Este lunes almorzaba con un amigo ajeno al periodismo y la política, quien avanzado el encuentro deslizó un “Bueno, ¿que?¿Cómo ves el cambio de Gobierno?”, a lo que respondí sin dudar: “Pues creo que es un grito de ¡Socorro! de Pedro Sánchez al PSOE”. Me miró contrariado y balbuceó: “¡venga ya!”. Detrás de su sonrisa se atisbaba cara de no entender nada, aunque confieso que no se me ocurría forma mejor de resumírselo antes de contarle la cruenta guerra civil que vive el viejo partido del puño y la rosa.

“Verás, en realidad Sánchez es afiliado desde hace décadas; lo ha mamado -sus padres lo son desde la Transición- y en su juventud fue tan aparato como cualquiera de los barones que forzaron su caída en octubre de 2016. Lo que cambia todo es su determinación de volver, aupado por la militancia, para contradecirles. Aquello supuso la ruptura total con el PSOE refundado por Felipe González en 1974 en el exilio (Suresnes, Francia). A los ojos de la vieja guardia la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero (2000-2011) había sido todo lo heterodoxa que quieras, sí, pero, en el fondo, nunca dejó de ser ese PSOE de aparatos, de mesa camilla y negociaciones interminables de cuotas de poder y equilibrios territoriales en los congresos federales hasta altas horas de la madrugada. Con la elección de Sánchez por la. Militancia llegó el temido cesarismo hasta este sábado, a costa de tirar por la borda a los que le hicieron César; empezando por José Luis Ábalos, siguiendo por Carmen Calvo y terminando en su gurú Iván Redondo”.

A esa altura de la sobremesa, yo notaba que mi interlocutor ya ponía cara de circunstancias; como quien asiste a una discusión entre un testigo de Jehová y un adventista del séptimo día -un suponer- que se esfuerzan en explicarte qué diferencia la religión verdadera, la suya, de la del otro. Algo de eso en la, inextricable para muchos, guerra socialista.

“Mientras le ha ido bien no ha tenido reparos en mantener esa división interna porque le beneficiaba representar lo nuevo frente a lo viejo, incluso para justificar los pactos con Podemos y los independentistas, que la vieja guardia nunca vio bien. Eso ha sido así hasta la debacle del 4 de mayo en Madrid, Sánchez ha visto las orejas al lobo y ahora va a necesitar de todos; va a necesitar a un partido ilusionado para derrotar en las elecciones a los funestos sondeos de hoy que dicen que Pablo Casado será el próximo presidente”, concluí.

Es como si, en la nueva reinvención de sí mismo, Sánchez quisiera volver a aquel partido que el Alfredo Pérez Rubalcaba albacea de Zapatero le entregó en 2014; un PSOE exhausto pero reconocible para muchos de los votantes que le han abandonado

¿Cómo explicar, si no, que el presidente del Gobierno haya escogido para sustituir al todopoderoso Redondo como mano derecha en La Moncloa a quien fue su amigo, Óscar López, y le traicionó para irse de jefe de campaña de su rival en las primarias Patxi López; que haya nombrado ministra de Educación a Pilar Alegría, quien fuera portavoz de la candidatura de Susana Díaz; y que quite, nada menos, que el Ministerio de Política Territorial y la agenda catalana de las manos de Miquel Iceta y el PSC para entregárselos a la susanista en 2017 Isabel Rodríguez, pata negra del PSOE castellano-manchego y españolista de Emiliano García-Page?

Da la impresión de que el hoy presidente del Gobierno ha sucumbido a la idea de que “esto ya no es el PSOE”, susurrada por lo bajini entre los perdedores de las primarias hasta antes de ayer. Es como si, en una nueva reinvención de sí mismo, Pedro Sánchez quisiera volver en estas sus horas más bajas a aquel partido que el Alfredo Pérez Rubalcaba albacea de Zapatero le entregó en 2014; un PSOE exhausto tras la hecatombe electoral de 2011, pero reconocible para muchos de los votantes que ahora le han abandonado en Madrid y amenazan con hacerlo en el resto de España.

