La semana pasada hubo revuelo en el gallinero abertzale por los datos del último Deustobarómetro, la encuesta sobre cuestiones sociales, económicas y políticas que publica la Universidad de Deusto cada cierto tiempo. Resulta que ni la mitad de los votantes de EH Bildu contestaba “Muy de acuerdo” a la afirmación “Me siento libre de expresar mis opiniones políticas en cualquier situación”. En la población general el “Muy de acuerdo” suponía el 71,9%. En los votantes del PNV algo más, pero por debajo del 80%. Y eran los votantes del PSE, de PP+Cs y de Vox los únicos que superaban ese porcentaje. Los de PSE y PP+Cs, de hecho, estaban casi en el 90%. 

Es decir, los votantes que decían sentirse más libres para hablar de política en el País Vasco eran los del PSE, Vox y PP+Cs; por contra, los que decían sentirse más coaccionados eran los de la izquierda abertzale. Un periodista de Gara comentó en Twitter estos datos y claro, por allí apareció Otegi para confirmar que eso era la realidad, y que lo demás era propaganda. Que los votantes perseguidos en el País Vasco son los suyos. Eneko Compains, condenado por pertenencia a ETA e integrado después en Bildu y en la Universidad del País Vasco -es profesor de Derecho Constitucional-, también citó el tweet del periodista para decir que “la mayoría silenciosa no era la que nos contaban”.

Desde luego eran unos datos extraños teniendo en cuenta que los votantes de la izquierda abertzale llevan años organizando actos tan repulsivos como recibimientos a terroristas en multitud de plazas y calles sin que les pase nada. Y también parecían encajar mal con otro fenómeno: esos mismos votantes han amenazado y coaccionado, durante años y todavía hoy, a concejales y simpatizantes de los partidos que al parecer más libres decían sentirse en la encuesta.

Los datos de la polémica

Pero para todo hay una explicación, y como se pudo saber días después, ésta era bastante prosaica: sencillamente fue un error de comunicación del equipo del Deustobarómetro. Los porcentajes que dieron lugar a la polémica se habían extraído del Informe de Resultados, un resumen público con los datos más relevantes, pero en las tablas por recuerdo de voto los porcentajes eran otros. Ahí se ve que ningún grupo de votantes alcanza porcentajes tan altos en la opción “Muy de acuerdo” con la afirmación sobre la libertad para expresar opiniones políticas. Si se incluye la opción “Bastante de acuerdo”, el porcentaje en la población general supera por poco el 50%. Entre los votantes de Bildu casi el 60% dice sentirse libre para expresar sus opiniones. El dato más bajo se da lógicamente entre los votantes de PP+Cs (23,7%) y de Vox (24,7%), mientras que los más altos son los de PSE (72,9%) y Podemos (72,8%).

La explicación, decíamos, era bastante prosaica, pero también tiene un punto poético: las respuestas que dejaban a los votantes de Bildu como los más perseguidos no es que fueran falsas, sino que correspondían a otra cuestión; en concreto, a la afirmación “En ningún caso se puede justificar la violencia para alcanzar fines políticos”. Es decir, no es que menos de la mitad de los votantes de Bildu manifiesten con claridad que se sienten libres para opinar sobre política, sino que menos de la mitad de los votantes de Bildu está muy de acuerdo con que la violencia nunca puede usarse para imponer unos fines políticos. O dándole la vuelta: más de la mitad de los votantes de Bildu no rechazan frontalmente la violencia como herramienta política.

En los últimos años los actos públicos convocados por simpatizantes de PP, Cs o Vox han sido respondidos desde la izquierda abertzale con llamamientos a “plantar cara a los fascistas"

“Esta es la realidad. Lo demás, propaganda”. Las palabras de Otegi eran falsas cuando partían del error, pero alcanzan una verdad casi platónica si se colocan ante los datos reales de la encuesta. Son sus votantes los que con más entusiasmo han defendido siempre la violencia política. Y esto no lo sabemos por una encuesta, sino por sus actos. Después de la desarticulación de ETA, la vertiente social del movimiento continuó la labor con las armas que tenían a mano. En los últimos años los actos públicos convocados por simpatizantes de PP, Cs o Vox han sido respondidos desde la izquierda abertzale con llamamientos a “plantar cara a los fascistas”, con brigadas de desinfección que limpiaban el escenario con lejía y con comités de bienvenida como los de Rentería o Alsasua. Bildu llegó incluso a pedir al Parlamento vasco que vetase la presencia de los “partidos de ámbito español” en la campaña de las últimas elecciones generales.

“¡Fachita de mierda, te vamos a matar! ¡Te vamos a quemar vivo con tu puto padre!” es una de las cosas que Iturgaiz, de 23 años, tuvo que escuchar en el campo

Y claro, los llamamientos a “plantar cara a los fascistas” surten efecto. La agresión a David Chamorro en el campus de Vitoria, después de una reunión en la que se planteó la creación de una asociación universitaria. La agresión a Iñaki García Calvo -vicesecretario del PP de Álava- y a sus acompañantes cuando tomaban algo en Vitoria, con una sucesión de hechos conocida: primero le preguntaron si era del PP, cuando tuvieron confirmación les dijeron que no podían estar ahí, después les tiraron encima la bebida y por último los golpes. (Esto, por cierto, es lo que en parte de la prensa local se conoce como “pelea de bar”). Y el caso más reciente, los insultos y amenazas a Mikel Iturgaiz -hijo del presidente del PP vasco- cuando disputaba un partido de fútbol en Guernica. “¡Fachita de mierda, te vamos a matar! ¡Te vamos a quemar vivo con tu puto padre!” es una de las cosas que Iturgaiz, de 23 años, tuvo que escuchar en el campo. Cuando terminó el partido, una parte de los “radicales” saltó al terreno y el chaval tuvo que irse escoltado para evitar una agresión.

¿Y ante esta realidad qué es lo que hacemos? Pues poner buena cara, pedirles que condenen cada vez que sus chavales hacen aquello para lo que han sido educados y regalarles palmaditas en la espalda cuando echan algún hueso bajo la mesa en forma de comunicado genérico. Gorka Landaburu representó a la perfección esta actitud en la tertulia que emitió la televisión pública vasca tras las autonómicas: “15.000 personas de aquí, vascos, han votado a Vox. Esa es la desgracia que tenemos que analizar”. Esa es la única “desgracia” que analizan y a la que ponen nombre. Para la de verdad basta lo abstracto: “Aún queda odio en el País Vasco”, “Hechos propios de unos tiempos que creíamos superados”, “Radicales”. 

Cómo no va a quedar odio en el País Vasco si ni siquiera nos atrevemos a nombrar a sus gestores con las palabras precisas.