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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

¿Para qué sirve un ERTE?

El éxito del ERTE depende del diseño del resto de las instituciones laborales y de si se quiere o no ofrecer complementos que mejoren su utilidad, como la formación

El ERTE es una herramienta para crisis breves
El ERTE es una herramienta para crisis breves Twitter

¿Recuerdan a Neo? Ese héroe embutido en lonas de cuero que terminaba pareciendo más a un escarabajo saltarín que a un mártir por la causa de Sión. En la memorable primera entrega de Matrix, al final de la película (ojo, spoiler) Neo termina por visualizar el código que construye el mundo virtual diseñado por la máquina. Solo así es capaz de entender su funcionamiento y, después, vencerla. El asombro de sus compañeros, con un simple "He is de the one" pronunciado por Morpheus, es seguido por un espectáculo de suficiencia del que hasta hacía un momento parecía ser carne de cañón de los elfos con gafas oscuras (creo que mezclo pelis). Neo había entendido a Matrix y por ello era capaz de manipularla.

En economía muchas veces ocurre esto. Esta escena la uso en clase para decirles a los alumnos que deben buscar más allá de lo que los simples modelos o prejuicios les dictan para tratar de comprender lo mejor posible qué ocurre a su alrededor. Y sobre todo las razones. Solo así podrán entrar en el debate constructivo y aprovechar su análisis, y el de otros, para reconocer los problemas y plantear las soluciones.

Este tipo de análisis es el que merecen los expedientes de regulación de empleo (ERTE). Por una extraña razón, existen no pocos tertulianos y economistas que los señalan como una mala idea, y los acusan de ser la simple tapadera de un recipiente donde se guarda aquello que no se quiere ver. Ni oler. Es como la alfombra que levantamos para meterle debajo toda la mierda (con perdón). Obviamente esta visión es a la par que simple y obtusa. Solo se mira la superficie. No se entra en el código. Sin embargo, y a pesar de todo, si tratamos de ir un poco más allá veremos que los ERTE han tenido y tienen su utilidad.

Los despidos, implican una erosión y por ello reducción del stock productivo, algo que tememos que puede generar una crisis como la actual, temporal pero muy dura e intensa

Existen varias razones que aconsejaban, y siguen aconsejando aún hoy, el uso de esta figura legal para acomodar el shock de oferta y demanda en las horas trabajadas de las empresas. El despido de un trabajador debe ser el último recurso disponible para ajustar la capacidad de dicha empresa ante uno de estos shocks. Una de las principales razones es que, los despidos, implican una erosión y por ello reducción del stock productivo, algo que tememos que puede generar una crisis como la actual, temporal pero muy dura e intensa. Es cierto que los trabajadores no desaparecen físicamente si son despedidos. Siguen ahí, a la espera de una llamada para seguir trabajando. También es cierto que existe una amplia variedad de ocupaciones para las cuáles los trabajadores pueden reactivarse rápidamente. Pero poca gente valora el coste que supone, en términos de capacidad de crear valor de una persona, que esta sea despedida.

Cuando un trabajador es despedido y abandona un empleo, este se va con dos tipos de experiencias acumuladas: una general y otra específica. La experiencia general le habilita para poder acceder a cualquier ocupación con tareas similares a las desempeñadas en el empleo anterior. Es lo que podríamos llamar su experiencia en trabajar, en relacionarse como en aprender lo básico, o quizás no tan básico en algunos empleos, como el estar frente a gente, saber hacer formularios, o entender lo que se le pide que haga, saber responder a lo pedido, e incluso a innovar en sus tareas. Esta experiencia general es la que uno se lleva siempre consigo a cualquier sitio y le sirve indistintamente para cada empleo al que opte.

Junto a esta experiencia general existe la llamada experiencia específica, es decir, aquella que sólo vale para el empleo en el cual el trabajador ha estado trabajando hasta el momento del despido. Por ejemplo, si ha trabajado en una cadena de montaje de un alerón de un avión y ha desempeñado dos o tres tareas muy concretas y específicas, es muy probable que parte de las tareas que realizó y de la experiencia que adquirió no le sirvan para trabajar en unos grandes almacenes, o no sirvan para llevar un taxi.