Ahora, a por la Ejecutiva

Creo que no me equivoco si digo que este intento de reunificación del catolicismo y el protestantismo socialistas a cargo del Papa Sánchez -adjudíquenos ustedes los nombres a cada etiqueta- es lo más importante de la crisis de gobierno vivida este sábado en La Moncloa. Una crisis en la cual muchos de sus protagonistas no imaginaban que acabaría con ellos en la calle o desplazados; eso es la política: soltar lastre para no hundir la embarcación.

Lanzar por la borda a Iván Redondo, Carmen Calvo, José Luis Ábalos y, en cierto modo, a Iceta -que no ha reprimido su malestar- merece capítulos aparte. Pero lo cierto es que la música de fondo de esta crisis ministerial gusta a los perdedores de las primarias de 2017 tanto como decepciona a aquellos que auparon al líder entre las bases y que ahora ya pueden decir sensu contrario por lo bajini: “Éste no es el PSOE de Pedro Sánchez”, el PSOE en el que “decide la militancia”.

Muchos de los que han torcido el gesto con los cambios ministeriales están en la actual Ejecutiva que formó el líder socialista tras el Congreso de 2017 a base de fidelidad a prueba de bombas contra el enemigo baronil… y no seguirán la mayoría de ellos porque a la revolución en el Gobierno va a seguir otra igual de profunda en el partido, que llevará a cabo en el 40 Congreso; una revolución que ya no preparará Ábalos sino la vicesecretaria, Adriana Lastra, y el número dos de Organización, Santos Cerdán, donde tomarán mayor protagonismo nombres que han empezado a emerger en esta crisis.

Lo de Iceta al Ministerio de Cultura o cualquier otro, con tal de que no siguiera en Política Territorial, era condición necesaria para que ese viejo PSOE, muy preocupado con la deriva territorial de España, se fíe de Sánchez y le vuelva a ver uno de los suyos

Todo forma parte de un mismo movimiento: evitar que las trifulcas entre los hoy quemados Calvo, Ábalos y Redondo, y que la cuestionada internamente por muchos agenda catalana opacaran la acción gubernamental de los fondos europeos; que lo de Iceta al Ministerio de Cultura o cualquier otro, con tal de que no siguiera en Política Territorial, era condición necesaria para que ese viejo PSOE, muy preocupado con la deriva territorial de España, se fíe de Sánchez y le vuelva a ver uno de los suyos.

Y si en el altar del sacrificio al partido el presidente pone, además, la cabeza del todopoderoso y odiado ex asesor del PP extremeño que indagó la vida y milagros de Guillermo Fernández Vara irritando con ello a un PSOE que nunca entendió la extraña pareja Sánchez/Redondo, para aupar a la Dirección de La Moncloa a un amigo personal que se pasó en las primarias de 2017 al enemigo Patxi López, mejor que mejor.

Da igual ya quien sea el próximo secretario de Organización que salga del 40 congreso en octubre en sustitución de José Luis Ábalos, da igual que sea el hoy número dos, Santos Cerdán, u otro. Para los mismos barones que critican episodios fallidos como la moción de censura en Murcia y la debacle electoral del 4 de mayo en Madrid -ahí empieza realmente el declive demoscópico de Sánchez-, su interlocutor en la sombra será el renacido Óscar López, quien ya ocupara el cargo de Ábalos bajo mandato del desaparecido Rubalcaba (2012-2014).

“Este partido necesita recuperar los afectos”. La expresión no es mía, es un ex presidente autonómico y del PSOE, José Antonio Griñán, en 2012 alarmado por los enfrentamientos que estaba viendo entre partidarios de Carme Chacón y Rubalcaba, que acabaría haciéndose con las riendas del PSOE… un juego de niños comparándolo con la guerra civil que vendría después entre sanchistas y antisanchistas.