiciales desde que tengo uso de razón, ha saturado. Durante los últimos años notábamos cómo la sal cada vez hacía más densa la mezcla porque los políticos se iban confiando y dejaban de disimular. Los cargos discrecionales eran pactados como los cromos de la liga de fútbol en el patio de un colegio de curas de los ochenta. Un periodista, el otro día, en mi presencia, preguntaba con normalidad a un magistrado con el que me encontraba, perteneciente a una de las asociaciones con representación en el CGPJ: “¿Cómo va la cosa?; he oído que 2 a 1”, refiriéndose a los últimos nombramientos de las vacantes en diversos tribunales y al número de designados “de los suyos” frente a los designados “de la otra”. Delante de mí, a sabiendas de que, pese a que pertenezco a la segunda asociación por número de asociados de España, solo tenemos un escaso 7% de representación en cargos discrecionales. Por no pactar. Este es el precio de la libertad.

El ‘sistema’ judicial, la forma en la que desde que tengo uso de razón se conducen los poderes políticos, y los políticos judiciales, ha saturado

Cuando la sal se asemejaba ya en concentración al Mar Muerto en agosto, un presidente, saltándose cualquier mínima norma del decoro, fue capaz de situar al mando de las dos salas estratégicas del Tribunal Supremo a dos amigos de su entorno más cercano. Dos nuevos magistrados no procedentes de la Carrera Judicial (del quinto turno), que jamás han puesto sentencias en un juzgado de pueblo, como hemos hecho y hacemos casi 5.000 jueces en España. Para ello, no le importó no renovar a un presidente procedente de la Carrera Judicial, a la vista de todos, moviéndose con quien hiciera falta. Lo importante era poner a quien él consideraba oportuno. De aquellos polvos, vienen estos lodos.

El sistema ha saturado o, como dicen en Valencia, “ha petado”. El polvorín de la Justicia llevaba años aumentando, creciendo, inflamándose. Muchos son los culpables de esta situación. Las asociaciones judiciales y los jueces también lo somos. Durante años hemos criticado el sistema de elección de los vocales de extracción judicial por los políticos y, a la vez, hemos cerrado filas con los magistrados de designación discrecional elegidos por esos mismos vocales. Pese a que muchos de los magistrados electos fueron designados por mérito y capacidad, otros tantos fueron designados por “otros” méritos y capacidades diferentes, y no hemos distinguido jamás. Todos eran para nosotros “compañeros”. En resumen: hemos defendido una cosa y su contraria. En nuestro pecado llevamos la penitencia.

La solución salina empezó a precipitar partículas de cloruro de sodio por dos flancos, por dos lados coincidentes con dos presidentes de Sala. Los dos elegidos por el mismo presidente al que hacía referencia unas líneas más arriba. Uno, por servir el bochornoso espectáculo de la Justicia a la carta: “si no me gusta la sentencia que ponéis ya me invento un Pleno para corregirla”. Otro, por prestarse a que su nombre fuera paseado por pasillos de hemiciclos, despachos de Ferraz y Génova, platós de televisión y todo tipo de lugares bastante alejados de lo que es un juzgado, como trofeo de caza producto de unas vergonzosas negociaciones. El primero, ahí sigue. El segundo, se vio obligado a renunciar a lo que le ofrecían.

Los jueces hemos aceptado que convivan la designación por méritos con otras muy alejadas de la capacidad profesional. En el pecado llevamos la penitencia

El grado de saturación era tal que los políticos ni siquiera repararon en que, día a día, estaban surtiendo de pruebas irrefutables el recurso contra el futuro nombramiento del presidente del CGPJ. Es cierto que mi asociación, Francisco de Vitoria, ya recurrió el nombramiento del actual presidente del Consejo y perdimos. Pero en aquel momento aún quedaba un poco de respeto hacia los ciudadanos en quienes negociaron y sirvieron la crónica de un nombramiento anunciado. Esta vez no. Esta vez las hemerotecas aprovisionaban de pruebas al eventual recurso que se pudiera presentar. Y eso fue, sospecho, lo que llevó al afectado a tomar la decisión correcta.

La sociedad ha despertado. Los jueces hemos salido del amodorramiento generalizado en el que estábamos sumidos desde hacía décadas. La sociedad y los jueces, como parte de ella, hemos sido capaces de diferenciar entre el Poder Judicial, el servicio al Estado, y los movimientos políticos que conforman un Consejo General del Poder Judicial que hace de todo menos defender la imagen de independencia de los jueces, menos ampararles, menos otorgarles tutelas de sus derechos profesionales y menos batallar por sus intereses frente a los otros dos poderes. Lo que antes se veía como una locura corporativista, ahora es aceptado por cada vez más ciudadanos, más opinadores, más juristas e, incluso, más políticos. Contra todo pronóstico, el Partido Popular, siguiendo la estela de Ciudadanos que, en esto, siempre ha sido contundente, ha presentado un proyecto de ley de reforma de la LOPJ para permitir la elección por los jueces de los doce vocales judiciales. Los grupos parlamentarios van a tener que posicionarse.

El Partido Socialista, ahora en el poder, se verá en la obligación de presentarse ante la sociedad y ante Europa como el único partido mayoritario que no acepta las recomendaciones del Grupo de Estados contra la Corrupción (GRECO) y, por ello, impide la necesaria reforma de la ley. Mantener un sistema caduco y rancio que huele a la España del pelotazo, del bipartidismo atroz, de la corrupción y del “comadreo”, solo puede servir para hundirse más en el fondo salino. Algunos políticos aún no se han dado cuenta de que el sistema es fallido. Caput. Saturado. Petado. Muerto. Sólo reaccionando ante esto, podrá afrontarse el futuro político y judicial con esperanza. Necesitamos decisiones de Estado. Necesitamos cambiar el modelo. En sus manos está, señores diputados.