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Miquel Giménez

Opinión

Elecciones catalanas: ni sí ni no

Sino todo lo contrario. Hay más misterio en este tema que en una novela de Agatha Christie

Meritxell Budó.
Meritxell Budó. EFE

Servidor les anunciaba el otro día que esto de las elecciones al Parlamento catalániba para largo. A los de Cocomocho les interesa muchísimo que se celebren, porque saben que se juegan décadas de hegemonía convergente, mientras que a los sociatas lo dedos se les vuelven huéspedes por aprovechar al máximo el llamado “efecto Illa”, un sabor que maravilla.

Pues bien, la tartavoz del desgobierno de la Inutilidad, la reina de la simpatía, la sonrisa de Cataluña, la sin par Meritxell Budó, ha dicho hoy que todavía no saben si habrá o no convocatoria, que este viernes – y pasa la vida, pasa la vida – la mesa de partidos debería decidir por consenso el asunto y que, cachis la mar, caso de no haberlo, que no lo habrá, el Gobierno ya si eso igual toma una decisión. O sea, dicho en román paladino, que andan todos a la greña acordándose de las mutuas parentelas por ver quien acaba acaparando más chollos para colocar a amiguetes. Porque su afán no radica en ver quién controla mejor las residencias de ancianos, que ya se ha visto el desastre de la gestión del consejero de Esquerra El-Homrani. Tampoco se pelean porque tengan planes distintos de ayuda a empresas, autónomos o a los jóvenes que quieran montarse ni que sea un quiosco de pipas a ver si con eso evitan tener que emigrar a otras latitudes.

La pelea tampoco consiste en si sanitariamente es aconsejable o no convocar a la gente a votar. Salvo confinamiento general, no parece lógico permitir a la gente que acuda al trabajo o se desplace, pongamos por caso, en transporte público y, por el contrario, no pueda ir con las garantías preceptivas a depositar su papeleta en una urna. O que se pueda estar en una oficina o una fábrica ocho horas y no se pueda estar en una mesa electoral, insistimos, con todas las medidas que sean precisas. Curiosamente, no es tan solo en el campo separata donde existe división de pareceres. Carrizosa, que desea ganar tiempo para ver si el efecto Lorena Roldán sumado al espaldarazo que le han dado los fundadores de Ciudadanos, salvo Félix Ovejero, al partido de Arrimadas redunda en su beneficio electoral. Quien esto firma lo duda mucho. Todo lo que no hubiera sido poner de cabeza de cartel a alguien tipo Cañas son tiritas para un corazón partido.

El que ha metido el dedo en la llaga ha sido, una vez más, el candidato popular Alejandro Fernández, señalando que todo esto no es más que una discusión partidista

Lo más llamativo es lo que ha dicho la candidata de En Comú Podem, Jéssica Albiach. Ha hecho un Budó, a saber, se ha parapetado detrás de la excusa de que este viernes – y sigue pasando la vida – tiene una reunión con su partido donde decidirán si apoyan o no un retraso en las autonómicas. Esquerra, en cambio, ha salido diciendo que las condiciones sanitarias no son buenas y si, efectivamente, no lo son. Pero siendo el máximo responsable del ejecutivo catalán miembro de Esquerra algo más podrían haber dicho. Que monten un grupo de wasap a ver si hablan más entre ellos.

El que ha metido el dedo en la llaga ha sido, una vez más, el candidato popular Alejandro Fernández señalando que todo esto no es más que una discusión partidista y que, pase lo que pase en la mesa camilla de partidos, lo que se decida, “tendrá que ver con todo menos con los criterios sanitarios, que es lo peor que nos puede pasar”. Pero es que vivimos en un país en el que, mi querido Alejandro, cualquier cosa que se haga siempre obedece al criterio de partido. Desde citar comités científicos inexistentes a prometer ingresos vitales mínimos que hacen honor a su nombre, porque es mínima la población que lo obtiene.

Y uno se pregunta qué pasará si, al final, la gente decide quedarse en su casa, harta de tanta farsa, de tanto chalaneo, de tanta mentira. Porque todas las encuestas dicen esto o aquello, pero ninguna habla del estado anímico del personal, agotado por el virus, por la crisis, por el desengaño. Ya pueden espabilar todos, y digo todos, los candidatos. Como no ofrezcan algo tan sencillo como es la esperanza, dará igual que las elecciones sean en febrero, en marzo o ad calendas grecas.

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