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José Alejandro Vara

editorial

El rey de la democracia camino del exilio

Pudo quedarse en España. No está ni imputado ni procesado. Juan Carlos I, el rey de la democracia, ha optado por el camino del exilio voluntario, por la Corona y por su hijo. Su último gesto

El rey emérito Juan Carlos de Borbón, en el Congreso de los Diputados, en una imagen de archivo.
El rey emérito Juan Carlos de Borbón, en el Congreso de los Diputados, en una imagen de archivo. EP

Humillado y a empujones. Juan Carlos I abandona España rumbo hacia el exilio, como su abuelo, Alfonso XIII, camino del voluntario destierro. Otro acontecimiento trágico en la historia de España, que parece condenada a repetir, como en un bucle siniestro, algunos de sus más tristes episodios. El rey emérito no sólo abandona La Zarzuela, una decisión imprescindible y en exceso postergada, sino que opta por la más dura de las opciones, el extrañamiento, quizás la muerte lejos de su patria. 

No era necesaria tan terrible decisión. Don Juan Carlos, que enlodó los últimos años de su reinado con errores y actitudes poco ejemplarizantes, podía haber permanecido en el país, como le aconsejaban muchos familiares y amigos. Judicialmente, ni está imputado, ni procesado, ni condenado. Ni siquiera ha sido llamado a declarar como testigo en la causa que pivota en torno a una princesa apócrifa y un excomisario poco presentable. La fiscalía del Supremo investiga el largo rosario de sucesos que ha venido publicando Vozpópuliy que, sin duda, mueven al más severo de los rechazos y a la más clara de las condenas.

Con su decisión, ha pretendido el rey emérito alejar a su hijo del ojo del huracán, apartarlo de la ciénaga que, inevitablemente, salpica en estos tiempos a la Corona. Un empeño voluntarioso y quizás baldío. En el seno mismo del Gobierno, y en esos elementos golpistas que lo apoyan, se alinean fuerzas que actúan como punta de lanza contra la monarquía, que buscan afanosamente derribar la Institución, el eje que sustenta nuestras libertades, el Estado de Derecho, la unidad de España y la Constitución. 

Pedro Sánchez jamás ha mostrado ni un signo de afecto, cariño, simpatía o incluso respeto hacia la causa que el rey encarna. Tan sólo puede encomendarse al valor creciente de su irreprochable conducta

Resulta quizás ingenuo pensar que, alejado ya de su país, con muchos kilómetros sentimentales y políticos de por medio la forzosa fuga de don Juan Carlos vaya a aplacar a esas hordas fanáticas que pretenden tumbar la Corona, es decir, el 'régimen del 78', como esos estólidos ganapanes recitan sin mesura. Cabe pensar, más bien, que doblarán sus esfuerzos para camuflar bajo el destartalado debate sobre el armiño sus propias torpezas, sus mayúsculas mentiras en la gestión de la pandemia y en la resolución de la crisis abrasadora. Felipe VI, lamentablemente, no cuenta con demasiados aliados para su causa. En la Moncloa no va a encontrar respaldo alguno, más bien, lo contrario. Pedro Sánchez jamás ha mostrado una señal de afecto, simpatía o incluso respeto hacia la causa que el rey encarna. Tan sólo puede encomendarse al valor creciente de su irreprochable conducta, inatacable desde su proclamación y calurosamente apreciada por la sociedad, y a la independencia de una Justicia que en ocasiones muestra signos peligrosos de acatamiento a los deseos del poder político.

Estamos ante uno de los episodios más tristes de la reciente historia de España, un suceso envuelto en la penumbra de acontecimientos de otro siglo, que creíamos ya sepultados y hasta olvidados. No ha sido así. Don Juan Carlos ensució penosamente su biografía y su trayectoria, pero su legado, pese a quien le pese, permanece. Frágil, tembloroso y asaeteado de incertidumbres, pero permanece, Fue, en efecto, el rey de la democracia, el motor del cambio, el artífice clave de la Transición. Franco, que dejaba todo 'atado y bien atado', lo colocó al frente del país con plenos poderes para actuar a su antojo. El Ejecutivo y Legislativo estaban en sus manos. Del Judicial no hace falta hablar. Pudo optar por un continuismo camuflado con toques de modernez, por un absolutismo light, pero apostó, con voluntad y convicción, por una monarquía parlamentaria que ha sido el soporte y la guía del periodo más fructífero y próspero de nuestra historia. Es un hecho contrastado e irrebatible y, aunque la izquierda opte por el tramposo silencio, es el momento de recordarlo. 

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