Después de haber vivido la pandemia a la que nos hemos enfrentado en los
últimos meses, creo que es momento de hacer una reflexión desde la experiencia de
haber trabajado en un hospital madrileño en el entorno de una Unidad de Cuidados
Críticos, creada en un área quirúrgica. El único objetivo que se pretende es 
transmitir aquello que hemos observado, por si a alguien le resulta de utilidad. De
ningún modo es una crítica hacia nadie, puesto que estoy absolutamente seguro de que
toda la comunidad científica ha actuado intentando aplicar su mejor saber, con la
mejor intención pero, por desgracia, la medicina no es una ciencia exacta y no siempre
se acierta.

Quizá ésto es algo que hoy día, y a causa de los avances técnicos y del
conocimiento de las últimas décadas, la población en general no acaba de asumir.
En primer lugar, se deben admitir los fallos cometidos, que simplemente han sido
fruto del puro desconocimiento y, en cierto modo, de la incredulidad. Realmente no
sabíamos a qué nos enfrentábamos. La información de que disponíamos era vaga,
parcial e imprecisa, pensando que la letalidad del cuadro era menor y que su expansión
era controlable. Nos equivocamos, y cuando fuimos a reaccionar era demasiado tarde,
hecho que obligó a tomar medidas drásticas.

Perdimos el tiempo

Desde el punto de vista médico, otro de los fallos cometidos fue intentar
abordarlo utilizando los métodos habituales de nuestra práctica clínica, que es la
'medicina basada en la evidencia'. Sin embargo, nos enfrentábamos a una enfermedad
nueva y no era posible disponer de dicha evidencia. Hemos ido conociendo la
enfermedad conforme la tratábamos y eso ha retrasado el inicio de los tratamientos que
realmente y a la postre han resultado eficaces. Hemos asistido a una tormenta
abrumadora de publicaciones, todas ellas con la mejor intención, pero se ha
'demostrado' una cosa y la contraria en muchas de ellas. El sentido común nos obliga a
ser extremadamente cautos en este aspecto. Pretendíamos encontrar algo nuevo que
demostrara su utilidad y nos hizo perder tiempo.

Observar lo que sucede, aplicar un tratamiento razonable para eso que hemos visto, basándonos en nuestro conocimiento previo y comprobar el resultado de nuestra acción

Ante una enfermedad nueva, no nos queda otro remedio que aplicar la práctica
clínica clásica de tiempos pasados, que se basa en la observación y el método científico:
'observación, hipótesis y comprobación'. Y eso es lo que ha resultado ser efectivo,
como en el pasado. Observar lo que sucede, aplicar un tratamiento razonable para eso
que hemos visto, basándonos en nuestro conocimiento previo y comprobar el resultado
de nuestra acción. Y cuando lo hemos hecho, ha funcionado. ¿A qué me refiero?

Bajemos a la arena clínica. Inicialmente se aplicaron diversos tratamientos antivirales, hidroxicloroquina, azitromicina, etc, que no habían demostrado su utilidad frente a este virus. El
tratamiento se dirigió a atacar al virus sin saber si era posible. Y fallamos. Hubo que
reconducir la estrategia y observar lo que sucedía, que fundamentalmente era respuesta
inflamatoria y fenómenos trombóticos generalizados. Cuando se inició el tratamiento
precoz de ambos cuadros con corticoides y anticoagulación respectivamente, el número
de pacientes que requerían ingresos en unidades de cuidados críticos disminuyó. Habrá
quien diga que fue debido a las medidas de confinamiento. Sin embargo, si nos fijamos
en la relación entre el número de ingresos hospitalarios e ingresos en UCI, puede que
no vaya muy desencaminado en mi planteamiento.

Alternativa a la mascarilla

Mención aparte merece el retraso de la aplicación de la ventilación no invasiva.
Probablemente por miedo a la aerosolización y por algunos artículos previos realizados
en otro contexto, se decidió que no era oportuno. No parece razonable que, hoy en día,
y con las posibilidades técnicas de que disponemos, la alternativa a un fracaso con una
mascarilla convencional sea un tubo endotraqueal y la ventilación mecánica. Hay
muchas cosas intermedias y se tardó en aplicarlas, lo que puede que saturara demasiado
rápido las unidades de cuidados críticos, aunque resulta difícil de saber.

Otro de los aspectos a tener en cuenta en el momento actual es la contagiosidad
del virus. Si volvemos a la observación de lo que sucede y, teniendo en cuenta que es
sólo una impresión personal, la mayoría de los contagios entre el personal sanitario se
produjeron al principio de la epidemia, cuando no se tomaba ninguna medida de
protección, ni en el ámbito sanitario ni en la población general. Posteriormente se
empezaron a tomar medidas en el entorno sanitario pero que no eran excesivas, con
carencias de material más o menos importantes.

Muchos profesionales nos expusimos al contacto con pacientes infectados, con alta liberación de aerosoles y con pautas de control no extremas en algunos casos, portando en muchas ocasiones mascarillas
quirúrgicas y realizando higiene de manos como únicas medidas en áreas de alto
contagio. Sólo para un contacto muy estrecho disponíamos de material de alta
protección. En los últimos días se han realizado serologías masivas a ese personal
sanitario que no ha tenido síntomas y los resultados mayoritarios son que no han
desarrollado anticuerpos, lo que puede significar que no es tan fácil contagiarse como
inicialmente se creía.

