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Opinión

Los esparabanes

Cada día que pasa está más claro que no hemos aprendido nada y que vamos a volver a donde estábamos, pero estamos saliendo de esta

La presidenta autonómica, Isabel Díaz Ayuso, durante una intervención en el pleno de la Asamblea de Madrid.
La presidenta autonómica, Isabel Díaz Ayuso, durante una intervención en el pleno de la Asamblea de Madrid. Efe

En mi tierra se usa (o se usaba cuando yo era chico) un término que no está en el diccionario de la Real Academia: esparabán. Con be, no con uve, porque “esparaván” sí está en el DRAE. Pero el esparabán y los esparabanes sí aparecen en el Diccionario General de la Lengua Asturiana y se usan en algunos otros lugares, como Galicia y Castilla-La Mancha.

Está claro que todas las variedades proceden del esparaván que registra la Academia: una enfermedad, un tumor que afecta a las patas de las caballerías o animales de tiro, y que les provoca espasmos violentos, extraños y fuera de su costumbre. Esto me lo imagino, claro, porque jamás he visto a un caballo o a una vaca con esparavanes.

El caso es que en León y Asturias se llama “esparabán” a los aspavientos y a los gestos exagerados o ridículos; y, por lo mismo, un esparabán es alguien dado a la exageración gestual, a mover mucho las manos, a los visajes, a las muecas y a todas esas cosas que suelen caracterizar a alguien que quiere llamar la atención. Es un término –esto ya lo han adivinado ustedes– despectivo o al menos poco cariñoso. No hagas esparabanes, que cualquier día te da un aire y te vas a quedar así, se les dice a los niños. Esa es una esparabana, se comenta, con sorna, de la señora o señorita dada al vocerío, a los mohínes destemplados, a procurar que todos la miren, a comportarse habitualmente como si estuviese haciendo teatro.

Pongamos algunos ejemplos.

Mi nueva e ilustre vecina, Isabel Díaz Ayuso, que tiene su austero alojamiento –apenas una celda con un ventanuco– en un hotel que hay aquí mismo, a dos pasos de mi casa, lleva ya cierto tiempo comportándose como una esparabana. Mujer de carácter fuerte y temperamental, parece haber hecho cuestión personal –algo muy peligroso en política– que la comunidad autónoma que ella preside, la de Madrid, pase inmediatamente a la siguiente fase del llamado 'desescalamiento'. Esto tiene perpleja a mucha gente, entre ellos yo, que no logramos entender por qué lo hace. Numerosas personas, sobre todo científicos, le han dicho que haga el favor, que lo piense mejor, que se esté “quietina un poco” (otra expresión de mi tierra), porque en Madrid llevamos casi 9.000 muertos por el putovirus, tenemos una densidad de población de 5.200 personas por kilómetro cuadrado, nuestra atención primaria en sanidad es muy mejorable, falta personal y nos arriesgamos a que la epidemia, que parece ya acochinada en tablas, recobre fuerzas y, en pocos días, ni fase uno ni fase dos ni fase nada: volvamos todos a la clausura monacal de estos dos meses. Que se espere unos días, nada más que unos días, hasta que no haya ninguna duda de que es seguro abrir bares y terrazas y tiendas y cines y lo que sea menester.

Bueno, pues no hay manera. En medio de una tormenta de esparabanes (más verbales que gestuales, también eso es cierto) mi egregia y ascética vecina sigue emperrada en abrirlo todo inmediatamente. Le han pedido por favor que sea prudente. Nada. Se lo ha pedido el presidente del Colegio de Médicos de Madrid, Miguel Ángel Sánchez Chillón. Nada. Se lo ha pedido el Colegio Oficial de Enfermería, que preside Jorge Andrada. Nada. Se lo han pedido sindicatos de enfermeros, médicos de familia, Fernando Simón, el Ministerio de Sanidad, su propia directora de Salud Pública, Yolanda Fuentes, que acabó por dimitir ante la obcecación de la jefa. Nada.

Ayuso, empeñada en que Madrid no haga 'desescalada' sino puenting, parece haberse convertido a sí misma en “la libertad guiando al pueblo” (si ven el cuadro de Delacroix, fíjense en la moza que lleva la bandera: ¡eso es un esparabán!) y no deja de repetir que el Gobierno impide que la comunidad madrileña cambie de fase porque Sánchez “odia Madrid”. Que es la ciudad en que nació y en la que vive. El “argumento”, que ha repetido también (no sin rubor, desde luego) una persona tan poco dada a los esparabanes como Teodoro García Egea, es indigno de un niño de cinco años y coloca a la presidenta madrileña a dos pasos del no menos ilustre y ecuánime señor Torra, otro esparabán de tomo y lomo, con el célebre Espanya ens roba o bien Espanya ens odia, que tanto da.

Sánchez, que sigue muy metido en su papel de fraile mendicante con ansias de martirio, suplica votos para prorrogar el estado de alarma

Ayuso no es la única persona (ni mucho menos) que, a medida que la pandemia dobla la cerviz, cae en el esparabán. De hecho, podría medirse el grado de retroceso del virus por el crecimiento del grado de esparabanes de los políticos, que parece directamente proporcional. Sánchez, que sigue muy metido en su papel de fraile mendicante con ansias de martirio, suplica por ahí votos para prorrogar el estado de alarma. Los “rufianes”, la extraña e inestable comparsa de esparabanes que propiciaron la investidura del actual presidente, amenazan con hacer saltar por los aires al Gobierno si este continúa su tímida y políticamente castísima relación con Arrimadas y su menguada grey. Se comportan como el novio celoso que riñe con su amada por la calle: deja de ponerme en evidencia, que les vas mirando a todos. Que no. Que sí, que lo he visto yo, que a ese que acaba de pasar te lo comías con los ojos. Que no, Acisclo, ni me he fijado, me habrá mirado él. Que sí, que les vas provocando y eso no te lo consiento. Ay, Acisclo, no digas tonterías, por favor, qué voy a hacer yo si me miran. Pues al próximo que te mire, te dejo aquí plantada y mañana te devuelvo las cartas y el anillo de pedida. Y así…

Caceroladas contra el Gobierno

Dicen los últimos sondeos (pero quién hará esos sondeos) que el torvo Abascal y sus centurias, las “juventudes tuiterianas”, están perdiendo mucho apoyo y se pegarían una leche de las de tres aspirinas si hubiese elecciones mañana. Es posible. Tratar a la gente como si fuese idiota, incluso a la gente que te sigue, es peligroso. Repetir obsesiva, goebbelsianamente, las mismas mentiras, como la de que España entera está inundada de cacerolas contra el Gobierno –pero todos vemos que eso es pura imaginación–, también es peligroso. Colar en todas las redes un mensaje sibilino, aparentemente amoroso y un tanto dulzarrón para que dejemos de aplaudir a los sanitarios, cada tarde en las ventanas (y que así todos se fijen en las cacerolas de las señoras bien, las llamadas cayetanas, que esas sí que son unas esparabanas de manual), es una peligrosa canallada porque al final te pillan.

Y al final, ¿qué es lo importante? Pues yo creo que lo importante es que estamos saliendo de esta. Cada día que pasa está más claro que no hemos aprendido nada y que vamos a volver a donde estábamos, pero estamos saliendo de esta. Y no gracias a los esparabanes, que parecen multiplicarse como setas después de la lluvia, sino a pesar de ellos. Al menos eso sí es una buena noticia.

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