Equidistante vuelve a ser un insulto, la demostración palmaria que en la sociedad española ha rebrotado un nuevo eje de confrontación que divide al país en dos mitades irreconciliables. La última vez fue a costa del procés en Cataluña, independentistas y constitucionalistas disparaban contra los que osaban criticar a partes iguales la falta de diálogo del Gobierno de Rajoy y la flagrante ilegalidad que suponía imponer unas urnas sin sustento legal, en un simulacro de votación que relegaba la democracia a unas cajas con agujero. A estos irredentos que no jaleaban los argumentarios de unos u otros se les empezó a denominar equidistantes, con un profundo significante negativo equivalente a cobarde, sin valores ni criterio. Hoy rebrota el insulto hacia los que se atreven a admitir los errores del Gobierno al mismo tiempo que consideran que la oposición de este país no solo no está a la altura, sino que su posicionamiento desleal le perseguirá en los libros de Historia.

Si piensas que el PP debería ser un partido de Estado y arrimar el hombro, por mucho que electoralmente no le sume, eso te convierte en un izquierdista irredento

Las dos Españas no perdonan la falta de militancia. Mucho más efectivo que señalar al adversario convertido en enemigo, al que la crítica no solo no le amedrenta sino que lo reafirma en sus posiciones, resulta acusar al equidistante de hacerle el caldo gordo al adversario respectivo. No se perdona la duda, la discrepancia, la crítica, cada uno de los dos bloques exige lealtad hasta lo indefendible, la convicción del converso que es más fuerte que la de cuna. Si consideras que el vicepresidente Iglesias debería haberse abstenido de llamar golpista al diputado de Vox en una comisión pensada para el acuerdo y el consenso, eso te convierte en aliado de los de Abascal; imposible pensar que las mismas palabras en un mitin de UP hubieran tenido otra acogida. Si piensas que el PP debería ser un partido de Estado y arrimar el hombro, por mucho que electoralmente no le sume, eso te convierte en un comunista irredento, cómplice de un Gobierno que aprovecha la crisis para convertir a España en el satélite de la Venezuela de Maduro. Y en todo caso, un necio, una persona sin valores, un equidistante bien queda que no tiene lo que hay que tener para defender una postura.

Una espiral sin respuesta

Los niveles de equidistantes siempre son infinitamente más pequeños que los de los militantes de la trinchera. Es un lugar profundamente incómodo sobre el que unos y otros lanzan acusaciones que hacen sentir incómodo al que lo sufre. En primer lugar, por esa especie de ostracismo intelectual, en el que uno no puede refugiarse en el calor de la mayoría, en la tranquilidad de estar en posesión de la verdad ante la contundencia del número del grupo. En segundo lugar, porque la duda cada vez es mayor, no hay una tierra firme, un consenso en el que aposentarse y descansar sabiendo que uno está en lo correcto. La primera duda conduce a la segunda y así hasta acabar en una espiral sin respuesta. Y, en tercer lugar, porque cuando en una sociedad a alguien se le insulta llamándole equidistante es que la cosa es muy mal, la polarización ha alcanzado unos niveles donde la reconstrucción será muy complicada y tardará años en suturar heridas irreconciliables.

Si usted ha llegado a esta parte del artículo, es que ha empatizado con la reflexión, se ha sentido interpelado y ha tenido la calidez del refugio de saber que hay otros en su misma posición. De lo contrario, hubiera abandonado antes la lectura. En primer lugar, porque hoy se publican más tribunas de las que podemos leer; en segundo lugar, porque ya me habría descalificado de bien queda, de equidistante, de cómplice de los fachas o de los rojos; y, en tercer lugar, porque en esta tribuna nadie le dice que tiene razón o que no la tiene, nadie le dice qué pensar. Equidistante… y tú mas.