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Alejo Vidal-Quadras

Opinión

Educación para el rebaño

El nuevo esquema educativo que nos propone el Gobierno busca la transformación del cuerpo electoral español en un rebaño indefenso

La ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá.
La ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá. EFE

La extrañamente portavoz del Gobierno -es difícil encontrar a alguien menos dotado para la función de transmitir con concisión y claridad la labor del Ejecutivo- es también ministra de Educación. Ha anunciado hace pocos días una nueva ley de la materia de su responsabilidad, y ya van nueve desde la Transición, que procede a desmontar la norma anterior promovida por el Gobierno del PP, que tampoco es que fuera una maravilla, y que recupera el modelo igualitarista, permisivo, sindicalizado, fragmentado y destructor del mérito, del esfuerzo y de la búsqueda de la excelencia, tan caro a la izquierda autodenominada progresista. Todos los elementos negativos que se pueden introducir en un ordenamiento del sistema educativo para hacerlo totalitario, ineficiente y mediocre están presentes sin faltar uno en el documento elaborado por el equipo de Isabel Celaá, en palpable demostración de que los socialistas siempre tiran al monte de la eliminación de la competitividad y la calidad en la enseñanza. Eso sí, en un ejercicio de cinismo propio de un Consejo de Ministros y Ministras presidido por un individuo que no sólo no ha escrito su tesis doctoral, sino que hay serias dudas de que la haya leído entera, tras anunciar unas bases para regular la educación completamente inasumibles por la mitad del Parlamento hace una llamada al diálogo y al acuerdo. El inolvidable François Revel ya dejó escrito que la principal fuerza que rige el mundo es la mentira, mucho antes de que se conocieran los conceptos de fake news y de posverdad. Si levantara la cabeza y asistiera a la fulgurante tarea de Pedro Sánchez como gobernante llegaría a la conclusión de que su célebre frase, pese a su inapelable contundencia, puede quedarse corta a la hora de describir las hazañas de algunos.

La reforma Celaá recupera el modelo igualitarista, permisivo, sindicalizado, fragmentado y destructor del mérito y del esfuerzo

Cualquier cabeza mínimamente sensata comprende que la sustitución de las reválidas por “pruebas muestrales multianuales”, sin consecuencia académica alguna, rebaja el nivel de exigencia peligrosamente y elimina un incentivo eficaz del estudio y de la fijación de conocimientos. En mi juventud teníamos dos reválidas, que se pasaban en Institutos de Enseñanza Media y donde éramos evaluados por catedráticos de las distintas disciplinas cuyo rigor y objetividad eran incontestables, por la sencilla razón de que no nos conocían ni tenían la menor relación con el centro en el que cursábamos los dos Bachilleratos de entonces, el Elemental y el Superior. Con decir que mi dominio de la Literatura Española fue juzgado por Don Guillermo Díaz Plaja y de Filosofía por Don Joaquín Carreras Artau, por poner dos ejemplos que recuerdo, no hay que añadir más. Lo mismo sucedía con el Curso Preuniversitario, puerta de entrada a la educación superior, cuya prueba se celebraba en la Universidad en análogas condiciones que las reválidas. Cualquier comparación con el coladero de la actual selectividad es simplemente ociosa.

La reducción de la repetición de curso para aquellos que no han superado un cierto número de asignaturas troncales a una figura “excepcional” y la creación de un plan individualizado para este tipo de alumnos equivale en la práctica a permitir que suba al curso siguiente la totalidad de la clase con independencia de su dedicación, destreza y resultados. Una forma irresponsable de engañar a los estudiantes y a sus familias y de condenarles a un probable fracaso en el futuro.

La obsesión sectaria contra la enseñanza concertada es la manifestación de la aversión a la libertad propia de la izquierda. Nuestra Constitución consagra el derecho de los padres a elegir el estilo de formación que desean para sus hijos y la manera concreta de garantizarlo es la pluralidad de oferta, incluyendo, les guste a no a los adeptos a la ideología de género, la separación en aulas distintas de chicos y chicas. Esa es una opción de sus progenitores y no del Gobierno. Al dar preferencia a los centros concertados con integración de sexos y al suprimir la demanda social como criterio de ampliación de plazas, se impone dictatorialmente en no pocos casos la escolarización en la red pública, con absoluto desprecio de la voluntad de los afectados.

La sustitución de las reválidas por ‘pruebas muestrales multianuales’, sin consecuencia académica, rebaja peligrosamente el nivel de exigencia

Y, por último, el espinoso tema de la asignatura de Religión. Si no es evaluable ni cuenta para nada ni se implanta una materia espejo, pues es de cajón que se la está expulsando de los colegios. En mis tiempos de bachiller, años de 1956 a 1963, cursábamos siete años de religión, el Catecismo en Ingreso y a continuación la Vida de Jesús, el Dogma, la Moral, la Historia de la Iglesia, cada año un contenido distinto de la doctrina católica con un creciente grado de profundidad a medida que avanzábamos en madurez y edad. Con independencia de la actitud de cada uno respecto a lo trascendente en su existencia adulta, el contacto en la etapa escolar con las preguntas últimas sobre el ser humano, sobre los misterios inabarcables del tiempo y la materia, sobre cuál es el comportamiento correcto respecto a nosotros mismos y los demás, sobre la evolución de las relaciones entre el poder religioso y el civil a lo largo de los siglos, son temas de un considerable efecto formativo, que obligan a pensar más allá de lo puramente material o episódico. Es imposible entender la civilización occidental sin una apreciación seria y completa del significado y el peso de la religión en Europa y en el mundo.

La izquierda dogmática y sectaria no tiene el menor interés en una sociedad de ciudadanos libres, alerta, cultos, dotados de discernimiento, capaces de comprender que una subida brusca del salario mínimo es una medida antisocial que expulsa del mercado de trabajo a decenas de miles de personas, que aumentar la presión fiscal y el gasto del Estado en un período de desaceleración económica es un disparate y que desgajar una Comunidad Autónoma de su principal mercado y de su matriz histórica, condenándola a la división y a la ruina, es un crimen político. Para sus perversos fines colectivistas y liberticidas es mejor dirigirse a un conjunto de mentes previamente vaciadas, susceptibles de tragar demagógicas ruedas de molino. El nuevo esquema educativo que nos propone el Gobierno Sánchez es exactamente eso, la transformación del cuerpo electoral español en un rebaño indefenso ante sus impúdicas falsedades.

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