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Jorge Vilches

Opinión

La moderación da votos

Ciudadanos se equivocó: no se trataba de recuperar lo perdido (en torno al 15% de su potencial electorado se ha ido a Vox), sino de ganar el 40% todavía en disputa

La moderación da votos
La moderación da votos

No se engañen. Un debate en televisión se puede plantear con dos objetivos: que la prensa otorgue la victoria, o que el candidato esté convincente para el electorado indeciso. Y los dos términos no suelen coincidir. Al mundo periodístico le gusta el show, las explosiones de ira o ingenio, la performance con una foto, un libro o cualquier objeto. Es el 'zasca' que se dice ahora, eso que consigue que el adversario se quede cariacontecido, desconcertado, y que provoca la sonrisa del espectador.

Es cierto que se puede buscar solo el beneplácito de la prensa para conseguir la vitola de vencedor, y que eso redunde en unas urnas llenas. Ahora bien, en sociología electoral está demostrado que el perfil duro, el show, no genera votos automáticamente, ya que estamos en una sociedad del espectáculo donde la confrontación política, los rifirrafes, se asumen como un programa de televisión más, dispuesto siempre a enganchar a la audiencia.

La estrategia para un debate, en un panorama tan fragmentado y competitivo como el actual, debe guiarse por aquello que busca el electorado que duda y al que se quiere convencer. El aplauso del feligrés ya se tiene, así como el beneplácito o la crítica del periodista al que los lectores ya han encasillado. Y es que el argumento de autoridad de la prensa se ha deteriorado mucho en los últimos cinco años, y por eso funcionan las redes sociales como fuente alternativa.

No se puede predicar la paz, el orden constitucional y el fin del conflicto al tiempo que se dice lo contrario con los gestos y los modos. Eso es sobreactuar

La clave de estos debates era hacerse con la mayor bolsa de votos que tenemos hoy: la de los indecisos, sobre todo en el centro-derecha. El perfil de ese votante es el de la persona cansada del enfrentamiento continuo en el que vive España desde 2014 -por lo menos-, que ansía volver a su rutina tranquila, sin que se pongan en peligro sus costumbres ni los servicios sociales de los que disfruta.

Es un votante que está harto de la omnipresencia del “tema catalán”, preocupado por la marcha de la economía, el paro y las pensiones, y capaz de rascarse el bolsillo para Hacienda si encuentra sentido en ello. Es una persona que desconfía del político y, por tanto, de las grandes palabras universales como “justicia social”, algo más propio del universo imaginario de la izquierda. En definitiva: pagar menos impuestos, si es posible, y que “el gobierno nos deje tranquilos”.

En este sentido, hay que medir mucho la agresividad en los debates y en la campaña. Abascal y Vox han decidido convertir la palabra dura y grandilocuente en su seña de identidad. Conceptos como “patria”, “salvación”, “españoles” y “amenazas” que utilizan los voxistas, y que se oyen más que su programa, llaman a un conflicto que creen que les beneficiará en las urnas.

Sin embargo, esta identidad, este perfil de enfrentamiento contra todo y todos, también supone para Vox un techo electoral importante. Es más; cuanto mayor es el conflicto, menor atractivo producen los que lo animan y, en consecuencia, menos renta en las urnas.

La agresividad hay que medirla, como decía, sobre todo si se está en la oposición, en medio de una larga crisis del régimen. Por eso cierta prensa encontró flojo aPablo Casado en el primer debate, ya que no ofreció el espectáculo propio de una televisión que nos ha acostumbrado al show, y porque se limitó a recitar su programa.

Frente a la agresividad, que ya cansa, y en esto ha tenido mucho que ver la cantinela del independentismo, la moderación y la crítica bien medida dan votos

Del mismo modo, pareció que Rivera ganaba, más dispuesto a utilizar cualquier recurso que centrara en él la atención, desde interrupciones constantes al uso de todo tipo de objetos. Quería convertirse en el líder de la alternativa a Sánchez y sus aliados, pero se pasó en las formas hasta el punto de que Pablo Iglesias, en plan sacerdotal, le llamó “maleducado” e “impertinente”.

Cualquier manual de marketing electoral indica que la escenificación tiene que estar en consonancia con las propuestas y la crítica al adversario. Esto significa que no se puede predicar la paz, el orden constitucional, y el fin del conflicto, al tiempo que se dice lo contrario con los gestos y los modos. Eso es sobreactuar.

Si el electorado del centro-derecha que aún se mantiene indeciso busca el regreso a la tranquilidad añorada de tiempos del bipartidismo, hubiera sido lógico que el candidato se mostrara moderado. Esto era más sencillo para Pablo Casado que para Rivera, y hubiera sido imposible para Abascal. Si el votante derechista busca agresividad extrema, enfrentamiento y batalla, ahí está Vox, con cuyas formas trató de competir Rivera en los debates.

Ciudadanos se equivocó: no se trataba de recuperar lo perdido (en torno al 15% de su potencial electorado se ha ido a Vox), sino de ganar lo que está en disputa, que ronda el 40%. Esto es importante, máxime si se considera que las plazas fuertes de Vox son las grandes circunscripciones donde subir o bajar un poco en número de votos no es decisivo.

Otra cosa muy distinta es en las provincias donde se eligen pocos diputados, y donde este voto arrastra al del Senado. Ahí la disputa de Cs no es con Vox, sino con el PP, cuyo candidato presentó un perfil moderado pensando en ese tipo de elector y que de eso depende la victoria. Frente a la agresividad, que ya cansa, y en esto ha tenido mucho que ver la cantinela del independentismo, la moderación, la crítica bien medida y el horizonte de tranquilidad dan votos. Es una pena que esta ley obsoleta nos impida saber el impacto de los debates, y nos obligue a pensar estrategias y analizar decisiones sobre la base de datos pasados.

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