La experiencia específica rápidamente se amortiza por el simple hecho de que el trabajador, concluido el ERTE, no pueda optar a volver a su mismo puesto de trabajo

Pues bien, ambas experiencias se erosionan durante las fases de desempleo. En concreto, la experiencia específica rápidamente se amortiza, por el simple hecho de que el trabajador no pueda optar a volver a su mismo puesto de trabajo, o siquiera similar. Pero, además, parte de esta habilidad específica del trabajador se habrá perdido durante su período de desempleo, no solo porque esta no sirva para otras ocupaciones, sino porque mantener esta habilidad obliga a estar constantemente practicando o aprendiendo. Y es que los conocimientos desaparecen poco a poco cuando estos no se ponen en práctica.

Es por ello por lo que se encuentra utilidad en evitar, cuando es posible, la ruptura de la relación laboral entre un trabajador y su empresa; siempre, claro está, que se asuma que esta tiene una elevada probabilidad de reactivarse en un tiempo prudente. Es más, si es posible que durante este tiempo de la inactividad el trabajador pueda estar formándose, mejor, pues así ya no solo no olvidarán sus habilidades para desarrollar tareas, sino que incluso podrá adquirir nuevas. En este caso no sólo estaríamos manteniendo el stock de factores productivos y su capacidad para generar valor, sino que incluso lo estaríamos mejorando.

El positivo ejemplo alemán

Esta es la estrategia seguida por países como Alemania, líder en este tipo de políticas desde hace mucho tiempo. El Kurzarbeit precisamente tiene su sentido por esta filosofía, la de formar a un trabajador durante el tiempo en el cual su relación laboral con la empresa, o bien se pone en suspenso, o bien se reduce en horas. Está más que demostrado que esta situación transitoria, en donde no se abandona la relación laboral, tiene efectos positivos sobre la actividad productiva a largo plazo. Además, las externalidades, es decir, los beneficios de estas políticas a la sociedad en su conjunto y no sólo a los trabajadores de las empresas que están relacionadas por un contrato laboral que se someten a este tipo de política, muy probablemente son positivas.

Los riesgos asumidos en la contratación serán menores, pues la apuesta realizada por la empresa en la persona es segura, ya que la información que  tiene sobre el trabajador es amplia

Pero hay otras razones además de la erosión del capital humano. Por un lado, un ERTE evita los costes que suponen despedir y volver a contratar a un trabajador. La búsqueda y la contratación suponen costes que recaen sobre las empresas. Sin embargo, reactivar a un trabajador que permanece en nómina, aunque en suspenso, siempre supondrá una tarea menor. Además, los riesgos asumidos en la contratación serán menores, pues la apuesta realizada por la empresa en la persona es segura, ya que la información que  tiene sobre el trabajador es amplia. Y es que aquél que ha sido despedido puede no estar esperando a que se le llame.

Por último, entre otras muchas razones, en una situación como la actual, el ERTE juega un papel sobre las expectativas muy valioso. Sabemos que las medidas fiscales de expansión son más efectivas si las expectativas de los consumidores y familias es positiva. Los ERTE ofrecen un colchón de seguridad, además de unos ingresos, que puede facilitar los efectos positivos de los impulsos fiscales, mucho más que estando en el desempleo.

Es obvio que no hay que ir al límite. Existen multitud de razones donde el ERTE no estaría justificado. Hay empleos cuya reactivación es sencilla y muchos donde la contratación ex novo de trabajadores no tiene ninguna dificultad. En esos casos, las propias empresas no tienen incentivos para usar esta figura, como es especialmente en actividades donde la contratación temporal es intensa. Tampoco debe ser una figura pensada para el largo plazo, sino para shocks intensos y temporales, por lo que el ERTE no tendría sentido en recesiones largas o depresiones, salvo por una apuesta cara por la formación. Por último, el éxito de este depende estrechamente del diseño del resto de instituciones laborales y de si se quiere o no ofrecer complementos que mejoren su utilidad, como la formación. Es por todo ello que, si tratan de entender las razones y la utilidad de ciertas políticas, en este caso los ERTE, será mejor que traten de ir más allá, de visualizarlo y comprenderlo. A veces es difícil. Otras no. Que se lo pregunten a Neo.

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