Elevaron una alerta esta semana las autoridades sanitarias madrileñas: “Falta sangre en los hospitales, se necesitan donantes”. A las pocas horas, publicaron un segundo mensaje en el que se celebraba la solidaridad de los ciudadanos, que habían acudido en masa al llamamiento.

Unas horas antes de que esto sucediera, Fernando Simón ofreció su enésima rueda de prensa trufada de vaticinios interesados y medias verdades. El icono primaveral de la izquierda pop, aquel para quien pedían condecoraciones y del que se imprimieron camisetas, volvió a culpar a la población de las consecuencias de una decisión gubernamental. “La gente lo pasó mejor de lo que debía” en Navidad, dijo.

Nadie hablará de Simón dentro de cinco años porque, dentro de esta crisis, ha decidido jugar el papel de político enfervorizado; y rara vez ha actuado con la ciencia de la mano. Al menos, no lo ha hecho así cuando no le convenía. Porque Simón ha priorizado los intereses del Gobierno frente al conocimiento, lo que le convierte en un militante más. Con o sin carné, eso no tiene importancia.

Quienes le han defendido durante estos meses lo han hecho con la mayor de las simplezas, pues deben pensar que la sonrisa y el tono pausado son más importantes que el mensaje, pese a que su contenido esté cargado de injusticia y desatino. Esa gente obvia que, si el demonio viniera al mundo, no se presentaría con rabo y cuernos, sino que lo haría en aparente son de paz. Como lo hace Simón, con sus buenas caras, pero con sus palabras punzantes. Las que ha dedicado una y otra vez a unos ciudadanos a los que ha señalado de forma lamentable.

Porque esos mensajes inculpatorios abren la puerta al remordimiento a los más inocentes. Los que sentirán cargo de conciencia en las próximas semanas, si es que fallecen, aislados, los familiares que hayan contraído el coronavirus unas semanas atrás. “La gente lo pasó mejor de lo que debía”, dijo el portavoz gubernamental, como si el Gobierno hubiera vetado la Navidad -no lo hizo-. O como si los contagios no pudieran producirse en supermercados y vagones de metro abarrotados, en las aulas de los colegios e institutos o en las reuniones sociales que también están permitidas. O en los centros de trabajo donde se prima la presencialidad.

Deslealtad con los ciudadanos

Lo que afirmó Simón el otro día era previsible, pues el Ejecutivo y sus medios afines llevaban varias semanas preparando el terreno para atribuir a la Navidad la responsabilidad de la tercera ola de covid. Y es innegable que hubo ciudadanos irresponsables, como los imbéciles que celebraron aquella fiesta de tres días de duración en Cataluña. O los Mossos d'Esquadra que tardaron un par de días en desalojarlos, en otra muestra de que la Administración española tiene cada vez más dejes de país tercermundista.

Pese a todo, la inmensa mayoría de los españoles han cumplido con las normas y han realizado sacrificios que, en algunos casos, les han llevado a la ruina. O a no poder dar el último adiós a sus familiares. De ahí la crueldad de los mensajes que tratan de convertirles en homicidas de los suyos. Quienes los pronuncian no deberían seguir ni un minuto más como representantes públicos, pues trasladan a la sociedad comunicaciones equivocadas y menosprecian el sufrimiento de miles de ciudadanos, que son los que han perdido algo en esta crisis.

La realidad es que, cuando hace falta sangre, los españoles donan; del mismo modo que colaboran con las recogidas de alimentos en los supermercados o hacen gala de su generosidad en otras tantas causas colectivas. Frente a esto, se encuentra Fernando Simón, como también otros politicastros terriblemente ineficientes, como han sido las autoridades madrileñas en estos días.

El desastre de Filomena

Mientras los ciudadanos despejaban las aceras con los medios de los que disponían, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid han demostrado una asombrosa incompetencia para volver a poner en marcha la ciudad tras una nevada. Que no era un bombardeo, sino una precipitación (importante). Ocho días después de que Filomena llegara a la capital, hay muchas calles sin despejar y las aceras se encuentran abarrotadas de basura. Mientras, Isabel Díaz Ayuso sugiere en una entrevista que no sabían la que se les venía encima. Y José Luis Martínez Almeida tira de populismo y aparece en la fotografía empujando un coche. O en un periódico haciendo gala de dotes de mando.

Cuando pase la tempestad, sea cuando sea, quizás quede el poso de que la tópica indisciplina de los españoles ha contribuido en todo momento a empeorar las cosas. Y estoy de acuerdo en que un país lo hacen sus ciudadanos y que el nivel de España como sociedad no es ni mucho menos para tirar cohetes. Sin embargo, los gestores de estos acontecimientos -que se han visto desbordados en todo momento y, en algunos casos, han actuado con una intolerable perfiria- no deberían transmitir falsedades. Porque no es cierto que los españoles no se involucren en las causas comunes y se salten todas las reglas a la torera. En un año, han cumplido uno de los confinamientos más largos de Europa y la mayoría lo ha seguido a rajatabla. Y, cuando hace falta involucrarse en causas como la donación de sangre, acuden en masa.

Está claro que tenemos mil y un fallos como sociedad y es obvio que estamos en decadencia. Pero la mediocridad de la clase política y de los representantes institucionales es todavía mucho más acentuada que la de los ciudadanos de a pie. A los que ponen una y otra vez delante de un espejo convexo.