El Paseo de Gracia de Barcelona fue, antes de ser bautizado como tal,  un camino rural por el cual transitaban a las diligencias que partían de la ciudad amurallada y que tenían su salida en el Portal del Ángel hasta Gracia, por entonces municipio independiente. Tartanas desballestadas que consolidaron la expresión entre los gracienses incluso a día de hoy de decir “bajo a Barcelona” cuando se trata de desplazarse hasta el centro. No fue hasta la llegada de dos personalidades singulares, el alcalde Rius y Taulet y el arquitecto Ildefonso Cerdá, que aquella vía polvorienta adquirió prestigio señorial con edificios ideados por los más cotizados arquitectos de la época. De Gaudí a Batlló, pasando por Doménech y Montaner hasta Pere Milá o Puig y Cadafalch, la avenida es un catálogo de nombres relumbrantes.

Consolidada como calle elegante, era de buen tono dejarse ver a determinadas horas. Dice Lluís Permanyer, el mejor cronista de mi ciudad desde Sempronio, que cierta dama que provenía de las clases populares cada mañana subía en su carruaje emperifollada y gritaba al cochero: “Vamos al Paseo de Gracia a fer el merda, a presumir. En aquel Paseo de Gracia se dieron cita las célebres tertulias del bar La Puñalada, presididas por el báquico y risueño Santiago Rusiñol, que vivía al lado, restaurantes de postín o tiendas de ropa de la mejor calidad. La casa Santa Eulalia está todavía entre nosotros para dar testimonio de ello. Tras unos años en los que las entidades bancarias acapararon el paseo, este recuperó el tono de siempre, mezclado con los turistas que, cosas de la vida, ahora echamos de menos. Ya no era el lugar donde los espías pululaban en los hoteles de principios de los cuarenta, ni el sitio donde podías comprar libros a las tres de la madrugada en el Drugstore, pero uno podía pasear mirando escaparates de tiendas de lujo a todo placer. He dicho lujo y así es, porque ese concepto, tan denostado por los demagogos que solo lo critican cuando no son quienes lo disfrutan, es una seña de identidad de cualquier sociedad próspera. El lujo da vida y da trabajo. Mucho.

Estos días hemos podido ver el hashtag #EstemFarts #Estamoshartos y escuchar por televisión a Sandra Andújar ejercer de portavoz de las más de cien firmas de lujo sitas en el paseo exigiendo medidas contundentes y unánimes a las autoridades para acabar de una vez con los saqueos

Pero esa vena aorta ha acabado por estallar en un grito de indignación. Estos días hemos podido ver el hashtag #EstemFarts#Estamoshartos y escuchar por televisión a Sandra Andújar ejercer de portavoz de las más de cien firmas de lujo sitas en el paseo exigiendo medidas contundentes y unánimes a las autoridades para acabar de una vez con los saqueos, las guerrillas urbanas y el vandalismo. Decía Sandra, elegante y amiga, que es urgente recuperar Barcelona porque esta ciudad se merece mucho más. Será difícil convencer a ningún inversor, a ninguna firma de calidad, a ningún operador turístico, a ningún organizador de eventos que venga a Barcelona, a su Paseo de Gracia, si nos resignamos a abandonarlo en manos de delincuentes, chorizos, pirómanos y sicarios a sueldo de determinados políticos.

Si decimos que las pérdidas de estos comercios se acercan al millón de euros no tememos quedarnos cortos, y es posible que superen esta cifra. Tengamos en cuenta que aquí convergen no tan solo las mejores firmas, sino también hoteles, restaurantes, joyerías, edificios emblemáticos que se nutren en buena parte de la entrada que paga el turista, librerías que jamás son asaltadas por los rompe cristales porque la cultura no va con ellos. Su grito es transversal, el grito que resume una manera de entender esta ciudad proferido por los herederos de aquel señor Esteve que cifraba la felicidad alrededor de su comercio, La Puntual. Hermoso nombre. Esa puntualidad, ese rigor, ese señorío y esa clase que ha tenido siempre Barcelona, antaño capital de ferias y congresos y ahora de contenedores quemados y comercios en quiebra, no debe perderse. Sería una traición a nosotros mismos, barceloneses de toda la vida, que hemos visto caer bajo la piqueta de la estupidez y la desidia tantas y tantas cosas en esa ciudad que Mendoza soñó como la de los prodigios y ahora se ha convertido en la de las pesadillas.

Enhorabuena, pues, al manifiesto de esos comerciantes que, amparados bajo el paraguas de Elite Excellence-Federación Española del Lujo, han decidido agruparse todos para, no es ironía, esa lucha final que se libra en nuestra hora presente. La de la prosperidad ante la ruina. O lo que es lo mismo, la civilización frente a la barbarie.