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Juan José Laborda

Opinion

Elecciones y primarias: el rechazo del postureo

El problema, o la virtud, de las primarias es que quienes no las ganan pierden todo el poder interno. Prácticamente desaparecen

Los líderes de Podemos y del PSOE, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, durante la reunión de sus equipos en el Congreso.
Los líderes de Podemos y del PSOE, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, durante la reunión de sus equipos en el Congreso. EFE

Aunque formalmente el 23 de septiembre se disolverían las dos Cámaras y se convocarían elecciones para el 10 de noviembre, el próximo lunes día 16 se terminará, en la práctica, el plazo para que se encuentre una mayoría en el Congreso de los Diputados que haga presidente del Gobierno a Pedro Sánchez.

Desde el pasado 23 de abril, conocido cuál era la voluntad de los electores, hasta este mes de septiembre, los españoles han experimentado una combinación de paciencia y de confusión con las declaraciones, conversaciones y negociaciones que han ocupado el tiempo mediático de la docena de dirigentes políticos que han absorbido, exclusivamente, la atención en este largo tiempo…de inacción institucional y democrática.

Durante estos meses, aunque habíamos elegido a nuestros parlamentarios, a los que debíamos escuchar hablando de soluciones para evitar estas nuevas elecciones, sin embargo, la inmensa mayoría de los diputados y senadores permanecen inéditos en los diarios de sesiones de las Cámaras de la Legislatura que comenzó hace casi medio año.

Tremendo lo del Senado. Aunque no participa en la elección del presidente del Gobierno, y aunque ahora tenga una mayoría perfectamente dispuesta a cumplir con sus obligaciones legislativas, será disuelto a la vez que el Congreso, y parece muy probable que unas nuevas elecciones den una composición diferente. Ningún miembro del actual Senado ha hecho declaraciones sobre ese particular. Sabiendo la competencia exclusiva que el Senado tiene con el famoso artículo 155 de la Constitución.

Se siente un sordo rechazo contra tanto postureo puramente partidario. Los jefes de los partidos son vistos como sujetos encantados, que viven fuera de la realidad. Sus millones de compatriotas y electores, inquietos por los serios problemas que aquejan a España, a Europa y a todo el Mundo, irán tomando conciencia de lo que ha venido pasando desde que depositaron su voto allá por el mes de abril, cuando creyeron que la parálisis del Gobierno de Rajoy sería corregida, por fin, por las Cámaras recién elegidas. Por eso, una vez más, los sondeos electorales de hoy podrán cambiar mucho cuando los ciudadanos acudan de nuevo a las urnas el próximo mes de noviembre.

Que vayamos a otras elecciones parece un destino inexorable, aunque Unidas Podemos oferte sus votos a cambio de nada. Esa sería la última pesadilla para Pedro Sánchez. Ser elegido en precario, dependiendo su Gobierno y su programa legislativo de los humores políticos de Pablo Iglesias y de sus múltiples asociados ideológicos, le tendría que llevar a renunciar ante el Rey a repetir la investidura. Una situación parecida a la de Rajoy en enero de 2016, con la diferencia, eso sí, que en esta situación, aparte de que el reloj ya está en marcha, no existe un candidato alternativo a Pedro Sánchez.

La ira y las culpas se ceban en los políticos actuales. Sin embargo, opino que los métodos actuales de selección de los líderes partidarios son la causa principal -no la única- de sus insatisfactorios resultados. Cuando en Estados Unidos se vieron los muchos problemas que se derivaban de sus antiquísimas “primarias” (ahí esta Trump como resultado), fue cuando en muchas democracias, desde Europa hasta Israel, pasando por Argentina, se importaron las “primarias”, calificadas como un avance democrático, bien que en unos tiempos de muy escaso nivel ideológico.

En España, además, las llamadas “primarias” son sólo elecciones entre militantes, y los militantes no son representativos de sus votantes. Esto obliga al candidato a líder partidario a prometer medidas populares entre los afiliados, pero cuando busca los votos de la mayoría de los ciudadanos, esas medidas pasan a segundo plano, y si encima puede gobernar, se olvidan completamente.

Desde el pasado abril, Pedro Sánchez ha regresado sigilosamente a las posiciones de la socialdemocracia, muy alejado de Podemos

Pedro Sánchez no es el único con tales cambios. Ganó las primarias apelando a la “izquierda”, se situó cómodamente en una parecida línea de Podemos, pero desde su discurso de investidura de abril, Sánchez regresaba silenciosamente a las posiciones de la socialdemocracia, y esa falta de argumentos para esa rectificación, puede que afecte en forma de abstención entre los partidarios más sanchistas de ayer. El drama de las posibles nuevas elecciones procede de esta simulación obligada, y las dos caras del dios romano Jano puede que expliquen su relación con un destino imprevisible.

Pablo Casado ganó las elecciones partidarias con el mensaje de vuelta a los principios tradicionales del conservadurismo más ortodoxo. Medio año después, Casado está ocupando el centro ideológico, haciendo gestos de pragmatismo muy evidentes. ¿Podría Casado llegar a pactar con Sánchez después de las próximas elecciones? Todos los dirigentes de los principales partidos políticos saben que quién rompa ese actual nudo de sectarismo partidario, y que proponga una política de grandes acuerdos de larga duración, se convertirá en un autentico líder gubernamental en España.

No es el momento de analizar las primarias y sus muchos inconvenientes. Tan sólo una nota más. Las primarias ocasionan que quienes no las ganan, pierden casi todo el poder interno. Véase las listas electorales de las últimas elecciones en todos los partidos: están mayoritariamente los que apostaron por el ganador.

Si dentro del partido no son posibles los acuerdos, ¿extraña que los partidos sean incapaces entre ellos de cualquier pacto, transacción o consenso? Lo que probablemente está ocurriendo, y los indicios los encontramos con el nuevo gobierno de Italia, la reacción antiBrexit en Inglaterra, o el frenazo a los extremistas en Alemania, es que empieza a valorarse en política la capacidad de entenderse con el otro.

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