En mi libro La Guerra Cultural: los enemigos internos de España y Occidente detecto como un problema fundamental y creciente en las sociedades occidentales, especialmente en la española, la tendencia a que el sano debate desaparezca, quedando el discurso fijado en torno a un par de contradicciones irreconciliables, donde la tesis de los unos niega el derecho a cualquier viso de verdad en la tesis de los otros. Poco después leí The Middle Way. ABCs of Happinness in a World of Extremes de Lou Marinoff (autor de Más Platón y menos Prozac), donde puede encontrase un diagnóstico similar de la situación que vivimos.

Como el dios Jano, todo tiene dos caras, desde la tecnología de “doble uso”, al sexo o el dinero. Todo puede utilizarse para el bien o para el mal. El límite es el exceso y la solución la búsqueda del equilibrio. Cosa difícil en tiempos de pensamiento débil donde predomina el análisis superficial de los problemas. Cada día es más difícil encontrar diagnósticos rigurosos y completos (que cubran todos los puntos de vista posibles) de fenómenos complejos. Todo se resuelve con la política de un solo ojo, con un eslogan o una etiqueta, si es posible que manipule nuestros sentimientos. Se crean bloques irreconciliables donde nadie está dispuesto a cambiar de opinión. Se impone el sesgo cognitivo desde la política hasta el fútbol. Tanto se trate de la visión de nuestro pasado como de problemas económicos o sociales predomina la simplificación del discurso y el pre-juicio. Todo análisis se queda en la causa aparente y no se va más allá, despreciando indagar en la causa de la causa. No se busca resolver el problema sino crear un discurso que permita alcanzar el poder. El sillón es el objetivo, no el bienestar de la nación: “Que la realidad y los datos no nos estropeen un buen titular o nuestra presunción de estar en lo cierto”.

No se analiza por qué los maestros ya no son referentes ni los efectos de que el pensamiento complejo desaparezca del sistema educativo

Decía A. Daniélou: “Toda explicación que parezca simple y lógica resulta inevitablemente errónea”. Así, por ejemplo, si la única causa de la violencia de género es el machismo y la vieja educación heteropatriarcal, no se entiende por qué dicho tipo de violencia crece más entre los adolescentes; si la principal causa de los malos resultados académicos es la falta de inversión pública no se entiende por qué las Comunidades Autónomas (y los países) con mejores resultados no son siempre los que más dinero gastan por alumno. Se tiene miedo a profundizar en el diagnóstico no vaya a ser que aparezca algo que no nos interesa destacar. Por tanto, no se analiza por qué los maestros ya no son referentes ni los efectos de que el pensamiento complejo desaparezca del sistema educativo o el objetivo de facilitarles la vida a los estudiantes, quitándoles obstáculos (esos engorrosos exámenes), sembrando la idea de que tienen derecho a pasar de curso, pero no el deber de estudiar. Así es difícil forjar el carácter y fomentar el pensamiento crítico, máxime cuando la memoria ya no es una parte a cultivar de la inteligencia sino un regalo de los dioses Google, Bing y Yahoo.

¿Mercado o Estado?

La posmodernidad ha traído el relativismo, pero en realidad sólo de la verdad que no interesa al “nuevo” relato imperante. En nombre de la lucha contra las doctrinas “fuertes” que degeneraron en dos guerras mundiales, se ha acabando imponiendo otro discurso, no menos agresivo, solo que disfrazado bajo caretas aparentemente bien intencionadas: la dictadura silenciosa. Debemos sin duda afrontar las situaciones de injusticia, pero sin necesidad de instalarnos en el eterno victimismo. Todos somos víctimas, pero también verdugos (a veces de uno mismo). Prevalece el narcisismo donde la responsabilidad de todo lo malo que ocurre es siempre de otros (el incompetente prepotente), mientras escasea la humildad y coraje necesarios para hacer auto-crítica y cuestionar permanentemente lo que consideras tus ideas más firmes. Lo primero lleva a persistir en el error que confronta, lo segundo a la sabiduría que une. En realidad, tan malo es la acumulación de capital excesivo e improductivo, como la carga fiscal excesiva y contraproducente que destroza la economía. Tan peligroso (o más) para la supervivencia del Estado de bienestar es la famosa austeridad que el exceso de gasto superfluo e innecesario que nos lleve a la bancarrota. ¿Mercado o Estado? Ambos se necesitan para sobrevivir. Pero preferimos vivir una memocracia, donde todo se reduce a un meme o a un memo.

Nuestra última Transición ha sido uno de esos momentos mágicos donde, por una vez, los unos no querían negar el derecho a existir a los otros

En España sabemos mucho de excesos. Los que han intentado reconducir nuestras tendencias autodestructivas suelen acabar mal, aunque a veces el puñal venga empuñado por intereses de fuera. Nuestra última Transición ha sido uno de esos momentos mágicos donde, por una vez, los unos no querían negar el derecho a existir a los otros, y todos cedieron en algo, en busca de un bien común mayor: se creó una monarquía con tintes republicanos, un estado autonómico donde canalizar las tensiones territoriales, un estado social y democrático de derecho… En la Constitución de 1978  (tras la de 1812) una parte no se impuso a la otra. Nos ha dado el periodo de paz y prosperidad más largo que conocemos. Demasiado bien nos iba: había pues que cargársela.

¿Por qué esta tendencia innata a destruir lo que funciona? Diríase que es cosa de las dos Españas irreconciliables, pero en todos los países late más de un alma, solo que son conscientes de que deben sujetar a la “bestia” del sectarismo (o el separatismo) en beneficio de un bien (común) mayor. Los partidos políticos no surgen para “partir” a la sociedad, sino para canalizar de manera civilizada las distintas visiones y expresiones presentes en una comunidad, sobre la base de que nadie puede tener toda la razón (nada se da nunca al 100%). Su misión es formular propuestas de mejora a problemas complejos, al tiempo que no crean nuevos problemas. Por ello, deben seleccionar a los mejores para dirigir los asuntos públicos con competencia y prudencia, sabiendo que tarde o temprano deben dejar en el poder a otros. El problema es que como todo esto desborda el (fácil) trabajo de preparar una charla universitaria o una arenga callejera, resulta tentador reducir el debate a demonizar al otro, eligiendo para ello a los que mejor quedan ante las cámaras. Llevamos años buscando la tercera España, pero en realidad debería ser la primera pues sin tener claros cuáles son nuestros intereses y valores comunes, sin equilibrio, mesura y prudencia…, ni puede haber democracia, ni puede perdurar ninguna comunidad política. España debe huir de los excesos que dividen, confunden y enfrentan, y volver al camino del medio y al equilibro que representó la Transición.

Jano presagiaba un buen final si era capaz de integrar sus dos rostros que podían entenderse como un ciclo (verano-invierno) que implica un tercer rostro: el que nos conduce al eterno presente donde todo conflicto se disuelve y puede encontrarse la armonía necesaria para que todo proceso dure y tenga éxito. Busquemos entonces el “tertium genus” romano y la “in medio virtus” aristotélica, y pongamos de una vez límite a tantos excesos demagógicos que enquistan el sano debate de ideas, recordando que “nulla ethica sine finibus”.