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Imma Lucas

Opinión

Vidas a 900.000 euros

El país que tome la iniciativa para gestionar de otro modo la migración y así evitar el inasumible número de víctimas mortales, habrá ganado la batalla de este siglo

Carola Rackete capitana del Sea Watch
Carola Rackete capitana del Sea Watch EFE

En derecho marítimo, toda persona que vea una embarcación en peligro debe prestar su ayuda. Pues bien, eso es lo que hace Open Arms, sin ningún ánimo de lucro, pero no se lo ponen nada fácil. Ahora, si salvan una vida, se exponen a multas de más de 900.000 mil euros, según les ha advertido el Ministerio de Fomento. Entonces, ¿qué debemos hacer, cuál es la alternativa, el plan B? Dejar morir en el camino a todos aquellos que lo único que buscan es una vida mejor, que abandonan sus países, sus raíces, sus gentes, que son presas de mafias y organizaciones que les prometen un futuro soñado que se puede ver truncado en tan solo unas horas en alta mar. Sí, es fácil regular desde el desconocimiento y desde un gran despacho, porque aseguro que ningún ser humano que se precie dejaría morir a otro si está en sus manos salvarlo. Las fotos en los rotativos que han dado la vuelta al mundo nos han descompuesto en segundos, no sólo la última del padre mexicano y su hija de dos años intentando llegar a Estados Unidos, sino lo más cercano a nosotros, como ese otro niño muerto a orillas del Mediterráneo el año pasado. La imagen del pequeño muerto en la playa es difícil de olvidar.

Una vida no tiene precio; multar por salvar vidas es inhumano y también indigno mientras que no haya políticas en los países de origen que impidan estas situaciones y mientras que los países receptores de personas en busca de un futuro mejor no sepan gestionar las mareas humanas sin dejarlas a la deriva, en alta mar, sin ningún tipo de salvavidas. Sólo en lo que llevamos de año han perdido la vida casi 600 personas. Que se sepa. Es la guerra del mar, una guerra que sólo acabará cuando las conciencias de los gobierno se decidan a gestionar de otra forma las migraciones, aquí y allá. Cuando nos interesa vender armas bien que lo hacemos, pero cuando lo que nos compete y nos importa es salvar vidas humanas, ¿qué es lo que hacemos? A juzgar por las muertes, muy poco.

¿A quién le importa realmente este drama, esta guerra del siglo XXI que se dirime entre las autoridades europeas y las de los países de origen?

Verano. La playa se relaciona con castillos de arena, con tomar el sol, relajarse, con cruceros, veleros que van de isla en isla, gentes adineradas que abandonan sus despachos para sumergirse en aguas cristalinas, en amaneceres preciosos, con copas de champán en mano, celebrando la vida, mientras podrían avistar embarcaciones clandestinas en las que no cabe un solo alfiler, con personas que arriesgan su vida, las de sus familias, las de sus recién nacidos, porque saben o les han explicado que en la otra orilla está el futuro esperado, donde podrán comer cada día, ganar dinero y plantearse una vida mejor, imposible de alcanzar en el lugar en el que nacieron. Nadie abandona su casa porque sí. Si Open Arms no salva vidas quién lo hará. ¿A quién le importa realmente este drama de alta mar, esta guerra del siglo XXI que se dirime entre las autoridades y las normativas europeas, España incluida, y las autoridades de los países de origen? El país que lidere y capitanee los movimientos migratorios, sin que mueran personas en ninguna de nuestras fronteras por tierra, mar y aire, habrá ganado la batalla de este siglo, la batalla por conseguir una vida mejor para todos los que quieren llegar aquí, los que están y los que se quieren ir.

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