Últimamente se leen muchas comparaciones entre el clima de violencia pre guerra civil y la situación actual. Se tiende a decir que, si seguimos por este camino, podríamos acabar de nuevo enfrentándonos españoles contra españoles. Vale la pena analizarlo porque es uno de los núcleos básicos de la batalla cultural. Para hacerlo, de entrada, hay que normalizar el vocabulario, liberándolo de la censura de lo políticamente correcto. Decir, por vía de ejemplo, que la izquierda integrada por socialistas, comunistas y otras hierbas son, simple y llanamente, los rojos. Ellos mismos se enorgullecen de ello. ¿Qué problema hay, pues, en calificarlos así? ¿No somos los demás fascistas, nazis o falangistas, como si fuera lo mismo? Una vez aclarado que la violencia callejera puede estar organizada por la ultraderecha, los fascistas, los neonazis, los rojos, los separatistas o los comunistas, pasemos a comparar la España del treinta y seis con la de hoy.

Muchos dicen que no existe riesgo de conflicto porque para eso estamos en una Europa garante de las libertades. Y que esa misma Europa no lo permitiría. Eso es verdad, pero no es toda la verdad. La UE es, a día de hoy, un amasijo de intereses nacionales superpuestos que malconviven unos con otros y que ni siquiera se ponen de acuerdo acerca de cómo repartir el dinero para ayudarse por la pandemia. Europa, y del Reino Unido ni hablemos porque hacen rancho aparte, puede decir que los regímenes autoritarios no le gustan, pero sigue tratando con Turquía y, por cierto, rogándole a todos los santos que no se marche de la OTAN. Europa es débil porque sus integrantes lo son, y de la misma manera que los separatistas fiaban el destino de su república en Bruselas y fallaron, aunque la comparación sea odiosa, España no puede confiar en que vayan a sacarnos las castañas el fuego tecnócratas que redactan memorándums con mohín de disgusto aristocrático.

Algo, sin embargo, diferencia aquella España de la de hoy: el Rey

Bien es cierto que ahora no existe ni el Tercer Reich ni la Italia fascista ni, parece, la URSS. Pero los intereses particulares de no pocos estados siguen ahí, y contamos con un nuevo factor, China, que ya domina por completo el continente africano por vía de la colonización económica. Eso por no hablar de un Marruecos sólidamente armado al que los dedos se le vuelven huéspedes cada vez que miran en el mapa las Canarias, Ceuta y Melilla. No, no se fíen mucho de los que podrían ayudarnos desde fuera, ni mucho menos de los EEUU que, recuerden, cuando el 23-F dijeron que aquello era un asunto interno español.

La cosa queda reducida a lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer. Cierto es que los rojos – los llamaré así de ahora en delante de la misma forma que llamo separatistas a los de la estelada – aprietan en las calles, importan provocadores profesionales para que incendien y fomentan lo que he denominado ejército del crimen asaltando las instituciones y colocando en ellas a delincuentes. La derecha, atomizada y con una parte de ella, el PP, agobiada por demostrar que son más progresistas que un preservativo estampado con el arco iris, se muestra desnortada y sin una misma estrategia. Algo, sin embargo, diferencia aquella España de la de hoy: el Rey. La república, que dejó de serlo para acabar convertida en una dictadura al servicio de Stalin ante la mirada impasible del Comité de no Intervención que cerraba los ojos cuando este, Hitler o Mussolini enviaban armas a nuestro país, acabó en manos de asesinos porque no existía un poder moderador, una institución por encima de los partidos. Ahora que hablan tanto del franquismo, habría que decir que con la monarquía de Alfonso XIII y sin el Frente Popular y el detonante del asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo a manos de miembros de la motorizada de Prieto, no existiría el 18 de julio.

¿Estamos donde estábamos? Sí pero no. ¿Rojos y separatistas pretenden acabar con esta nación? Sí, pero tienen algo que les frena, además del Rey: la clase media que, aunque capitidisminuida y quebrada, sigue prefiriendo la democracia y la libertad antes que la dictadura chavista y las colas delante de los supermercado vacíos. El poder que media y la sensatez de la menestralía, he ahí lo que puede salvarnos. Tenemos ambas cosas. Solo hace falta emplear adjetivos y sustantivos como corresponde. Comunismo o libertad, dice la presidenta Ayuso. Tiene razón.

Y ahora, si me lo permiten, me tomaré unos días de pausa porque castigar la cuartilla a veces pesa demasiado en el alma de quien lo hace. Que disfruten en lo posible de la Semana Santa. Nos leemos el próximo martes, si Dios quiere.

Nuevo canal de debate

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