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Opinión

La estrategia Pàmies

Este señor, con cara de pariente de Alfredo Landa, pone en peligro la salud de las pobres gentes cansadas de levantarse todos los días para pelear con la angustia de ver un hijo perpetuamente ensimismado

Josep Pàmies Breu
Josep Pàmies Breu

Lo que más me fascina de este tipo es la pinta de buena persona que tiene. Es un adorable abuelito. Calvo veterano, canoso sobre las orejas, rubicundo de mofletes, tiene los ojillos pegados a la nariz, como aquellos bondadosos y traviesos ratones que sacaba Walt Disney en La Cenicienta; una nariz vamos a decir que rotunda, de una forma peculiar y bulbosa que le hace a uno preguntarse si no será este hombre pariente de Alfredo Landa. Las orejas en clara concatenación de pareceres. Gafas discretas que no le cambian la cara y que se asientan cómodas allá atrás, en la parte alta de la collada de su nariz. Triponcillo, se viste al estilo de Almacenes Arias. Y ese sombrero de paja, desgalichado y raído, va muy bien con su sonrisa medio tímida de hortelano humilde y abnegado que trabaja de sol a sol para sacar adelante a la familia y que, a la hora de cenar, le echa un poquito de vino a la sopa. Cómo no le vas a querer.

Este es Josep Pàmies Breu, el hombre que dice que el autismo lo provocan las vacunas, por culpa de los “metales pesados” y la “mierda que le ponen dentro”. Pero no hay que preocuparse: él lo cura con una cosa a la que llama “solución mineral milagrosa” (MMS), que en realidad es lejía. Y que esa lejía, además del autismo, cura la malaria, la leucemia y el ébola. Y que el cáncer se cura con una planta gallega que conoce él y que se llama kalanchoe. Y que el VIH, el virus del sida, no existe. Ni el de la hepatitis C.

Lo que vende este hombre no es aceite de romero sino lejía con otro nombre. No se gana la vida con la candidez de la gente sino con su desesperación

Cuando éramos niños, en los días de la fiesta mayor solía aparecer un tipo muy moreno con el pelo engominado hacia atrás que estacionaba su destartalada furgoneta en la feria, junto al tiovivo y los coches de choque. Abría la portezuela de atrás y empezaba a mostrar cosas: un peine, unos espejos de mano, peinetas que no eran de carey sino de plástico, una pluma medio muerta de vieja que, según él, era “el último descubrimiento de los científicos americanos en la ciencia de la caligrafía”, ese tipo de cosas. También, casi siempre, un crecepelo infalible que luego resultaba ser aceite de freír con un poco de romero. La gente que pasaba por allí le miraba, escuchaba su asombroso parloteo y algunos le compraban algo, bien por inocencia, bien por lástima o bien por calvicie. Cuando el tipo olisqueaba, aunque fuese de lejos, a la Guardia Civil, recogía los trebejosen un santiamén, cerraba la portezuela de la cacharra y se hacía humo. Todos sabíamos que no era peligroso. Solo trataba de ganarse la vida gracias a la candidez de los demás, si la tenían.

Pàmies hace lo mismo, pero a una escala de pánico. Lo que vende no es aceite de romero sino lejía con otro nombre. No se gana la vida con la candidez de la gente sino con su desesperación. Pone en peligro la salud de las pobres gentes que están quizá ya cansadas de levantarse todos los días para pelear con la angustia de ver un hijo perpetuamente ensimismado, que no habla, y que a lo mejor han ido en peregrinación de consulta en consulta para ver si alguien les da el remedio. Y todos les dicen que ese remedio no existe o que aún no se conoce. Y entonces oyen hablar de este señor tan sencillo, tan agradable con su sombrero de paja y sus ojitos bonachones y su pinta de yo-soy-como-tú; este señor que cae bien nada más verle y que habla con tanta convicción, que usa palabras que cualquiera puede entender, y que les dice que él es hortelano, que tiene la sabiduría de la gente del pueblo (a la gente del pueblo les gana el corazón que les digan eso) y que no hay que fiarse de los médicos, que son todos una mafia que no hacen más que robar; ni de los medicamentos, que son puro veneno porque les meten dentro “mierda” y “metales pesados”. Y que él, señora, señorita, caballero, tiene el remedio infalible para lo que le pasa a su hijo, y que ese remedio es muy barato, y que él se lo vende ¿por cuánto? ¿Por cien? ¿Por cincuenta? No, ni por veinte, ni por diez, ni por cinco: por quince reales, cariño, guapa, se lleva usted a casa esta agua milagrosa que todo lo cura, désela a su hijo y ya verá cómo dentro de nada corre por la calle con los demás chavales y el día de mañana será un hombre de provecho; quizá hasta catedrático.

Y les vende su lejía. O sus plantas gallegas que no curan el cáncer, ni la leucemia, ni nada por el estilo, pero él hace su negocio.

Pàmies miente. Con su aspecto de honesto pagès pudiera pensarse que lo que pasa es que está equivocado, pero no. Miente y manipula. A sabiendas

Lo que sucede es que este Pàmies, que de pronto ya nos va dejando de parecer tan bondadoso, no utiliza solo la desesperación de la gente. Utiliza algo peor: su desconfianza. Cada vez que da una charla sobre sus remedios milagrosos invoca, sofocado, la “libertad de expresión”, y repite una y otra vez que las compañías farmacéuticas no curan las enfermedades porque no quieren, porque muy bien podrían hacerlo, pero prefieren que la gente sufra y se muera después de robarles. Que el Gobierno les apoya. Que todos son la misma mafia. Es decir, se sube al carro (en el que apenas queda ya sitio) de los defensores de las miles de teorías de la conspiración que alientan el recelo ante lo que siempre llaman “verdad oficial” (y ese oficial tiene un tinte despectivo) y luego te venden su crecepelo… o su lejía, ya sea líquida o ideológica. A la gente nunca le vuelve a salir el pelo, el niño no se cura de su autismo ni tu hermano del cáncer ni de la leucemia ni de nada. Pero la desconfianza sí queda.

A este Pàmies le caen unas multas de escalofrío (la última, hace cuatro días), porque vender aceite de romero puede ser inocuo, pero vender lejía como medicamento es una atrocidad que pone en peligro la salud de las personas. Le da igual. No las paga, las recurre, lo que sea. Su estrategia, su canallada, consiste en caerle bien a la gente, poner cara y aspecto de buenísima persona, ganarse la confianza de los que están deseando confiar en algo –lo que sea– que les libre de la pesadumbre de vivir, y luego hacer negocio.

Pàmies miente. Miente a sabiendas. Con su aspecto bonachón de honesto pagès pudiera pensarse que lo que pasa es que está equivocado, pero no. Miente y manipula a los demás recurriendo a su credulidad, manejando su desesperación y estimulando su desconfianza hacia todo aquello que no conocen o no comprenden. O hacia los ricos, los médicos, los gobiernos, las autoridades sanitarias. Lo que sea. La desconfianza es, hoy, una mercancía mucho más fácil de vender que la lejía. Porque la lejía será barata, pero la desconfianza, el desprecio o el recelo hacia lo que se ignora, es gratuito. Y muy difícil de arrancar cuando prende en la mente humana.

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