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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

España, ¿ser o no ser?

No nos engañemos: el cuento de que España nunca ha sido una nación es la coartada ideológica, aunque contradictoria, para justificar que no debe seguir siéndolo

El rey Felipe VI en una imagen de archivo.
El rey Felipe VI en una imagen de archivo. EFE

“Ser o no Ser”, esa es la cuestión…nacional. De vez en cuando algún político (separatista o no) o algún actor-'showman' (humorista o no), metidos a sesudos intelectuales, claman cual hecho patente e incuestionable que España ni existe ni ha existido nunca. Sería como mucho un conjunto inconexo y nunca logrado del todo de diversos pueblos-regiones-naciones, éstas sí paradójicamente dotadas de una existencia clara, cohesionada y diáfana, aunque nunca hayan sido proclamadas tales. Incluso muchas ciudades gozarían de una entidad históricamente más incuestionada que España. No nos engañemos: el cuento de que España nunca ha sido una nación es la coartada ideológica (aunque contradictoria) para justificar que no debe seguir siéndolo. La prueba es que otras naciones no necesitan estar permanentemente auto justificando su existencia aunque su nacimiento sea bastante más reciente y artificial que el nuestro.

A la leyenda de la España inexistente se le une la leyenda de una existencia intermitente, débil a ratos, o solo bajo la forma de corona o imperio como si un sujeto fuera algo sin su objeto. España, como mucho, sólo habría sido un apéndice inconexo de sus reyes-emperadores. A estos sí se les reconoce su nacimiento y existencia (un hecho biológico más difícil de negar), pero puesto que ellos son personas físicas que mueren, con su fallecimiento habría desaparecido lo que sus coronas hubieran podido representar. Tal vez por esto se esté insistiendo tanto en hacer de Felipe VI “el último Rey”. Si España sólo ha sido su corona, muerta ésta, muerta aquélla.

Los españoles de hoy ignoran su pasado común; se contentan con ser ciudadanos huérfanos de un país de cuyo nombre no conviene acordarse

Sin embargo afirmar esto supone ignorar varias cosas. Lo primero es que España no se diferencia en ello de otras viejas naciones. Lo segundo es que la corona históricamente no solo ha sido vínculo de unión de diversos territorios bajo su égida (imperial o no) sino también instrumento para establecer o fomentar (caprichosa e injustificadamente) nuevas divisiones de lo previamente unido. Así, los reyes españoles se significaron por una tendencia excesiva a conceder fueros y privilegios (desde fiscales a judiciales) a ciudades y monasterios, lo que convirtió a muchas de aquéllas en “verdaderos estados dentro de un estado”. Luego esta moda la recogerían las regiones y provincias como sucesoras o aglutinadoras de las ciudades. No solo fueron los que más fueros concedieron, sino los que más tiempo los mantuvieron, como puede comprobarse todavía hoy en el País Vasco y Navarra. Esto, por de pronto, tuvo consecuencias nefastas para el objetivo de mantener una Hacienda nacional saneada, justa y equilibrada.

Por otra parte, tras la muerte de algunos reyes sus testamentos prescribieron la división de su reino (cuya unión tanto esfuerzo había costado) entre sus hijos e hijas, provocando así nuevas guerras fratricidas: un hecho considerado por el propio Pi y Margall, presidente catalán de la I República española, como “verdaderamente inconcebible” (Las nacionalidades, 1936, p. 187). Sucedió por ejemplo en 1035, al morir Sancho el Grande, que había reunido a Castilla, Navarra, León, y el terreno que mediaba entre las márgenes del Cea y del Pisuerga. También al morir Fernando I en 1065, quien había reunido de nuevo lo separado por su padre, y que vuelve a cometer su mismo error dividiendo su reino entre sus hijos (Sancho, Alfonso y García) e hijas (Urraca y Elvira). También cuando muere Alfonso VII, de nuevo rey de Castilla y León, y que había conseguido que el resto de reyes y condes (catalanes) de España le reconocieran solemnemente como su emperador. Algo parecido ocurriría en Aragón cuando murió Jaime I, o antes cuando Alfonso el Batallador, rey de Aragón y Navarra, dejó en su testamento (1134) su reino a tres órdenes religiosas, aunque sus vasallos se negaron a cumplirlo.

