Dicen que el verano es tiempo propicio para el olvido. Quizá esté en el fondo de la agitada búsqueda de diversión de ésta época, olvidar. Los malos amores, las decepciones y los sueños rotos. Aunque es un evidente mecanismo de defensa para que el dolor de los malos recuerdos encuentre un lugar de silencio en el alma, el olvido nos causa problemas más persistentes y de mayor tormento. Uno puede ignorar, incluso despreciar la teoría freudiana del psicoanálisis, pero no el cine inolvidable sobre la desmemoria. Hithcock sucumbió en Recuerda, con ensoñaciones diseñadas por Salvador Dalí. Christopher Nolan irrumpió en escena con su amnésica Memento. Y la película más interesante sobre los efectos adversos de ese tan recetado e inducido olvido como cura a todo mal, salvo el de volver a cometer los mismos errores, Olvídate de mí, el mejor papel de Jim Carrey al no hacer de Jim Carrey.

Ahora se imputarán a Ábalos todas las posibles corrupciones que se hayan cometido por contratos multimillonarios a empresas de amigos del PSOE durante la pandemia

Nos insisten en las bondades de olvidar, llegando a asociarlo con una cualidad positiva, purificadora incluso. Normalmente, quien acude a la desmemoria es porque huye de la mala conciencia. El Gobierno insiste en la nueva etapa tras los nombramientos del Consejo de Ministros. Borrón y cuenta nueva. Hay quien pueda caer en la tentación de la lectura gatopardista de la renovación, pero es un cambio real para avanzar en la agenda de poder de Sánchez. Ahora se imputarán a Ábalos todas las posibles corrupciones que se hayan cometido por contratos multimillonarios a empresas de amigos del PSOE durante la pandemia, mientras impedían trabajar al tejido productivo del país. Imputarán todos los excesos de marketing, incluso las mentiras al despeñado Redondo. Pero la sección femenina del Consejo de Ministros, que desfiló por un plató de televisión como si fuese la presentación de un reality, dejó claro que había llegado hasta allí por el fanatismo de las protagonistas. Por algún motivo aún sin esclarecer, los puestos de más poder de la renovación feminista han recaído en hombres, Presidencia y Asuntos Exteriores, sin que sean paseados por un escaparate condescendiente e infantil.

Olvidar para avanzar, repiten los que han progresado haciendo del rencor su bandera y han construido realidades para justificarlo. El obligado olvido que nos exigen a los ciudadanos es un acto de doma en el que piensan sacar el látigo del miedo, recurrente y persistente al virus. Empieza a percibirse un miedo generalizado, ya sea al contagio o a sufrir medidas restrictivas cuestionables. Un estado de desconfianza y odio entre los propios ciudadanos, acusados de irresponsables o de paranoicos por el caos premeditado del Gobierno desde el inicio de su mandato con la pandemia, quien sale impune. Cuestionar al Gobierno lo han convertido en sinónimo de cuestionar la realidad del coronavirus.

Ese estado de confusión, desconfianza y miedo divide de forma irremediable una sociedad que empezará a reaccionar con odio sistemático a todo lo que esté fuera de la oficialidad

El objetivo final de exigirnos el olvido no es su impunidad, sino la amnistía. El Gobierno, con sus mentiras y ataques a la realidad y al Poder Judicial, no busca ser perdonado, sino acabar con toda posibilidad de ser criticado. Por eso no ocultan, sino que alardean de sus insultos al Tribunal Constitucional, por sentenciar que vulneraron derechos fundamentales al no seguir los mecanismos constitucionalmente existentes para protegerlos en una situación de restricción de los mismos. Al Tribunal de Cuentas, al Banco de España y a cualquiera con un membrete oficial que no celebre con entusiasmo las decisiones gubernamentales.

Politizan sus ataques porque no buscan zafarse de su última tropelía sino hacer una transformación cultural, que los ciudadanos confundan a los garantes de la democracia con sus enemigos. Ese estado de confusión, desconfianza y miedo divide de forma irremediable a una sociedad que empezará a reaccionar con odio sistemático a todo lo que esté fuera de la oficialidad, la nueva realidad que habrá que tragar. Para ello será necesario destruir lo existente, olvidarlo. "Construir pueblo", afirma Errejón con obsesión, pero un pueblo sumiso, olvidadizo e ignorante que mantenga a gente como él en el poder.

Las formas de la violencia

La exigencia de olvido del presidente Sánchez va más allá de sus transgresiones en sus años de Gobierno. Busca que olvidemos todo concepto democrático surgido en la Constitución del 78, que olvidemos lo que una vez creímos era un Estado de derecho. La nueva realidad democrática, resiliente y ecosostenible será la proclamada por el Gobierno. Es una de las formas de violencia que practica, el ataque a la realidad, la imposición del olvido para poder construir nuevos pilares tiránicos y que sean aceptados por la ciudadanía bajo una falsa democracia al no quedar nada de la anterior.

La pereza y la comodidad, tan propias del verano, nos empujan a pasar página, a obedecer y a temer. Pero exigir responsabilidades a un Gobierno y no olvidar sus ataques al sistema democrático, mantener la razón y no caer en el sueño nebuloso del olvido empieza a ser el último resquicio de ejercicio de ciudadanía para muchos. Cuanto más lejos estén unas elecciones más difícil será mantener la ciudadanía en ejercicio.