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Miguel Ángel Belloso

Opinión

Las elecciones y la tormenta perfecta

Si hay elecciones nos evitaremos durante unos meses padecer un Gobierno mostrenco, que algunos se empeñan en llamar 'progresista'

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado mes de julio en el Congreso.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado mes de julio en el Congreso. Efe.

Las presiones para que haya un acuerdo de última hora entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que evite unas nuevas elecciones son inmensas y vienen por doquier. El que fue primer director de El País y máximo responsable del Grupo Prisa, el inefable Juan Luis Cebrián, así lo ha escrito, y no hablaba sólo en su nombre sino en el de su íntimo, el expresidente Felipe González. Los líderes de los dos sindicatos mayoritarios, siempre dispuestos a perjudicar la marcha de la nación, también se han manifestado a favor. El argumento viene a ser el mismo. Para Cebrián, “la única salida racional para tener un equipo ministerial progresista y duradero en el tiempo como Sánchez predica es abrirse a la coalición”. ‘Progresista’, ¡qué palabra tan manoseada y obscena!

Con un gobierno progresista como también quieren UGT y CCOO, a fin de conformar una agenda que aspire a reconstruir un contrato social que derogue la reforma laboral, que amplifique la cobertura -o sea el déficit- de las pensiones y que robustezca el estado de bienestar mostrenco que padecemos en España, el país está abocado a la catástrofe. ¿Pero qué importa a este grupo de cretinos cuál sea el destino del país si pueden estar durante un tiempo más al frente de la nave, ya sea dispuestos a hundirla una vez más -como demuestra la evidencia empírica-, si así evitan la gran amenaza, es decir, un eventual advenimiento de la derecha? Absolutamente nada.  

El estado de la economía nacional presenta síntomas alarmantes. El sector inmobiliario da claras muestras de agotamiento, las exportaciones se han detenido, la demanda de crédito nuevo está bajo mínimos, no hay noticias de inversiones adicionales -ahuyentadas por la incertidumbre política- y los datos del mercado laboral empiezan a ser inquietantes. A pesar de la propaganda en contra del Gobierno en funciones, la subida del salario mínimo y de las cuotas sociales ha disparado los costes laborales, y se han cortado todas las amarras de contención del gasto en un momento en el que la coyuntura europea atraviesa una fragilidad notoria.

Estímulos postreros

La última salva lanzada por el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, es como el canto del cisne. La ha conseguido sacar a flote, aunque sorteando una fuerte resistencia de los halcones de la institución, y como una concesión a su despedida. Es verdad que Draghi sostuvo el euro en 2012 con su artillería pesada y prometiendo que haría todo lo que estuviera a su alcance para combatir la recesión; pero después de estos nuevos estímulos financieros, y con buena parte de la banca en estado comatoso en muchos estados de la UE, la munición adicional se ha reducido a cero.

Ni él mismo está convencido de que este paquete de estímulos postrero y más bien testimonial provoque efectos claros y duraderos para sostener la actividad y ahuyentar la recesión. ¿Pero qué importan estas circunstancias exógenas, que no podemos controlar, aunque tanto nos van a afectar, al grupo de cretinos que porfían por un gobierno progresista de coalición o a los pérfidos sindicatos que sólo aspiran a volver a degustar su plato de lentejas? Absolutamente nada.

Se ha hablado demasiado de la intención genuina del presidente Sánchez de convocar elecciones, de manera que todo lo que estamos viendo estos días en la escena política sería como una suerte de ópera bufa en pos de tal desenlace iniciáticamente concebido. Pero yo modestamente discrepo. Aunque todas las encuestas, no sólo la del CIS, aseguran que el Partido Socialista vería aumentar de manera sensible su representación parlamentaria, y esto, en verdad, parecería a cualquier dirigente político una tentación completamente irresistible, las elecciones siguen siendo una cuestión muy seria. Para cualquiera que crea en la importancia de los incentivos -y este es mi caso-, contra la posibilidad de ganar algunos escaños más para volver más o menos al punto de partida y seguir estando a gran distancia de la mayoría absoluta, está la incertidumbre de unos votantes agotados por la interminable disputa negociadora y el cruce de acusaciones entre los partidos de izquierda.

Sánchez tiene difícil construir una narrativa convincente y robusta para hacerse perdonar la traición al electorado de izquierdas

La amenaza de una abstención colosal planea majestuosa sobre el horizonte y no se me ocurre qué narrativa puede ofrecer el presidente Sánchez para hacerse perdonar la inflexibilidad arriscada con Podemos. Sí, puede esgrimir que ha quedado meridianamente claro que el señor Iglesias sólo pugna por obtener algunos sillones en La Moncloa, pero si esto no le parece mal al inefable señor Cebrián, o al expresidente Felipe González, ni a los pérfidos sindicatos, ¿por qué van a pensar algo distinto los ciudadanos y votantes de izquierda, incapaces de entender cómo se les escapa de nuevo la posibilidad de que se forme un gobierno progresista que restaure el orden natural de las cosas -que dirían ellos-, es decir, esas estúpidas políticas sociales que sólo socavan la competitividad del país y provocan con rapidez inaudita retraso económica y un aire hediondo de mediocridad pública? No, el presidente Sánchez tiene difícil construir una narrativa convincente y robusta para hacerse perdonar la traición al electorado de izquierdas.

Por eso mi opinión es que, en el último minuto, igual que España consiguió su pase a la final del Mundial de baloncesto venciendo agónicamente a Australia, habrá un acuerdo entre Sánchez e Iglesias. Naturalmente, es muy probable que me equivoque. Y no lo sentiré mucho. Si hay elecciones, nos evitaremos durante unos meses padecer un gobierno absolutamente mostrenco. Y si no las hay, que es lo que desean con fruición tanto el PP de Casado como Ciudadanos de Rivera, veremos en toda su intensidad la catástrofe a la que nos conducen con premura las políticas progresistas y de izquierdas que tanto gustan a los Cebrianes y González, a los sindicatos, y al medio país incauto que todavía ignora alegre y confiado la llegada de la tormenta perfecta.  

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