Cuando a principios de agosto del año pasado Vladímir Putin anunció que ya tenían desarrollada una vacuna efectiva contra la covid y que en breve empezarían a administrarla en el interior de Rusia, muchos no se lo tomaron muy en serio. El Instituto Gamaleya de Moscú, una institución con más de un siglo a sus espaldas, pero con un presupuesto necesariamente limitado, había llegado antes a la meta que los grandes laboratorios occidentales que cuentan con recursos virtualmente inagotables y el apoyo decidido de Estados Unidos y la Unión Europea. Los números no cuadraban, era imposible que aquello fuese efectivo con tan poca inversión y en tan poco tiempo.

Pero la vacuna rusa, a la que pronto bautizaron como Sputnik V en homenaje al primer satélite artificial de la historia, funcionaba, por lo que empezaron a fabricarla en grandes cantidades para que los rusos se la pusiesen, pero también para emplearla como elemento de poder blando en la escena internacional. Hoy la Sputnik V está aprobada en más de cincuenta países, algunos muy grandes como la India, Filipinas o México, y los pedidos internacionales superan ya los mil millones de dosis.

Se trata de una vacuna de vector viral, es decir, de tipo convencional, está basada en el adenovirus humano, el virus del resfriado común al que los bioquímicos del Instituto Gamaleya fusionaron con la proteína de pico del SARS-CoV-2 con la intención de estimular una respuesta inmunitaria. Nada que ver con la novedosa tecnología de ARN mensajero empleada por Pfizer o Moderna. La Sputnik es una vacuna tradicional, su eficacia se calcula por encima del 90% y su precio es muy contenido, menos de diez euros por dosis.

Hungría, un país miembro de la Unión Europea, decidió aprobarla por su cuenta y hacer su primer pedido. En ese punto algo se rompió dentro de la UE

Semejantes atractivos y el hecho de que el Gobierno ruso haya hecho todo lo posible por utilizarla como elemento de marketing patriótico la ha convertido en una de las vacunas más demandadas del mundo, de esa parte del mundo que no puede acceder a las de Pfizer, Moderna o AstraZeneca. Todo iba conforme a lo previsto hasta que, hace dos meses, Hungría, un país miembro de la Unión Europea, decidió aprobarla por su cuenta y hacer su primer pedido. En ese punto algo se rompió dentro de la Unión Europea.

El ejemplo húngaro se dejó sentir en el acto entre sus vecinos. Un mes más tarde la vecina Eslovaquia compró en secreto dos millones de dosis y las puso en espera de que la EMA, el regulador europeo de medicamentos, la autorizase. La compra hizo estallar un escándalo mayúsculo en el país que obligó a dimitir al primer ministro Igor Matovic. En la República Checa el presidente Milos Zeman, partidario de hacer un gran pedido vacunas rusas, solicitó el cese del ministro de Sanidad porque se negaba a comprar una sola vacuna que no contase con el respaldo de la EMA. En Austria, el canciller Sebastian Kurz, presionado por la opinión pública, informó que estaba en conversaciones con el Gobierno ruso para comprar un millón de dosis. Acto seguido abrió el paraguas para resguardarse de las críticas que le iban a llegar desde Bruselas. En opinión de Kurz no se debían hacer cálculos geopolíticos con algo tan esencial como una vacuna.

El fracaso de Bruselas, las compras fallidas

La escasez de vacunas en Europa ha hecho el resto. Una lista cada vez más larga de líderes europeos aboga ya abiertamente por la autorización y el uso de la vacuna Sputnik V. Esto ha ocasionado una formidable polémica que enfrenta a Bruselas con una consecuencia inesperada de su fracaso en la compra de vacunas. No sólo no hay suficientes, sino que los Estados miembros andan ya desesperados por la lentitud en las entregas y están dispuestos a cualquier cosa, también a complicar la política de mano dura que la Comisión Europea mantiene con Moscú en un momento especialmente delicado en el que el conflicto de Ucrania se ha vuelto a calentar.

Exceptuando Hungría y Eslovaquia, dos pequeños países de la marca oriental de la Unión, ningún Gobierno se ha atrevido a ir más lejos, pero es cuestión de tiempo que alguno se atreva a dar el paso empujado por la desmoralización de algunos Gobiernos regionales como el de la Comunidad de Madrid en España, el de Campania en Italia o el de Baviera en Alemania. Necesitan vacunas y han mostrado al rey en toda su desnudez. No tiene sentido, por ejemplo, que países europeos pobres como Serbia, estén vacunando a su población a una velocidad mucho más rápida que regiones ricas como Baviera o Madrid, cuyo PIB es superior al de la propia Serbia. 

