Jordi Évole firmó hace unos meses un programa digno de ver. Lo protagonizaba Santiago Cobos, quien fuera considerado uno de los presos más peligrosos de España y quien inspiró el personaje de Malamadre en la película Celda 211. El hombre vivía en una casa en la montaña y contaba la forma en la que las circunstancias vitales arrastran a las personas al camino de la delincuencia. A veces, basta simplemente con rebelarse contra una injusticia con una contundencia excesiva para entrar en la peligrosa espiral de reformatorios y prisiones. El tablero de la vida está inclinado hacia el lado del infortunio cuando uno nace en un contexto en el que casi nada abunda.

En los últimos minutos del programa, el hombre aparecía bañándose en el río, en medio de la naturaleza, en una metáfora de la libertad que durante tantos años añoró. Ahora, pinta cuadros y ofrece conferencias sobre su vida.

Hay veces que los malos hacen el bien para obtener réditos o paliar sus inseguridades. También hay ocasiones en las que sucede al contrario. Incluso hay veces que se difuminan las barreras existentes entre los dos extremos de la dualidad más absoluta.

El programa dejaba un regusto amargo, pues planteaba implícitamente una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto las sociedades conducen a los desafortunados hacia sus cloacas? Esa cuestión no se presentaba el pasado domingo, cuando Évole se sentó frente a Eufemiano Fuentes y se observó el comportamiento de un narciso que configuraba -y seguramente interiorizaba- las verdades a su conveniencia.

Fuentes se vendió como el hijo de una familia de bien, un estudiante brillante y un médico deportivo adelantado a su tiempo. Pero su coartada de hombre de bien cayó cuando demostró su estilo sibilino a la hora de poner sobre la mesa la carne de quien le convenía en ese momento, en un gesto de maldad nada torpe. Muy certero.

Lo digo porque señaló al atleta Fermín Cacho como uno de los clientes de su clínica antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. También le apuntó como interlocutor del Gobierno, previamente a Pekín 2008, es decir, en los años en los que sucedieron los hechos relacionados con la Operación Puerto. Lo hacía tras responder a una pregunta afirmativamente y en tono de amenaza: si yo hablara, caerían medallas.

Jordi Évole y Eufemiano Fuentes

Évole lo hizo bien; de hecho, no recuerdo una entrevista en la que incidiera tanto en las evidentes contradicciones de su interlocutor. Sin embargo, el hecho de que Fuentes citara a Fermín Cacho de forma tan evidente sonó a venganza. Porque fueron muchos deportistas quienes pasaron por sus manos, pero sólo se refirió de forma tan clara a uno. Entonces, uno se pregunta: ¿nos hemos convertido los medios en el tribunal sumarísimo que nunca debimos ser?

Porque, a esa hora, en Telecinco, se emitía la docu-serie sobre Rocío Carrasco, que ha levantado una enorme polvareda porque en ella acusa de maltrato a su exmarido, Antonio David Flores, pese a que los jueces no han observado indicios sólidos, en el pasado, de que esos hechos hayan sucedido. Eso no quiere decir que no pasaran, pero no existen pruebas al respecto; y, por tanto, resulta del todo intolerable que se someta al hombre a un segundo juicio televisivo después de que los tribunales no le declararan culpable.

Cuando los medios se convierten en plataformas que sirven para ejecutar venganzas y celebrar duelos al amanecer, significa que hay una parte del sistema que no funciona como es debido

Cuando los medios se convierten en plataformas que sirven para ejecutar venganzas y celebrar duelos al amanecer, significa que hay una parte del sistema que no funciona como es debido. Las primeras, estas empresas, que se alejan de los hechos para dar pábulo a las febriles teorías de personajes como Eufemiano Fuentes. Y reitero, creo que Évole hizo lo correcto y preguntó y repreguntó de forma certera, ante las evasivas de un entrevistado que sabía muy bien cuál era la pieza que quería cobrarse durante esa jornada.

También sucede que este tipo de 'renglones torcidos' suelen recurrir a los medios de comunicación para cambiar intentar cambiar la impresión -labrada a pulso, muchas veces- que la opinión pública tiene sobre ellos y sus antecedentes. Sucede en la política, en la empresa y en otros ámbitos menos elevados. Quizás esta actitud no se observe de forma tan clara en el caso de Fuentes, pero se aprecia de forma cristalina en el de Rocío Carrasco, que, aprovechando el tirón feminista, ha tratado de expiar sus pecados ante la audiencia y ganarse a la turba.

Culpa colectiva

Lo más lamentable es que el morbo vende y, quien más, quien menos, se deja llevar en alguna ocasión por el interés malsano que generan los dramas personales. Eso genera buenos réditos a los medios, lo que contribuye a agrandar males como el amarillismo del periodismo de sucesos. Y garantiza una larga vida para los juicios populares de todo tipo. Recuerden que a una tal Dolores Vázquez la llamaron asesina, sin serlo, por su forma de ser y por el testimonio descarriado de algunas personas.

Los medios necesitan su rancho, pero también la audiencia. Y los resentidos aprovechan ese ecosistema para aparecer en pantalla y obtener la razón que les quitaron los tribunales. ¿Quién dijo que el circo romano se había desmantelado? En eso participamos todos. Todos.