España no fue pues un mero apéndice de sus reyes, sino algo previo o paralelo que existía y pervivió (milagrosamente) gracias a sus aciertos, pero también a pesar de sus errores. Esto no lo afirmamos sólo nosotros. Acudamos de nuevo a Pi i Margall (p. 50): “(…) Rusia, antes de ser vencida por los mongoles, no formaba cuerpo de nación ni tenía de mucho, aun contando como uno de los pueblos en que se había dividido, los límites que después ha tenido y tiene; que no sucedía con ella como con España, que nación había sido, y de la misma o mayor extensión que ahora, al ser invadida por los árabes”. Si no España y los españoles, ¿quién paró a los Almohades en las Navas de Tolosa (1212) cuya clara determinación era llevar la fe (y el gobierno) del profeta al corazón de Europa? Si no España y los españoles ¿quién paró al Imperio turco en Lepanto, encabezando a una coalición europea donde estaban ausentes franceses o ingleses?

El ‘no ser’ ya sabemos dónde lleva: al suicidio, al conflicto, a la bancarrota y al nihilismo. ¿Por qué no optar entonces por ‘seguir siendo’ lo que nos ha traído hasta aquí?

Por supuesto que entonces era imposible llamar a España “nación”, pues ese concepto nacería solo en el siglo XIX. Pero incluso aquí, no por casualidad, España sería una de las primeras en autoproclamarse “nación” en una Constitución (la de 1812), que decía, por ejemplo, en su artículo 2: “La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. En todo caso, no conviene perderse en la trampa del nominalismo (si galgos o podencos) o del anecdotario: España ha sido y viene siendo una “comunidad política de costumbres y sentimientos compartidos” desde hace siglos.  Así se lo han reconocido los “no-españoles”, denominando “Hispania” a estas tierras e “hispanos” a sus habitantes: desde Estesicoro de Himera en el siglo VIII a.C, pasando por Estrabón  y Plinio, a San Pablo en Romanos 15, 24. Ni siquiera en nuestra última guerra civil (1936-1939) estaba en cuestión la pervivencia de la nación española con los límites territoriales que se venían reconociendo desde antiguo.

Algo parece que ha cambiado. Los españoles hoy ignoran su pasado común, se contentan con ser ciudadanos huérfanos de un país, de cuyo nombre no conviene acordarse, poblado eso sí de numerosas a la par que injustas leyendas negras internas y externas. Un país al que parece unirle sólo la pandereta, la fiesta y el gordo de Navidad. ¿Ha desaparecido el país del cincel y de la maza, de la rabia y de la idea, como clamaba Machado, por las letrinas de las “fake-stories”? ¿Vamos a resignarnos a que España se convierta en un producto de política-ficción, un Objeto-Virtual-No-Identificado? ¿Deben calificarse los que todavía defienden lo contrario como carcas patrioteros, fachas trasnochados o españolistas de garrafón? ¿Es la división lo moderno y guay y la unión lo anticuado e ineficaz? ¿Dónde quedan los gritos revolucionarios de “un pueblo unido jamás será vencido” o “la unión hace la fuerza”? ¿Son siempre y en todo caso más eficaces las universidades por ser más independientes? ¿Lo son las regiones? ¿Lo serían las ciudades? ¿No representa eso la vuelta a los fueros, privilegios y reinos de taifas? ¿Dónde quedan valores como la cohesión, la rendición de cuentas o la igualdad? ¿Por qué lo que es bueno para Europa (“unidos en la diversidad”) no lo puede ser para una de sus naciones?

El “no ser” ya sabemos dónde lleva: al suicidio, al conflicto, a la bancarrota y al nihilismo. ¿Por qué no optar entonces por “seguir siendo” lo que nos ha traído hasta aquí? Ser españoles.

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