Durante décadas sucesivas administraciones estadounidenses, así como la Unión Europea y los gobiernos de sus Estados Miembros, han creído distinguir en el seno del régimen teocrático que rige Irán desde el advenimiento de Jomeini hace cuarenta y dos años, dos facciones o sectores, uno fanático, irreductible y agresivo y otro moderado, pragmático y dialogante. Así, presidentes de la República Islámica como Hashemi Rafsanyani o Mohammad Jatami fueron clasificados en su momento como pertenecientes a la parte “moderada”, mientras que Mammud Ahmadineyad sería el arquetipo del halcón, belicista, ferozmente represivo, totalmente hostil a Occidente e intransigente en cuestiones religiosas. Sobre la base de esta distinción, la política occidental respecto al régimen iraní, tanto de las cancillerías europeas como del Departamento de Estado norteamericano como del Servicio Exterior de la UE, ha consistido en intentar establecer buenas relaciones con los representantes del ala considerada razonable y tratar de reforzarlos frente a los duros, confiando en que, bajo la influencia de los moderados, el régimen evolucionaría gradualmente hacia una mayor apertura, una democracia más presentable, un mayor respeto por los derechos humanos y una menor peligrosidad para Oriente Medio en particular y el planeta en general.

El acuerdo firmado en 2015 por Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania y la UE para detener el programa militar nuclear iraní ha sido la última tomadura de pelo de la dictadura chiita a sus crédulos interlocutores occidentales

Este enfoque, que el tiempo ha revelado tan pusilánime como estúpido y contraproducente, se ha mantenido contra viento y marea y contra toda evidencia. Para limitarnos a la UE, inasequibles al desaliento y a la realidad, los Altos Representantes para la PESC, Javier Solana, Catherine Ashton, Federica Mogherini y actualmente Josep Borrell, han persistido a lo largo de un cuarto de siglo en el estéril esfuerzo de apaciguar a la República Islámica mediante negociaciones, concesiones y cesiones, que sólo han servido para envalentonar a los ayatolás e intensificar sus atrocidades contra sus propios ciudadanos, su fomento del terrorismo en el exterior y su participación activa en todos los conflictos que han destruido Siria, Irak, Líbano y Yemen. El acuerdo firmado en 2015 por Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania y la UE para detener el programa militar nuclear iraní ha sido la última tomadura de pelo de la dictadura chiita a sus crédulos interlocutores occidentales.

En este contexto, se ha producido recientemente un acontecimiento que si no abre por fin los ojos a Washington, Bruselas, Londres, Paris y Berlín, habrá que concluir que la diplomacia americana y europea está formada por incompetentes irredimibles. En Marzo de 2020 tuvo lugar una larga conversación a calzón quitado entre el ministro de Exteriores iraní, Javad Zarif, y el periodista y profesor de la Universidad Shahid Beheshti, Saeed Laylaz, en la sede del Centro de Estudios Estratégicos, que depende de la Presidencia de la República. Hay que hacer notar que Laylaz puede considerarse un disidente porque estuvo muy activo en favor del Movimiento Verde y cumplió tres años de cárcel en tiempos de Ahmadineyad. Pues bien, para empezar, la conversación de marras fue grabada por sus protagonistas, hecho algo extraño si su contenido era delicado y potencialmente explosivo. Efectivamente, la grabación ha sido filtrada el pasado 25 de Abril, o sea, que fue registrada y guardada con la sana intención de hacerla pública en las circunstancias oportunas y la inminencia de las elecciones presidenciales no debe ser ajena a que el intercambio de información entre los dos interlocutores vea la luz.

Ataques terroristas

La verdad es que lo que Zarif dice o, mejor dicho, confiesa, en el transcurso de la plática no tiene desperdicio y entierra para siempre la imaginaria separación entre halcones y palomas del régimen iraní. El titular de la cartera de Exteriores declara sencilla y llanamente que jamás ha tenido el más mínimo control del área de su competencia y que su trabajo consistía básica y únicamente en cumplir las instrucciones que recibía del General Soleimani, quien, a las órdenes directas del Líder Supremo, Alí Jamenei, fijaba la acción diplomática al exclusivo servicio de las necesidades de seguridad y de las acciones terroristas y bélicas del régimen. Zarif le comunica a Laylaz que, en la práctica, su misión era utilizar el trabajo diplomático para ocultar los auténticos propósitos de la estrategia expansiva con voluntad hegemónica de la cúpula fundamentalista y que el presidente Rohani y el resto del gobierno no son otra cosa que marionetas para dar una apariencia de institucionalidad a lo que de hecho es una implacable máquina de guerra, opresión y corrupción. En este mismo sentido, le explica a Laylaz que la red de embajadas de la República Islámica en el mundo no son organismos diplomáticos, sino que, tras este decorado, son centros de inteligencia, espionaje y comunicación manejados por la Guardia Revolucionaria, dedicados a la intoxicación informativa, vigilancia de la oposición en el exilio y, cuando se considera procedente, infraestructuras de preparación y ejecución de ataques terroristas. Asimismo, Zarif admite que antes de cada reunión o conferencia relevante a nivel internacional en la que le correspondía encabezar como ministro del ramo la delegación iraní, debía ver a Soleimani que le cursaba las directrices oportunas, los objetivos a conseguir y como engañar a los representantes occidentales participantes. Desde esta perspectiva, la eliminación de Soleimani por Estados Unidos, según Zarif, ha sido peor para el régimen iraní que la destrucción de una gran ciudad.

Es obvio que la aparición de este material es una maniobra desesperada de Zarif para librarse de responsabilidades cuando el régimen deba responder por la gravedad de sus crímenes. En cualquier caso, los signos de descomposición interna del jomeinismo se multiplican y la continuidad de una política basada en un espejismo conduce a la diplomacia occidental a la inoperancia y a la colaboración ingenua con una de las peores amenazas que se ciernen sobre la paz y la estabilidad mundiales.