Es necesario generar confianza y eso requiere sinceridad en la información y justificar adecuadamente dichas pautas. Hay que convencer y no imponer

¿Quiere decir que debemos relajarnos en esas medidas de protección? Mi opinión es que no. Sin embargo, probablemente con el uso de mascarillas, una correcta higiene de manos y unas discretas normas de separación social, sea suficiente para controlar la expansión del virus, haciendo que otras medidas
mucho más lesivas para la economía no sean necesarias. Eso sí, resulta imprescindible
una concienciación social acerca de estos aspectos. Para ello es necesario generar
confianza y eso requiere sinceridad en la información y justificar adecuadamente dichas
pautas. Hay que convencer y no imponer. Los mensajes contradictorios y poco
coherentes no ayudan en ese sentido.

Más lenta y controlable

También quisiera expresar mi opinión respecto a la posibilidad de un segundo
brote. ¿Hay que tomar medidas para evitarlo? Sinceramente creo que sí, pero con
sentido común y teniendo en cuenta las circunstancias futuras. Si consideramos que al
volver al contacto generalizado nos encontraremos en una situación similar al mes de
marzo, estaríamos equivocados. En primer lugar, las pautas de comportamiento de la
población, aunque no sean las ideales, al menos sí han cambiado. Si bien no todo el
mundo lo hace, reconozcamos que mantenemos de forma inconsciente más distancia
social que antes. Muchos usamos mascarillas. Sólo con eso, la situación no es la misma
que en el mes de marzo, y de producirse una reexpansión de la enfermedad, sería más
lenta y más controlable.

En segundo lugar, no debemos confiarnos, pero es sabido que
las altas temperaturas y la radiación ultravioleta disminuyen la expansión de este tipo
de virus. De alguna ayuda servirá. Dicho esto, creo que una actuación cautelosa basada
en la concienciación social y control de los casos sería lo más adecuado. Protegiendo a
los demás nos protegemos a nosotros mismos. Debemos tenerle un gran respeto a esta
enfermedad, pero no miedo. El miedo no nos dejará pensar con claridad.
Resulta fundamental, por tanto, que la población asuma como imprescindibles
esas pautas de higiene que, no siendo excesivas,son las que nos van a permitir controlar
la expansión de la enfermedad. El uso de mascarillas el mayor tiempo posible y
especialmente en ambientes cerrados, mantener cierta distancia social y un lavado de
manos frecuente son medidas que deberán acompañarnos durante mucho tiempo.
Precisamente, conforme la situación vaya mejorando, deberemos hacer más hincapié
en ellas, puesto que el contacto será mayor.

Es preciso reforzar todo el sistema sanitario, prestando especial interés a los servicios de atención primaria para que sirvan de primera línea de defensa, disminuyendo la carga sobre los hospitales

En cualquier caso, otro aspecto importante a resaltar es que, si llegara un nuevo
brote, podríamos establecer aquellos tratamientos que son eficaces de forma más
precoz, lo que disminuiría la gravedad de los casos, evitando el colapso del sistema
sanitario. Es preciso reforzar todo el sistema sanitario, prestando especial interés a los
servicios de atención primaria para que sirvan de primera línea de defensa,
disminuyendo la carga sobre los hospitales, impidiendo su saturación y permitiendo que
se atienda a aquellas otras patologías que también requieren asistencia. En esa primera
línea se debería iniciar el tratamiento con corticoides y anticoagulantes en función de la
gravedad e implementar el control epidemiológico de los casos. De ese modo, se
conseguiría que a la atención hospitalaria llegue un número limitado de pacientes y que,
convenientemente reforzada, pueda atenderlos adecuadamente, así como a otras
patologías que no tienen que ver con la epidemia y que debemos evitar que sufran las
consecuencias.

Convivir con la enfermedad

Para terminar, sinceramente creo que la solución para el control de esta
pandemia no pasa por encerrarnos en casa. No nos lo podemos permitir, ni desde el
punto de vista económico, ni médico. Debemos tener en cuenta el coste sanitario
derivado de una crisis económica, con las patologías asociadas que ella conlleva y la
posibilidad de colapso del soporte económico del propio sistema sanitario.
A mi humilde entender, la solución pasa por una adecuada estrategia médica,
transformando una enfermedad con alta letalidad en un proceso leve, mediante las
vacunas, cuya utilidad será parcial por la naturaleza del virus, fármacos que atenúen la
acción del virus, de los que aún no disponemos, y tratamiento sintomático adecuado.
De ese modo no erradicaremos la enfermedad, pero podremos convivir con ella, como
con tantas otras.

Con lo dicho anteriormente no pretendo juzgar decisiones o acciones tomadas,
si no simplemente expresar mi opinión basada en la mera observación de lo que he
vivido en los últimos meses desde mi actividad asistencial, con el único objetivo de que
pueda resultar útil.