Resumo las reacciones frente a la gravísima crisis que padece Cataluña. Crisis que proviene, conviene recordarlo, de la conculcación del principio de autoridad y el de legalidad, así como la abstracción de quienes tienen la responsabilidad política de que estos se cumplan. He ahí lo que dicen algunos: Pere Aragonés, presidente en funciones de la Generalidad, estaba desaparecido hasta este lunes. Seis días de calles ardiendo, de vandalismo extremo, de poner en peligro inmuebles y personas, de robos con impunidad y de una policía a la que se la ha dejado a los pies de la horda y no sale hasta este lunes. ¿Qué ha dicho? Que apoya a los servidores públicos, que hace un llamamiento a la calma, que las manifestaciones han de ser pacíficas pero, eso sí, el vástago de la saga franquista de los Aragonés ha dejado claro que “hemos de evitar la criminalización de los que salen a la calle” y que “hay que tener presente que esto sucede en una situación de represión”. Le ha faltado el apreteu de Torra. Después de recordarnos que los Mossos son una policía integral, como cierta clase de pan, recomienda usar las armas de fuego y las defensas con serenidad. Pues nada, póngase usted frente a trescientas personas que le arrojan cascotes, palos, papeleras, señales de tráfico, martillos, cojinetes, sillas, vallas, lejía o pirotecnia y medite serenamente.

Las CUP, como no podía ser de otra manera, dicen por boca de Carles Riera que hay policías infiltrados para provocar “una espiral de violencia” y con “una clara intención de provocar enfrentamientos” rematando la faena con el amenazador “Existe una acumulación de malestar importante y es lógico que nosotros seamos contundentes”. Ah, y que hay que disolver la BRIMO, los antidisturbios. Toda una declaración de principios. Rahola se pone en todos sus estados en la radio del Conde de Godó suscribiendo la tesis de los malvados infiltrados. Más madera. Elisenda Paluzie, presidenta de la ANC, florido pensil en la floresta separatista, argumenta que “este ciclo represión-manifestación-represión solo puede acabar con la independencia”.

A todo esto, en el cintillo que aparece en el programa de tertulia, es un decir, Més 324, van saliendo mensajes que dicen “quemar un contenedor es quemar porquería y este país está repleto de ella, desde las alcantarillas del estado a la Corona o el Ibex”, “¿no sale hoy Felipe de Borbón a darnos un discursito? Las manifestaciones con incidentes las han provocado él y los ladrones de su familia” o “nos escandalizamos por los destrozos de las manifestaciones pero no por los que provoca el cuarenta por ciento de paro juvenil”. Lo que sorprende es que se haya desvelado que estos mensajes los ha enviado una persona que, miren por donde, trabaja de redactora en TV3. No se podía saber.

Hay centenares de comercios destrozados y saqueados, las pérdidas son millonarias, incluso las vidrieras modernistas del Palau de la Música, irreemplazables, han sido destrozadas en defensa del tal Hasel, niño bien e inútil confirmado

En La Vanguardia, el periodista Basté disculpa al delincuente reincidente Hasel alegando que la libertad de expresión está judicializada; en la C-58, autovía de salida de Barcelona siempre atestada, han arrojado piedras a los coches produciendo desperfectos en más de una veintena de automóviles y heridos de diversa consideración. Hay centenares de comercios destrozados y saqueados, las pérdidas son millonarias, incluso las vidrieras modernistas del Palau de la Música, irreemplazables, han sido destrozadas en defensa del tal Hasel, niño bien e inútil confirmado. Pero nadie dirá nada porque estamos en manos de vagos, de cobardes, de gente que sigue la agenda decidida en el Foro de Saô Paulo. Se trataba de pergeñar una estrategia para socavar las democracias occidentales e implantar dictaduras marxistas al precio que fuese.

Eso es lo que hay. Una revolución envuelta en palabrería, una revolución de los ricos en el caso catalán, de las nuevas élites comunistas surgidas de las universidades en el resto de España, una revolución que tiene como tropa a la hez de la sociedad, a los más ignorantes, a los más violentos. Ejemplo: un periodista pregunta a una manifestante por qué lo hace y esta le suelta la consigna de que han metido a uno en la cárcel por decir lo que piensa, pero a la segunda pregunta no sabe qué responder, limitándose a espetar “tío me estás rallando”.

Espejismos funestos y rallados.