El club de los poetas muertos (1989) marcó a toda una generación que encontró inspiración en el venerado profesor Keating. Robin Williams interpreta a un carismático docente de literatura que rompe los esquemas de sus alumnos, deslumbrándolos con sus novedosos métodos, inauditos en la escuela prestigiosa y de élite en la que se ubica la historia.

Lo que la película propone coincide con casi todo lo que no debe hacerse con estudiantes de esta edad. Qué deplorable muestra de soberbia quien pretende impartir lecciones de rebeldía a los principales expertos en ella: los adolescentes. El buen docente canaliza esta actitud –propia de la edad-, enseñando que para romper las reglas es preciso conocerlas primero. Picasso lo expresó sabiamente: “Aprender a pintar como los artistas del renacimiento me costó unos años; pintar como los niños me llevó toda la vida.”

El maestro debería inspirar interés por su asignatura, pero no a través de payasadas o pseudolecciones vitales como las de Keating. Quien hace esto revela un ego desmedido o un desconocimiento total de la naturaleza humana. Todavía no acabo de decidir cuál de estas opciones es más nociva en un docente. Si hay algo que no soporta un adolescente es que se le trate como a un crío . Un profesor serio y exigente muestra un profundo respeto hacia su alumno. No lo trata como al niño al que hay que proteger, sino como al adulto que es perfectamente capaz de responder a los retos que se le plantean.

Reclamar al alumno que dé más de sí es una manifestación de cariño e interés. Nuestro tiempo es lo único que estrictamente poseemos. Invertirlo en alguien es un modo de transmitir implícitamente este mensaje: “me importas, por eso espero que luches, que te esfuerces, que encuentres la mejor versión de ti mismo, esa que aún desconoces, pero yo soy capaz de entrever". La gente quedó asombrada al admirar por primera vez “La Piedad” de Miguel Ángel. Al preguntarle cómo había sido capaz de extraerla de un solo bloque de mármol respondió: “La escultura ya estaba dentro de la piedra. Yo únicamente he debido eliminar el mármol que le sobraba.”

Eliminar el mármol es laborioso y agotador. Ahora bien, la satisfacción que brinda no la puede igualar ningún otro tipo de placer obtenido instantáneamente y sin esfuerzo. Ésta es una de esas verdades que la gente conoce por experiencia y, en consecuencia, es propuesta por casi todas las corrientes éticas que ofrecen un mínimo de seriedad y conocimiento del ser humano.

Seriedad y honradez es justo algo de lo que adolece la ministra Isabel Celaá, lo que le ha permitido que, como quien no quiere la cosa, haya amanecido un día y nos haya propuesto prescindir de toda esta visión sobre la enseñanza. Un clavo más en el ataúd de la ya moribunda educación española: ignorar los contenidos mínimos de una asignatura ya no será criterio de nada, ni siquiera a la hora de acceder a estudios universitarios.

La señora ministra nos regala este decreto-ley sin parpadear, sin sonrojarse, sin rastro de azoramiento o bochorno en su rostro, como quien entra en el bar de siempre y no necesita decir qué desea tomar porque quien está detrás de la barra ya sabe. Las ventajas y seguridad que proporciona la rutina.

Comulgar con ruedas de molino

Es precisamente la rutina a la que nos tiene acostumbrado el Gobierno la que ha permitido que Celaá nos haya hecho comulgar con ruedas de molino que resultarían inimaginables en cualquier otra democracia de nuestro entorno. ¿O hemos olvidado ya la eliminación del castellano como lengua vehicular de la comunidad educativa en toda España? Uno más, entre otros, de los peajes a pagar a ERC para asegurar la continuidad de este gobierno ignominioso. Tienen un cheque en blanco, ¿quién no lo usaría? ¿Por qué eliminar el español sólo en Cataluña? ¡Tiremos la casa por la ventana, aplíquese a todo el territorio nacional! La doctrina del Lebensraum es lo que tiene, un apetito insaciable.

Los independentistas tienen tales delirios de grandeza, y el resto de españoles unas espaldas tan capaces de doblegarse hasta límites insospechados, que no me sorprendería en absoluto que toda la península acabe siendo La república dels Països Catalans i órbites subordinades. Deberían enfrentarse antes a los independentistas vascos, evidentemente. Quizá en esto consistirá la batalla final. A nosotros no nos quedará otra que ir por palomitas, tomar asiento y disfrutar de este circo desde fuera. Por lo visto es lo único que sabemos hacer de un tiempo a esta parte.

Nuestros partidos políticos han sido incapaces de llegar a un gran pacto de Estado en este ámbito, y se han empeñado en cambiar leyes con cada cambio de gobierno

Ahora bien, ¿qué heredaría el vencedor de tal enfrentamiento, al menos en lo que a educación se refiere? Las modificaciones introducidas por este Gobierno son sólo un paso más en el camino que lleva dando España durante décadas en dirección al empobrecimiento de su sistema educativo. Nuestros partidos políticos han sido incapaces de llegar a un gran pacto de Estado en este ámbito, cambiando leyes con cada cambio de gobierno. Por no hablar del impacto que tiene el traspaso de competencias a las distintas comunidades y ciudades autónomas en esta materia.

¿Qué decir sobre la politización de la educación pública? Prostituye en su raíz el concepto mismo de enseñanza. Los distintos tramos educativos (Primaria, ESO, Bachiller) van pasándose la patata caliente del bajo nivel de los alumnos, de forma que el profesorado universitario asiste atónito desde hace unas décadas al espectáculo de encontrarse con estudiantes incapaces de escribir un comentario de texto. Actualmente los docentes ya no se sorprenden ante este deplorable nivel. Se conforman con que parte del alumnado sea capaz de construir frases inteligibles basadas en la estructura simple de sujeto-verbo-predicado.

El papel de los padres

Y los padres… Esos que antaño respetaban al profesor, cuando tener una cátedra de instituto proporcionaba prestigio y admiración social. Ahora se entiende que el derecho a la educación es un producto a medida que debe exigirse según los criterios de cada quien. “Mi niño dice que le tienes manía, a ver qué haces o te pongo una inspección”.

En todas estas circunstancias, ¿cómo puede un docente plantearse su trabajo de la forma en la que lo he descrito? Nuestros niños y adolescentes pasan con sus profesores la mayor parte de su tiempo hasta llegar a la mayoría de edad. ¿Cómo pueden los primeros inspirar respeto, si ni siquiera pueden imponerlo –cosa desaconsejable, por otro lado? El mayor activo de una sociedad no radica en sus recursos naturales, sus infraestructuras o su geolocalización. Su mayor fortaleza son los valores y virtudes por los que se guían sus miembros, transmitidos de generación en generación. Cada uno de nosotros, como ciudadanos, como padres, profesores o políticos, debemos plantearnos seria y honradamente qué tipo de sociedad queremos ser, cuál queremos dejar en herencia. Una vez demos con la respuesta, es necesario recordar también que las mejores lecciones no provienen de un aula, sino del buen ejemplo.