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Miquel Giménez

Opinión

El escenario post Puigdemont

Carles Puigdemont, interviene durante el consell nacional del PDeCat.
Carles Puigdemont, interviene durante el consell nacional del PDeCat. Efe

El errático comportamiento del fugadísimo de Bruselas no solo tiene harta a sus adversarios. Los correligionarios del ex president están tanto o más hartos, y ya andan diseñando un escenario en el que ni estará ni se le espera. De ahí que tanto el PDeCAT como Esquerra estén de los nervios.

Que lo detengan en Dinamarca o que se lo queden, pero que deje de jodernos

Eso comentan en las filas del separatismo. Todos están hasta las narices de un Carles Puigdemont que, opinan, va de vedette del El Molino. En Esquerra no le perdonan que se haya despachado con el comentario de que, antes de preso, prefería ser president. Lo toman, acertadamente, creo, como un insulto intolerable respecto a Oriol Junqueras. Los republicanos han modulado su discurso, que hasta ahora era, al menos en público, más o menos complaciente con el fugado de la justicia. Eso se ha acabado. El propio Joan Tardá o el tránsfuga Ernest Maragall dicen que ya está bien, que nadie es imprescindible y que el proceso no necesita nuevos mártires.

Porque ahí radica el miedo que tienen los de Junqueras e incluso los del PDeCAT, que Puigdemont sea detenido en Dinamarca, a donde acude a seguir meneando el braserillo de sus ansias locas de protagonismo. Si lo detienen y nos lo traen de vuelta a España, comentan, que irá a la cárcel y entonces no podremos prescindir de él; si continua en el extranjero, a base de langostas, champán y óperas, también tendremos un problema, porque no dejará de dar la vara, además de que eso es impresentable en un president que tiene a varios compañeros suyos en la cárcel. Así se expresaban privadamente dos dirigentes separatistas, uno de Esquerra y otro del PDeCAT, ante este cronista.

Rajoy aceptaría cualquier cosa con tal de no afrontar la crisis que nos lleva paralizando desde hace demasiado tiempo

Ese se ha propuesto jodernos a todos, remataban de manera lapidaria. Es así, el ex President sabe que le queda poco recorrido y desea – lo ha dejado clarísimo a su círculo más íntimo - morir matando. Se hace difícil compaginar esa intención con su negativa a volver para afrontar sus responsabilidades ante la justicia. De ahí las últimas maniobras de Elsa Artadi, solicitando la inmunidad del mismo si retorna a territorio nacional para ser investido como president. Que le salga gratis su apuesta por el golpe de estado, vamos. Pero la justicia ya ha hablado: inmunidad como diputado, sí, impunidad, no.

Eso desmonta los últimos movimientos a la desesperada que Puigdemont está intentando. Aunque para Mariano Rajoy le sería sumamente cómodo encontrar una vía de solución – este hombre aceptaría cualquier cosa con tal de no afrontar la crisis que nos lleva paralizando desde hace demasiado tiempo – y el fouché socialista Alfredo Pérez Rubalcaba se haya reunido con Marta Pascal, la máxima dirigente del PDeCAT, no hay posible acuerdo. Puigdemont se ha colocado en una situación imposible, tanto para el como para ese proceso que ya es solo una caricatura de lo que pretendía ser.

No es de extrañar que, viendo lo inútil de sus esfuerzos, los independentistas que desean volver la normalidad, para gobernar una Cataluña autonómica y así proseguir el clásico chantaje sistemático al Estado, vean imprescindible que Puigdemont quede arrinconado, despejando el camino.

Nada de eso hace mella en el delirio del huido. Es bien cierto que los dioses primero dejan ciego a aquellos a quienes pretenden perder para siempre.

