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El PP, ante el momento decisivo

Ejecutiva del Partido Popular.
Ejecutiva del Partido Popular. EFE

Conviene no infravalorar la situación a la que la moción de censura de Pedro Sánchez ha empujado al Partido Popular. El hecho de que una de las dos formaciones políticas que han sido claves en el fortalecimiento de la democracia española afronte una seria crisis de liderazgo es un preocupante indicio de posibles inestabilidades futuras y de un potencial debilitamiento del Estado justo cuando más necesitados estamos de su fortaleza.

Es por otra parte incuestionable que los problemas del PP no sólo tienen que ver con la orfandad en la que parecen haber quedado sumidos sus dirigentes tras la renuncia de Mariano Rajoy a tutelar la imprevista y abrupta transición. La extraordinaria pérdida de apoyo social sufrida por el Partido Popular está principalmente asociada a dos factores: la decepción que su gestión dubitativa en lo político, e incoherente en lo económico, venía provocando en un amplio sector de su electorado natural; y, más allá de un cosmético cambio de caras, la ausencia de un verdadero proceso de renovación interna.

Por todo ello, la muy mediática y hasta morbosa competición abierta entre los candidatos a la sucesión de Rajoy servirá de muy poco si no va acompañada de un debate real sobre cómo acomodar al PP a las exigencias de la realidad española actual. A partir de esta premisa, la pregunta que hay que hacerse es: ¿quién de los candidatos y candidatas anunciados está capacitado para hacer algo así? Descartados outsiders y egos no controlados, antes de nada es obligado dedicarle unas líneas a Alberto Núñez Feijóo, por la relevancia de su decisión y porque las razones de fondo de su paso atrás debieran ser tenidas muy en cuenta por los aspirantes en liza.

Los anhelos nacionales de Feijóo se diluyeron frente a la enormidad de la sombra que amenazaba con arruinar su vida política y familiar

El presidente gallego se ha autoexcluido porque en el balance que hizo de pros y contras el peso de estos últimos era intolerable en términos de presión política y tranquilidad personal. El anhelo de hacerse con la presidencia nacional del partido se diluyó frente a la enormidad de la sombra que amenazaba con arruinar su vida política y familiar.

Núñez Feijóo siempre fue el mejor colocado, el que aparecía como el delfín con mayor consenso. Pero esa sensación era artificial; pura ficción. Porque él sabía que llegado el momento decisivo, en el que ya no iba a ser posible soslayar la propia responsabilidad, el PP no podía permitirse, en este momento crítico de su historia, un líder que no estuviera completamente blindado contra la más leve sospecha de corrupción.

Por parecidas razones, la opción María Dolores de Cospedal es tan arriesgada o más que la de Feijóo. Cierto que la todavía secretaria general ha sido la que en estos años ha tenido que defender el castillo de las acometidas de los Bárcenas y aguantar el tipo frente a las constantes y graves acusaciones judiciales, lo que aparentemente le concede más legitimidad moral que a sus oponentes. Pero con eso no va a contrarrestar el riesgo que representa de cara al futuro un círculo familiar y de amistades demasiado expuesto. El PP tampoco puede permitirse a Cospedal.

La exvicepresidenta es, junto a Rajoy, la gran culpable de la fuga de votos sufrida por los “populares”. El PP no puede permitírsela

Ni desde luego a Soraya Sáenz de Santamaría. Por motivos aparentemente distintos, pero a nuestro juicio incontestables. Se intentará vestir como se quiera, pero la hasta hace nada todopoderosa vicepresidenta del Gobierno es el vivo retrato del fracaso. Casualmente, los contados aciertos del Gobierno Rajoy deben anotarse en el haber del equipo económico, justo en el que menos influencia ejercía Santamaría. Lo que de ella dependía, como el dossier catalán, está manga por hombro. Sáenz de Santamaría confundió el Estado con la Administración y situó en los puestos clave a algunas docenas de opositores que nunca entendieron la diferencia entre administrar y hacer política. La exvicepresidenta es, junto a Rajoy, la gran culpable de la fuga de votos sufrida por los “populares”. El PP no puede permitírsela.

¿Quién entonces? Pues de los que han dado un paso al frente y tienen posibilidades, sólo Pablo Casado cumple en parte las condiciones higiénicas que son exigibles. El joven vicesecretario de Comunicación está convencido de que la investigación judicial sobre su máster universitario terminará despejando cualquier duda sobre su honestidad y la limpieza del proceso. Esperemos que sea así. El PP se juega en este envite mucho más que un relevo. Se juega la supervivencia. Y si sus dirigentes no son capaces de entenderlo así, lo mejor que pueden hacer es ahorrar a los españoles el espectáculo bochornoso de una batalla intestina, echar el cierre y dejar paso a unas nuevas siglas que estén en condiciones de recomponer un centro-derecha descontaminado y liberal.

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