En Alemania hay elecciones en septiembre y Merkel, que no se presenta pero que espera que el CDU conserve la cancillería, ha amenazado ya veladamente a la Comisión

Es simplemente inexplicable que Rusia, un país de renta media y con una economía de un tamaño sólo ligeramente superior a la española, haya podido desarrollar una vacuna mientras la Unión Europea, cuyo PIB combinado es el mayor del mundo, se haya demostrado incapaz de hacer lo mismo. Todos los dedos señalan a Bruselas, pero también a Berlín y París, donde Merkel y Macron se sienten directamente interpelados por un desastre que no sólo han consentido, sino que han alentado con gran entusiasmo desde el principio. En Alemania hay elecciones en septiembre y Merkel, que no se presenta pero que espera que el CDU conserve la cancillería, ha amenazado ya veladamente a la Comisión. Hace unos días en una entrevista se mostró partidaria de que la Comisión adquiriese la Sputnik en cuanto la aprobase la EMA. Pero, de no hacerlo, Alemania la compraría directamente como hizo Hungría a finales de enero.

El asunto, como vemos, va más allá de cuestiones puramente sanitarias. Bruselas se ha cerrado en banda. El comisario de Mercado Interno, Thierry Breton, trató de zanjar la discusión asegurando en televisión que la Unión simplemente no necesita la vacuna rusa, que se basta y se sobra con las ya contratadas que se fabrican en territorio europeo. El comisario olvidó recordar que esas vacunas no llegan en las cantidades acordadas, así que de nada sirve fabricarlas aquí más allá del negocio que los laboratorios estén haciendo a cuenta de la desastrosa negociación capitaneada por Ursula von der Leyen.

Rusia, como es obvio, lo celebra y muy probablemente se salga con la suya porque la cuarta ola está pegando con fuerza en Alemania y muchos temen que este verano también tengan que tirarlo por el retrete

En la Comisión tratan de taparse los unos a los otros internándose cada vez más en una realidad virtual de la que solamente ellos son partícipes. El divorcio entre la Comisión y los gobiernos es cada vez más visible convirtiendo lo que debió ser un simple trámite con el que colgarse una gran medalla en un argumento más de división dentro de Europa. Rusia, como es obvio, lo celebra y muy probablemente se salga con la suya porque la cuarta ola está pegando con fuerza en Alemania y muchos temen que este verano también tengan que tirarlo por el retrete. 

El mes pasado, la EMA ya no tenía excusas para no evaluar la Sputnik y anunció que enviaría un equipo a Moscú para hacer las pruebas pertinentes y proceder con la autorización, algo que se esperaba esta misma semana. Pero de poco sirve ilusionarse. Rusia carece de capacidad de producción. Hasta la fecha en la Unión Europea se han fabricado unos 200 millones de dosis de tres vacunas diferentes, en Rusia tan sólo 25 millones. Hungría, que ya está recibiendo la Sputnik, acumula los retrasos en las entregas. En la propia Rusia la vacunación va muy lenta, mucho más que en la Unión Europea. A pesar de que es gratuita y de que, según se desprende de la machacona propaganda televisiva patrocinada por el Gobierno ruso, se administra incluso en los centros comerciales, sólo el 6% de los rusos han recibido la primera dosis frente al 17% de los españoles o el 16% de los alemanes. La vacuna rusa es buena, sin duda, pero no hay suficientes dosis disponibles ni para la propia Rusia.

Viales y jeringuillas

El Gobierno de Putin anda como loco buscando nuevas plantas en la India, en Corea del Sur, en Suiza y en Alemania, pero no es tan sencillo como parece. Una vacuna tiene centenares de ingredientes que van desde los reactivos químicos hasta los viales o las jeringuillas cuyas existencias son limitadas y están sometidas a muchísima presión ya que son miles de millones las vacunas que se están fabricando en este momento a lo largo y ancho de todo el mundo. Este quizá sea el peor año de la historia para ponerse a fabricar vacunas y comprometerse con las entregas.

Así que, aun con la aprobación de la EMA, la vacuna rusa tardaría mucho en llegar, lo haría primero con cuentagotas y cuando lo hiciese de forma masiva es posible que no hiciese falta porque Pfizer, AstraZeneca o Janssen habrían alcanzado su pico de producción y entregas. En consecuencia, lo que tenemos aquí es, por un lado, a políticos europeos en apuros y presos de la frustración que no saben ya que hacer para contener el más que justificado enfado de la población, sometida durante más de un año a confinamientos, controles y todo tipo de restricciones; y, por otro, a un Vladímir Putin no menos apurado que ve en la Sputnik mucho más que una vacuna.

La vacuna es, a la vez, un elemento de distracción de los numerosos problemas internos que le acechan, un recurso muy útil para seguir sembrando la discordia dentro de la Unión Europea y un poderoso argumento diplomático con el que presentarse como un desinteresado bienhechor que pone a disposición de los desheredados del mundo los prodigios de la ciencia rusa. A él no le llegan las vacunas, pero se las ha apañado para erigirse en salvador. Es toda una gigantesca operación política adobada de mucha propaganda y como tal debemos considerarla.