Los únicos mártires son los que todavía están en la cárcel

Y no se hable más. Eso piensan no pocos dirigentes separatistas que ven con preocupación la imagen del señorito Puigdemont dándose la vida padre. Desde Bruselas también digo yo muchas cosas es el comentario más habitual entre independentistas no convergentes. El suelo se les está hundiendo bajo los pies, porque no van a poder mantener esta ilusión óptica mucho tiempo. Por eso los herederos políticos de Jordi Pujol están moviendo ficha en el terreno de la agitación y propaganda. Lo quieren todo atado y bien atado. Siempre se había dicho que la AMC, Asociación Catalana de Municipios y Comarcas, no era más que un instrumento en mano de los convergentes, pero ahora ya es público y notorio. Con la elección del alcalde de Sallent, David Saldoni, los hasta ahora defensores de Puigdemont han cerrado la tenaza para controlar a una AMC en la que sus miembros, alcaldes como fue Puigdemont, comienzan a formular preguntas demasiado incómodas. Son los representantes de la Cataluña interior, profunda, esa Tractoria de la que se ríen los partidarios de la Tabarnia cosmopolita y liberal.

Saldoni, miembro del PDeCAT y hombre de confianza del ex Conseller Turull, ha sido escogido con una mayoría a la búlgara, un 96’4 de los votos. En el acto de su elección estaba también presente el flamante President del Parlament catalán, Roger Torrent. No es casual. La joint venture entre los alcaldes separatistas y el President de la cámara catalana deja inmovilizados a esos que han ido vara en mano ora a apoyar a Artur Mas a declarar ante la justicia, ora a apoyar a Puigdemont en Bruselas. El mensaje es que estamos en otro tiempo político, que se estén quietecitos y no perturben la operación retorno a la legalidad que los nacionalistas pretenden llevar a cabo sea como sea.

El suflé independentista se va deshinchando y ya son pocas las personas que se congregan con sus banderitas y sus pancartas cuando toca. Los que dirigen el cotarro separatista han impuesto un perfil bajo en lo que respecta a la movilización de los suyos. Insistimos, no es que se hayan dado cuenta de que sus ideas nos han llevado hasta la ruina económica – un grupo de empresarios alemanes manifestaba el otro día que costarán más de una década recuperar el pulso económico en Cataluña – ni mucho menos. Lo que sucede es que, pijos y burgueses que son, aunque partidarios de que todo se lo financie el gasto público, están como locos deseando que aquí las cosas vuelvan a los antiguos tiempos, cuando a Pujol le hacían caso en Madrid, el ABC lo nombraba Español del Año y, en suma, en Moncloa se cagaban la pata abajo si los convergentes amenazaban con retirar su apoyo al gobierno de turno.

Se ha abierto el debate acerca de si la estructura autonómica es buena para España o no, siendo la opinión cada vez más extendida la de que el Estado debería reasumir competencias y centralizar las competencias

Existe otro elemento más que inquieta a los separatistas. Según un reciente estudio de la Fundación Elcano, la agitación separatista ha producido un efecto con el que no contaban. Se ha abierto el debate acerca de si la estructura autonómica es buena para España o no, siendo la opinión cada vez más extendida la de que el Estado debería reasumir competencias y centralizar las competencias. La gente de a pie está harta de tanta alharaca, de tanto parlamento de taifas, de tanto gasto inútil y de mantener con sus impuestos una tropa de buenos para nada, y eso vale tanto para Cataluña como para cualquier otra autonomía española.

Uno de los dirigentes separatistas a los que hacía antes referencia comentaba, con cierta ironía, que el proceso, lejos de conseguir la independencia catalana, había servido para que Barcelona se llenase de banderas españolas, para que Ciudadanos ganase las elecciones al Parlament o para que Societat Civil llenase las calles barcelonesas con más de un millón de personas en defensa de la Constitución y de la convivencia. Menudo negocio hemos hecho, cambiar el statu quo catalán para que Inés Arrimadas, si nos descuidamos, acabe por ser la primera presidenta de la Generalitat no nacionalista. Y ya sabes, añadía, que no cuento ni a Maragall ni a Montilla, porque estos del PSC siempre han ido al sol que más calienta.

Todo eso conlleva que se esté cociendo un extraño guiso a pocos días de la sesión de investidura. Nunca los que, en teoría, defienden a un candidato a la presidencia han tenido más ganas de que este no se presente. Lo invistan o no, Puigdemont se ha convertido en el escollo insalvable para los que decidieron un buen día romper la baraja y jugar al solitario. Ese es el escenario que deja Puigdemont tras de sí, un país roto y dividido, en la ruina, y con los suyos rezando a ver si le da por dedicarse a la papiroflexia. Ni Atila, aquel que se jactaba de que por donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba, lo hubiera hecho mejor. Et felicito, fill.

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